<<¡Todos han huido! -fue la idea que atravesó su cabeza-. Han abandonado a la emperatriz infantil. O quizá esté ya…>>
-Atreyu -susurró Fujur-, tienes que devolverle la alhaja.
Se quitó del cuello la cadena de oro. El amuleto se deslizó hasta el suelo.
Atreyu saltó de la espaldas de Fujur… y rodó por tierra. No se acordaba ya de su herida. Echado, cogió el pentaculo y se lo puso. Entonces se levantó con esfuerzo apoyándose en el dragón
- Fujur -dijo-, ¿a dónde tengo que ir?
Pero el dragón de la suerte no le respondió ya. Estaba echado como muerto.
La calle principal terminaba en una alta y blanca muralla circular, ante una gran puerta, maravillosamente tallada, cuyas hojas estaban abiertas.
Atreyu cojeó hacia ella, se apoyó en el portal y vio que detrás de la puerta, habia una escalinata blanca, ancha y brillante, que parecía llegar hasta el cielo. Comenzó a subir. A veces se detenia para reunir nuevas fuerzas. En los blancos escalones iba dejando un reguero de gotas de sangre.
Por fin llegó arriba y ante sí una una larga galería. Siguió adelante tambaleándose,agarrándose a las columnas. Entonces llegó a un patio lleno de fuentes y otros juegos de agua, pero apenas podía darse cuenta cuenta de lo que veía. Como un sueňo, luchaba por avanzar. Encontró una segunda puerta pequeňa. Luego tuvo que trepar por una escalera muy empinada, pero esta vez estrecha, llego a un jardin donde todo, árboles, flores, y animales estaba tallado en marfil, y atravezó a gatas varios puentes de arco sin barandillas que conducían a una tercera puerta, la más pequeňa de todas. Echado sobre el estómago, siguió arrastandose, luego levantó lentamente la vista y vio un picacho de marfil, pulido como un espejo, y en su cúspide el blanco y deslumbrante pabellón de la magnolia. No había ningún camino que llevara hasta él, ninguna escalera.
Atreyu escondió la cabeza entre los brazos.
Nadie que haya llegado o llegue alguna vez hasta allí podría decir cómo recorrió la última parte del camino. Es algo que a uno se le regala.
Atreyu se encontró de pronto ante la puerta que daba paso al pabellón. Entró… y se encontró cara a cara con la seňora de los deseos, la de los dorados.
Estaba sentada, apoyada en muchos cojines, sobre un divãn blanco y redondo, en el centro de la copa de la flor, y lo miraba a él. Atreyu pudo darse cuenta de lo enferma que estaba por la palidez de su rostro, que parecía casi trasparente. Sus ojos almendrados tenían el color del oro viejo. No mostraba ninguna preocupación o inquietud. Sonreia. Su figura delgada y pequeňa estaba envuelta en una amplia túnica de seda, que resplandecía con tanta blancura que hasta las hojas de la magnolia parecían oscuras por cotraste. Tenia el aspecto de una niňa de indescriptible belleza, de unos diez aňos como máximo, pero su largo cabello que, peinado lisamente, le caía por los hombros y la espalda hasta el diván… era blanco como la nieve.
Bastián se sobresaltó.
En aquel momento le había ocurrido algo que nunca le había pasado antes. Hasta entonces había podido imaginarse muy claramente todo lo que se contaba en la Historia Interminable. Con todo, durante la lectura del libro habían sucedido algunas cosas extraňas, eso no se podía negar, pero que podían explicarse de algun modo. Se habia imaginado a Atreyu mientras cabalgaba en el dragón de la suerte, y el laberinto y la torre de marfil, tan claramente como pudiera pensarse. Pero, hasta aquel momento, habían sido sólo sus propias imaginaciones .
Sin embargo, cuando llegó al lugar en que se hablaba de la emperatriz infantil, durante una fracción de segundo -sólo el tiempo del parpadeo de un relámpago- vio el rostro de ella ante sí. ¡Y no sólo con la imaginacion, sino con sus propios ojos! No había sido una ilusion, de eso estaba Bastián totalmente seguro. Había observado incluso detalles que no aparecían siquiera en la descripción, como por ejemplo, sus cejas, que se curvaban sobre los ojos de color de oro como dos delgados arcos pintados con tinta china… o sus lóbulos auriculares extraňamente alargados… o la peculiar inclinacion de su cabeza sobre el delicado cuello… Bastián estaba seguro de que no había visto en su vida nada más hermoso que aquel rostro. Y en aquel mismo momento supo también cómo se llamaba ella: Hija de la Luna. No había la menor duda de que ése era su nombre
¡Y la hija de la luna lo había mirado a él… a él, Bastian Baltasar Bux!
Lo habia mirado con una expresión que no podía explicarse. ¿ Se había sentido también sorprendida? ¿Había ruego en aquella mirada? ¿O nostalgia? ¿O… qué?
Intentó recordar los ojos los ojos de la hija de la luna, pero no lo consiguió ya
Soló estaba seguro de una cosa: aquella mirada, atravesando sus ojos y bajándole por el cuello, le había llegado al corazón. Ahora sentía el rastro ardiente que habia dejado en camino. Y sentía también que esa mirada se encontraba ahora en su corazon corazón y relucía allí como un misterioso tesoro. Y eso hacía daňo de una forma que era a la vez extraňa y maravillosa.
Aunque Bastián hubiera querido, no hubiera podido defenderse ya contra lo que habia podia pasado. Pero no quería, ¡de ningún modo! Al contrario, por nada del mundo hubiera devuelto aquel tesoro. Sólo quería una cosa una cosa: seguir leyendo para estar otra vez con la hija de la luna, para verla otra vez.
No sospechaba que, con ello, se metía de forma irrevocable en la más insólita y también en la más peligrosas de las aventuras. Pero aunque lo hubiera sospechado… Eso no hubiera sido para él, con toda seguridad, una razón para cerrar el libro, y dejarlo a un lado y no volver a cogerlo
Con dedos temblorosos buscó el sitio en el que había interrumpido la lectura y siguió leyendo.
El reloj de la torre dio las diez
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la historia sin fin
FantasyBastian Baltasar Bux es un chico tímido al que le encanta leer y tiene una portentosa imaginación. en un extraño libro averigua que el reino de fantasía esta en peligro y asombrado, lee que Bastian Baltasar Bux debe unirse a Atreyu, un vali...
