Capítulo ciento sesenta y uno "Reglas no escritas"

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La tarde se deslizaba lentamente hacia la noche, y la luz dorada del sol comenzaba a desvanecerse. Me encontraba sentada en el sofá, abrazando una manta mientras escuchaba el suave murmullo de la televisión de fondo. Melody estaba a mi lado, jugueteando con su muñeca, pero su mirada se perdía en la ventana. La casa se sentía extrañamente vacía sin Scott.

-¿A dónde fue papá? -preguntó Melody, rompiendo el silencio.

Sonreí al escuchar su voz curiosa. Había algo tan entrañable en la forma en que ella se preocupaba por él.

-Fue a la escuela, ¿recuerdas al coach Finstock? -le respondí, intentando captar su atención.

-¡Sí! Ese hombre raro -rió, su risa era contagiosa-. Es gracioso, ¡me agrada!

Su entusiasmo me hizo sentir un poco más ligera. A veces, me olvidaba de lo mucho que la vida podía ser hermosa, incluso en medio de las sombras que nos seguían. Asentí con la cabeza, pensando en lo peculiar que podía ser Finstock. Era un personaje en sí mismo, siempre lleno de energía y con una manera única de motivar a los chicos.

Reí suavemente, recordando las peculiaridades del coach.-Sí, lo es. Bueno, papi está ayudando a entrenar al equipo de lacrosse.

Melody inclinó la cabeza, su expresión se volvió un poco más seria.

-¿Y vendrá pronto? -preguntó, su voz un susurro de preocupación.

Una punzada de tristeza atravesó mi pecho al escuchar el tono en su voz. La extrañaba también, más de lo que quería admitir. Scott había estado tan ocupado con el equipo, pero sabía que era importante para él, y eso lo hacía aún más admirable.

-Amm... eso creo. ¿Por qué preguntas, cariño? -le pregunté, deseando que pudiera compartir sus pensamientos sin reservas.

-Es que lo extraño -admitió, sus ojos reflejando una mezcla de añoranza y esperanza.

Mis manos se apretaron alrededor de la manta, y mi corazón se encogió. Tenía que ser fuerte, no solo por mí, sino por ella. La incertidumbre sobre lo que vendría, sobre nuestro futuro en Los Ángeles, pesaba en mis pensamientos. Melody era tan pequeña, y su mundo había cambiado tanto en tan poco tiempo. Pero a pesar de todo, su amor por Scott brillaba con una intensidad que me llenaba de gratitud.

-Lo sé, amor. Yo también lo extraño -le dije suavemente, inclinándome para acariciar su cabello rizado.

Ella sonrió levemente, y en ese instante, comprendí que debíamos ser fuertes juntos. La distancia a la que se encontraba Scott no solo era física, sino que simbolizaba los retos que enfrentaríamos en el camino. Pero teníamos el uno al otro, y eso era lo que realmente importaba.

-¿Podemos hacer galletas? -sugirió la pequeña, sus ojos brillando con entusiasmo.

-¡Por supuesto! Vamos a la cocina y haremos las mejores galletas de chispas de chocolate -respondí, levantándome del sofá.

Melody saltó de su asiento, lista para ayudar. Juntas, nos dirigimos a la cocina, listas para hacer un delicioso desastre. Mientras mezclábamos los ingredientes, las risas y la charla llenaron el aire, creando un recuerdo más que atesorar.

Mientras preparábamos las galletas, ella se encargaba de mezclar la masa con entusiasmo, aunque más harina y chispas de chocolate terminaban fuera del bol que dentro de él.

-¡Cuidado, terremotito! -reí mientras intentaba corregir su técnica, pero su energía era contagiosa.

-Mira, mami, ¡soy toda una chef! -dijo con orgullo, mientras batía la mezcla de forma desordenada.

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