Capítulo ciento cincuenta "Roscoe"

164 8 0
                                        

Sonreí sin abrir los ojos aún, disfrutando de la calidez de las caricias que recorrían mi piel. Los dedos de Scott se deslizaban con suavidad, y el ligero roce de su aliento en mi cuello me provocaba un cosquilleo que me hizo estremecer.

—Es hora de despertar, hermosa —murmuró, dejando un beso suave en mi cuello.

Solté un suspiro y me acurruqué más en las sábanas, negándome a salir de ese pequeño paraíso que habíamos creado entre los dos.

—No quiero —respondí con voz adormilada mientras me movía apenas.

—¿Me vas a hacer levantarte a la fuerza? —preguntó con un tono divertido, claramente disfrutando del juego.

—Lo tendrás que hacer de todos modos —dije con una sonrisa, aunque aún no abría los ojos—. Estoy casi segura de que me dejaste inválida. —Moví apenas mis piernas, y un leve quejido escapó de mis labios.—En efecto, estoy incapacitada.

Scott soltó una carcajada suave y acarició mi pierna con más intención, subiendo lentamente hasta alcanzar mi costado. Sentí su mano rozar el tatuaje que tenía ahí, sus dedos delineando el diseño con ternura. Su toque era ligero, como si estuviera redescubriendo ese pedazo de mí, y me hizo sonreír aún más.

—Estás exagerando —dijo mientras seguía trazando suavemente mi tatuaje, su voz cargada de cariño.

Me incliné hacia él, finalmente abriendo los ojos para encontrarme con los suyos, que me miraban con una mezcla de amor y diversión. Sus dedos continuaron su recorrido por mi piel, dibujando pequeñas figuras invisibles que me hacían cosquillas.

—¿Ah, sí? —respondí, con un brillo travieso en la mirada—. Pues tendrás que hacer algo para remediarlo, ¿no crees?

Scott sonrió, su expresión se volvió más seria mientras me miraba intensamente. Se inclinó hacia adelante y sus labios encontraron los míos en un beso suave y dulce. Era un recordatorio de todo lo que habíamos vivido y compartido, de los desafíos que habíamos enfrentado y de lo mucho que significábamos el uno para el otro.

—¿Sabes? —murmuró contra mis labios—. No cambiaría esto por nada. Ni siquiera por una mañana de sueño extra.

Sonreí contra su boca, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba al escuchar sus palabras.

—Yo tampoco —susurré—. Pero eso no significa que no vaya a hacerte pagar por dejarme inválida.

—Prometo cuidarte, cada día —dijo, besando mi frente—. Y eso incluye hacerte el desayuno para que te recuperes de todas esas "lesiones".

Reímos juntos, disfrutando de ese momento de intimidad, sabiendo que, sin importar lo que el día trajera, lo enfrentaríamos juntos, como siempre.

Scott sonrió mientras deslizaba sus dedos por mi costado, su toque provocando pequeños escalofríos que recorrían mi piel.

—Dime, ¿cómo iré a la escuela ahora? —pregunté con un puchero fingido, tratando de parecer molesta, pero era imposible ocultar la sonrisa que tironeaba de mis labios.

Soltó una pequeña risa y se inclinó sobre mí, su cuerpo cubriendo el mío. Sus ojos brillaban con ese toque travieso que siempre me hacía derretir.

—No tienes que ir —dijo, rozando su nariz con la mía—. Quédate aquí conmigo. Podemos llamar y decir que estás enferma... con amor agudo.

Solté una carcajada ante su sugerencia.

—¡Amor agudo! —repetí, sacudiendo la cabeza—. Eres un caso perdido, Scott McCall.

Él encogió los hombros y plantó un beso en mi mejilla.

AMHESDonde viven las historias. Descúbrelo ahora