Con la mayor cautela, Bastián siguió avanzando. Muchos no hubieran podido soportar la vista del terrible abismo sobre el que se columpiaba y, acometidos por el pánico se hubieran precipitado en él, pero Bastián no tenía vértigo y conservaba sus nervios de acero. Sabía que un solo movimiento imprudente podía destrozar la planta. No debía dejar que el peligro lo indujera a hacer ninguna imprudencia. Lentamente siguió moviéndose y llegó por fin al lugar en el que el tronco se inclinaba otra otra vez y, finalmente, se ponía vertical. Bastián lo abrazó y se dejó resbalar hacia abajo centímetro a centímetro. Varias veces fue cubierto por grandes nubes de polvo de colores que caían desde arriba. Ramas laterales no había ya y, cuando todavía quedaba un muñón, se desmoronaba en cuanto Bastián intentaba utilizarlo como apoyo. Hacia abajo, el tronco se hacía cada vez mas grueso y Bastián no podía ya abarcarlo. Y todavía estaba a la altura de una torre sobre el suelo. Se detuvo un momento para pensar cómo seguir adelante.
sin embargo una nueva sacudida que recorrió el gigantesco tocón lo hizo abandonar toda duda. Lo que quedaba aun del tronco se deshizo, formando una montaña en forma de cono puntiagudo, por la que rodó Bastián en salvaje torbellino dando unas cuantas vueltas de campana hasta encontrarse, por fin, al pie de la montaña. El polvo de colores que cayó después comenzó a sepultarlo, pero él se libró, se sacudió la arena de las orejas y de la ropa, y escupió unas cuantas veces fuertemente. Luego miró a su alrededor.
El espectáculo que vio era increíble: la arena, con movimiento lento y fluctuante, estaba en todas partes.
Iba de aquí para allá en extraños remolinos y corrientes, y se amontonaba en colinas y dunas de altura y extensión muy diversas, pero siempre de un color determinado. La arena de color azul pálido se acumulaba para formar un montón azul pálido, la verde uno verde y la violeta una violeta. perelín se disolvía, convirtiéndose en un desierto, ¡Pero qué desierto!
Bastián había trepado una duna de color púrpura y no se veía a su alrededor más que colina tras colina de todos los colores imaginables. Porque cada colina tenía una tonalidad que no se repetía en ningún otra. La más próxima era azul cobalto, la siguiente amarillo azafrán, detrás relucían otras de color carmesí, añil, verde manzana, azul celeste, naranja, rosa melocotón, malva, azul turquesa, lila, verde musgo, rojo rubí, tierra de sombra, amarillo indico, rojo cinabrio y lapislázuli. Y así seguían las colinas, de un horizonte a otro, hasta donde los ojos no podían ya ver más. Arroyos de arena dorados y plateados corrían entre esas colinas, separando los colores entre sí.
-¡Esto -dijo en voz alta Bastián- es Goab, el desierto de colores!
El sol subía más y más y el calor se hacía sofocante. El aire empezó a vibrar sobre las dunas de arena de colores y se dio cuenta de que su situación se había hecho realmente difícil. En aquel desierto no podía quedarse, eso era seguro. Si no lograba salir de allí, moriría de sed en poco tiempo
involuntariamente, cogió el signo de la emperatriz infantil que llevaba al pecho, con la esperanza de que lo guiase. Luego se puso en camino valientemente.
trepó una duna tras otra, bajo por ellas, una tras otra, y durante horas luchó así por avanzar, sin ver más que una colina tras otra. Solo los colores cambiaban continuamente. Sus fabulosas fuerzas no le servían de nada, porque las distancias de un desierto no pueden vencerse por la fuerza. El aire era un soplo ardiente y estremecido del infierno y apenas se podía respirar. La lengua se le pegaba al paladar y tenía el rostro inundado de sudor.
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la historia sin fin
FantasyBastian Baltasar Bux es un chico tímido al que le encanta leer y tiene una portentosa imaginación. en un extraño libro averigua que el reino de fantasía esta en peligro y asombrado, lee que Bastian Baltasar Bux debe unirse a Atreyu, un vali...
