48

1.3K 176 73
                                        

Negro.

Solo hay negro. Como una piscina sin fondo ni superficie, sus manos divagan en la oscuridad sin rumbo alguno. Hubo un tiempo en el que hizo lo mismo por ocho largos años, eso fue hace catorce años. Pero el recuerdo se esfumó con el renacer.

Y otra vez, como aquella vez, una garra de luz destella y lo absorbe, su ojos siendo cegados por su brillo. Esa escena se transformó en un sueño que ahora que regresa a estar en un plano estable recuerda a la perfección.

Ese hombre que recurre en sus sueños, lo tensa con cada gesto; Cada sonrisa no sensata que envenena sus días condenandolo a vivir ilusionado con él.

Él es Dazai Osamu.

Desde su posición, Chuuya solo logra ver el vuelo de su chaleco oscuro que una vez perteneció al nuevo jefe de la mafia. Pero esta capa se desprende de sus hombros y el viento la despliega hasta el rostro de Chuuya.

Su textura damacrada cayó en sus dedos, tela maloliente por la sangre seca que derramaron las docenas de personas asesinadas entre sus manos. No se puede ver cada una de las manchas debido al tono oscuro. Pero se sabe con certeza que las hay, muchas, ninguna gota de estas cayendo con arrepentimientos. Pues Dazai no solo trabajaba exitosamente siempre, pero también lograba hacerlo sin el más mínimo trazo de piedad.

No la tiene con nadie.

Ese el demonio prodigio. Sin embargo,
al Chuuya subir la mirada, no se  encuentra con el mismo monstruo que fue una mitad del doble negro.

Lo único en sus ojos es el rastro de una máscara elaborada de manera delicada,   tan fina como un hilo.

Un propio lobo en piel de cordero.

El hombre cada vez se aleja más con pasos precisos y silenciosos. Una nueva gabardina marrón revuela ahora.

Con mera fuerza en las piernas, Chuuya asciende a sus dos pies y coordina para dar pasos corridos y atraparlo.

— ¡DAZAI!

La figura cada vez se vuelve más diminuta, a pesar de correr con todas sus fuerzas y desquebrajar sus cuerdas vocales, no se inmutó en lo más mínimo.

Su cansado brazo se extendió por última vez, también dando un salto que su escasa energía concluyó en consumir, resultando en este cayendo al suelo.

Permaneció de rodillas jadeante. Al abrir los ojos, no encontró al hombre frente suyo, tampoco una sombra lejana de él.

Simplemente no está más.

Y Chuuya está solo.

(...)

Con presión en el pecho, sus ojos se disparan abiertos, fijándose en un techo alto y blanco. Hay una primera cosa de la que es consciente.

Esta no es su casa.

Chuuya mira a su alrededor, sus manos sudorosas recorren la cama en la que despierta hasta encontrarse a su propio cuerpo; un bulto no tan notorio, pero si lo suficiente para dar a saber que los últimos meses no han sido un sueño, además que ese último sueño es una pesadilla que tristemente es su situación actual.

La habitación en la que está es amplia, una mesa de noche a cada extremo de la cama, a un lado la entrada a lo que asume que es un baño. Sin embargo, en un rincón alcaza a ver un marco reposando sobre un pequeño estante.

Nakahara se acercó y vio la foto para ver algo que hizo que estrellara su palma contra su frente.

¿Quién tiene una foto de un mapache enmarcada?

♡𝚅𝚎𝚛 𝚝𝚞 𝚂𝚘𝚗𝚛𝚒𝚜𝚊♡Donde viven las historias. Descúbrelo ahora