capítulo 2,4

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-¡Huyhuy, un fuego fatuo! -cuchicheó el silfo nocturno, y sus ojos de luna se encendieron-. ¡Me alegro me alegro!
  El diminutense se puso de pie, dio unos pasitos hacia el recién llegado y gorjeó: si no me equivoco, ¿usted esta aquí en calidad de mensajero?
  -si -dijo el fuego fatuo.
  El diminutense se quito el rojo sombrero de copa, hizo una pequeña reverencia y trinó: -En tal caso, acérquese por favor. También nosotros somos mensajeros. Siéntese
  Y, con un gesto de invitación, señaló con el sombrerito el sitio libre que quedaba junto a la hoguera.
  -Muchas gracias -dijo el fuego fatuo acercándose más tímidamente-, perdonen la libertad. Permítanme que me presente: me llamo Blubb.
  -Encantado -respondió el diminutense-. Yo me llamo Ückuck.
  El silfo nocturno se inclinó sin levantarse .- mi nombre es vúschvusul.
-mucho gusto en conocerlo -rechinó el comerrocas-. Yo soy pyernrajzark.
  Los tres miraron al fuego fatuo, que desvio la mirada nervioso. A los fuegos fatuos les resurta muy desagradable que los miren descaradamente.
  -¿no quiere sentarse, amigo Blubb? -preguntó el diminutense.
-la verdad es que tengo mucha prisa -respondió el fuego fatuo -y sólo quería preguntarles como llegar desde aqui a la torre de marfil.
  -¡Huyhuy! -dijo el silfo nocturno-. ¿Quieres ver a la emperatriz infantil?
  -Exacto -dijo el fuego fatuo-. Tengo un mensaje muy importante que trasmitirle.
  -¿Qué mensaje? -rechino el comerrocas.
  -Bueno... -el fuego fatuo cambio el peso de su cuerpo de una pierna a otra-, Es un mensaje secreto.
  -Los tres tenemos la misma misión que tú... ¡Huyhuy! -respondió vúschvusul, el silfo nocturno-. Estamos entre colegas.
  -Es posible que incluso llevemos el mismo mensaje -opinó ückuck, el diminutense.
  -¡Siéntate y cuéntanos! -rechinó pyernrajzark.

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