"Primer Halloween de Lexie"

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Estábamos en el salón, la atmósfera vibrante con la emoción que solo Halloween puede traer. Las luces parpadeaban con un suave brillo anaranjado, y el olor de calabazas decoradas llenaba el aire. Las niñas, cada una sumida en su propio mundo de fantasía, esperaban impacientes a Scott. Melody brillaba en su disfraz de princesa, con su vestido rosa y una tiara que le daba un aire de dignidad real. A su lado, Lexie, aún pequeña y con su capa roja, parecía un pequeño destello de alegría, ajena a todo el bullicio de la noche. Yo, por mi parte, había optado por un sencillo disfraz de ángel, con alas blancas que se movían ligeramente cuando me movía.

La puerta se abrió y, al escuchar los pasos de Scott, todos los ojos se volvieron hacia la escalera. La expectativa crecía. Cuando finalmente apareció, un escalofrío recorrió mi espalda. Él no estaba en el disfraz típico de Halloween, sino que, en un giro inesperado, había tomado su verdadera forma: un lobo, tal como lo hacía en la serie. Su cuerpo, robusto y musculoso, resplandecía con una fuerza innata, su mirada intensa y profunda. Era una versión de él que solo había visto en la penumbra de la noche y que, por un momento, me hizo olvidar que estaba en casa, rodeada de risas y risitas infantiles.

—¡No pienso salir así! —protestó, un aire de desagrado cruzando su rostro. A pesar de la resistencia en su voz, su forma era perfecta. No necesitaba un disfraz más; era el lobo feroz que todos conocían, y eso lo hacía aún más atractivo.

—¡Vamos, papi! —exclamó Melody con entusiasmo, sus ojos brillando como estrellas. —Lexie necesita a su lobo feroz.

Escuchar a Melody decir eso hizo que mi corazón se ablandara. La ternura en su voz, la forma en que se refería a su hermana, despertó en mí una calidez que me llenó de alegría. Era un momento que atesoraría, una pequeña chispa de felicidad familiar en medio de un mundo que a veces parecía tan complicado.

—¿Te parece que esto está bien para un lobo feroz? —le pregunté a Scott, intentando que el tono ligero de mi voz aligerara la tensión que había en él.

Él frunció el ceño y dejó escapar un suspiro, pero era evidente que, a pesar de su descontento, la diversión de las niñas lo estaba contagiando. Pude ver cómo su expresión empezaba a suavizarse, cómo el lobo feroz dentro de él se estaba convirtiendo en un padre amoroso y protector.

—Tienes razón, —dijo, rindiéndose ante la inevitable risa de Melody y la ternura de Lexie—. No puedo ser el lobo feroz si no estoy dispuesto a salir con mis chicas.

Su voz, profunda y resonante, resonó en el espacio, mientras se acercaba a nosotras. La emoción en el aire era palpable, como un hilo invisible que unía a nuestra pequeña familia en ese instante. A medida que me acercaba, el brillo de su forma lobuna parecía disiparse un poco, revelando al hombre que amaba detrás de la fachada.

—Vamos, —dijo finalmente, con una sonrisa que iluminó su rostro—. ¿Listas para pedir dulces?

Melody lanzó un pequeño grito de alegría, y Lexie, con su capa ondeando a su alrededor, se unió a la celebración. No había nada más gratificante que ver a nuestras hijas llenas de vida, y sabía que esa noche sería una de esas memorias que guardaríamos en nuestros corazones por siempre.

Juntos, salimos al mundo exterior, el aire fresco de otoño acariciando nuestras pieles. La noche estaba llena de risas, de dulces, y de promesas de un futuro brillante, y mientras cruzábamos la puerta, sabía que esta sería una de esas noches que siempre recordaríamos con una sonrisa.

Scott tomó a Lexie en brazos y se adelantó hacia una de las casas, dejando que la risa de Melody llenara el aire mientras yo la seguía. La emoción en su voz era contagiosa, y su pequeño rostro, iluminado por la luz de las calabazas talladas, brillaba con la inocencia de la niñez.

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