Capítulo ciento setenta y tres "Luna de Miel"

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—Cariño —dijo Scott, acercándose a mí con una expresión nerviosa que de inmediato me hizo preocuparme.

—¿Qué tienes, esposo mío? —mordí mi labio inferior, tratando de mantener la ligereza en la conversación.

—No encuentro a Melody —admitió, sus ojos reflejaban una mezcla de ansiedad y confusión.

De repente, mi mueca de joven enamorada se borró, y el pánico comenzó a inundar mi pecho. —¿Qué?

—Sí... hace un momento estaba aquí y ahora... no —explicó, la inquietud clara en su voz. —Pero, iré a buscarla.

—Voy contigo —dije decidida, sin dudarlo ni un segundo. Era mi hija, y no podía dejar que estuviera sola en un momento como este.

Buscamos por todas partes, revisando cada rincón de la recepción, preguntando a los invitados si la habían visto. Pero no había rastro de ella. El nerviosismo comenzó a apoderarse de mí.

—¿Y si... fue a la playa? —sugirió Scott, su voz llena de esperanza.

—Hay que ver —comenté, asintiendo rápidamente. Con una mezcla de ansiedad y determinación, nos dirigimos hacia la playa.

Cuando llegamos, el sonido de las olas rompiendo en la orilla era reconfortante, pero mi preocupación aumentó al no ver a Melody a la vista. Sin embargo, al acercarnos un poco más, allí estaba, de pie, con la mirada perdida en el horizonte.

—¡Melly! —llamé, aliviada al verla, pero aún inquieta por su ausencia en la fiesta.

La pequeña nos volteó a ver, su rostro iluminándose de inmediato. —¡Mami, papi, miren! —gritó emocionada, señalando hacia el horizonte donde el cielo comenzaba a pintarse con los colores del amanecer.

Me acerqué a ella, sintiendo que el miedo se disipaba mientras su felicidad brillaba más que el sol naciente. —¿Qué estás mirando, amor? —pregunté, arrodillándome a su lado para tenerla más cerca.

—Es hermoso —dijo, sus ojos brillando como el mar en el amanecer. —Quería verlo antes de que se perdiera.

Scott se unió a nosotros, colocándose de cuclillas a su otro lado. —Tienes razón, es increíble —dijo, sonriendo mientras admirábamos la belleza del momento juntos.

—Siempre puedes venir aquí, ¿sabes? —dije, abrazando a Melody, quien se acurrucó en mi lado. —Siempre habrá un amanecer esperándote.

Ella sonrió, y en ese instante, sentí que todo estaba bien. La boda había sido perfecta, y aunque había habido momentos de tensión, ver a nuestra hija disfrutar de la belleza del mundo me llenaba el corazón de amor.

Scott entrelazó su mano con la mía y miramos hacia el horizonte juntos. —Nunca dejaré de protegerte, Melly —dijo Scott, con un tono suave pero firme, haciéndonos sentir que éramos una familia fuerte y unida, lista para enfrentar cualquier cosa que viniera.

El sol comenzó a elevarse, y la luz dorada nos envolvió a los tres, sellando ese momento en nuestras memorias, un recordatorio de que, sin importar lo que sucediera, siempre tendríamos el amor y la unión que nos hacía invencibles.

—¿Se van a ir? —preguntó ella de repente, con una expresión de preocupación en su rostro.

—Sí, pero será por poco tiempo —le expliqué, tratando de transmitirle tranquilidad.

—¿Van a regresar? —su voz era dulce, pero había un leve temblor de ansiedad.

Scott y yo nos miramos, entendiendo la inquietud de nuestra pequeña. —¡Claro que sí! —admitió Scott, sonriendo ampliamente. —No soportaríamos estar lejos de nuestra terremotito por mucho tiempo.

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