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Capitulo 13 El viejo de la montaña Errante

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Los aludes se precipitaban atronando por las escarpadas laderas de las montañas . Tempestades de nieve se desencadenaban entre las torres de roca de las acorazadas crestas de hielo, caían aullando por cuevas y quebradas y barrían de nuevo las amplias superficies de los glaciares. En aquella comarca no era un tiempo insólito, porque las montañas del destino -que ése era su nombre -eran las mayores y las más altas de toda fantasía, y su cumbre más formidable llegaba literalmente hasta los cielos.

En aquella región de hielos eternos no se atrevían a adentrarse ni los más arriesgados alpinistas. O, dicho más exactamente: hacía ya tantísimo tiempo que alguien había conseguido escalarlas que nadie lo recordaba. Porque ésa era una de las leyes incomprensibles de las que tantas había en el reino fantástico: las montañas del destino sólo podían ser vencidas por un escalador cuando el anterior hubiera sido olvidado por completo y no hubiera tampoco inscripción alguna, en piedra o en bronce, que lo recordaba. Por eso, todo el que lo lograba era siempre el primero.

Allí arriba no podía existir ningún ser viviente, salvo algunos gigantescos gelidones... Si es que éstos podían considerarse como seres vivos, porque se movían con una lentitud tan inconcebible que necesitaban años para dar un paso y siglos para un pequeño paseo. Por eso era evidente que sólo podían relacionarse con sus congéneres y no tenían la más mínima idea de la existencia de los restantes seres del mundo fantástico. Se creían los  únicos seres vivientes del universo.

Y por eso miraban desconcertados, con ojos saltones, aquel diminuto puntito de allí abajo que, por caminos serpenteantes, por salientes de roca apenas transitables de paredes verticales relucientes de hielo, por crestas agudas como cuchillos y por barrancos y grietas profundos, se iba acercando cada vez más a la cumbre.

Era la litera de cristal en que descansaba la emperatriz infantil y que era trasportada por sus invisibles poderes. Apenas se destacaba del entorno, porque el cristal de la litera parecía un trozo de hielo claro, y la túnica blanca y los cabellos de la emperatriz infantil no podían distinguirse casi de la nieve de alrededor.

Llevaba ya mucho tiempo viajando; muchos días y muchas noches, con lluvia y bajo el ardor del sol, en tinieblas y al claro de la luna habían llevado los cuatro poderes su litera, siempre adelante como ella les había ordenado, siempre adelante, a cualquier parte. Ella no hacia diferencia alguna entre lo que era soportable y lo que podía resultar insoportable, lo mismo lo mismo que antes, es su reino,había permitido por igual las tinieblas y la luz, lo hermoso y lo feo. Estaba dispuesta a exponerse a todo, por que el viejo de la montaña errante podía estar en todas partes y en ninguna.

Sin embargo, la elección del camino que recorrían los cuatro poderes invisibles no era totalmente casual. Cada vez con mayor frecuencia, la nada, que se tragado ya países enteros, les dejaba un solo sendero como única escapatoria. A veces era un puente, una cueva o una puerta, a través de los cuales podían escabullirse; a veces eran incluso las olas de un lago o de un brazo de mar, sobre las que los poderes  transportaban la litera con su moribunda, porque para aquellos porteadores no había diferencia entre mar y tierra.

Y así habían subido finalmente al mundo de los picachos erizados de hielo de las montañas del destino, y seguían subiendo, irresistible e incansablemente. Y mientras la emperatriz infantil no les diera otra orden, seguirían subiendo. Pero ella estaba echada en sus cojines, tenía los ojos cerrados y no se movía. Así estaba ya  desde ya desde hacía tiempo. Y lo último que había dicho aquel <<a cualquier parte>> que había ordenado al despedirse de la torre de marfil.

La litera se movía ahora a través de una profunda garganta, un paso entre dos paredes de roca que apenas distaban entre si más que la anchura de la litera. El suelo cubierto de nieve esponjosa, que tener un metro de profundidad, pero los porteadores invisibles no se hundían ella ni dejaban huella siquiera. El fondo de aquella hendidura entre las rocas estaba muy oscuro, porque la luz del día era sólo una delgada franja allá arriba. El camino ascendía poco a poco y cuanto más alto subía la la litera tanto más se aproximaba  la franja de luz. Luego, casi de una forma inesperada, las paredes de roca se separaron de pronto por completo, dejando ver una amplia llanura blanca y brillante. Aquel era el punto más alto, porque las montañas del destino no acaban en punta, como la mayoría de las otras montañas, sino en aquella meseta, tan extensa como un país.

Ahora, sin embargo, se alzaba en medio de aquella superficie, sorprendentemente, una pequeña montaña de aspecto peculiar. Era bastante estrecha y alta semejante a la torre de marfil, pero de un azul luminoso

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