Durante las primeras dos semanas, Harry mantuvo la compostura. Estaba convencido de que el alejamiento de Anna era una estrategia calculada. Son tácticas, se repetía a sí mismo en medio de sus reuniones de negocios y sus viajes relámpago a Ginebra. Las mujeres como ella siempre regresan cuando las facturas empiezan a acumularse.
Pero los días continuaron su marcha sin piedad y el teléfono de Harry permaneció en un silencio absoluto. No hubo mensajes de texto, no hubo llamadas a deshoras, ni un solo correo electrónico. Las joyas que ella había dejado sobre la mesa de caoba seguían en el mismo sitio, juntando polvo como un monumento mudo a su arrogancia.
Para la tercera semana, la casa en Mayfair se le volvió insoportable. El silencio de las habitaciones le resultaba ensordecedor. Extrañaba el aroma a café recién pasado por las mañanas, los libros de literatura clásica olvidados sobre los sofás de cuero y la voz pausada de Anna conversando sobre poesía. La tranquilidad con la que ella se había marchado comenzó a erosionar la coraza de Harry, convirtiendo su paranoia en un malestar físico que le oprimía el pecho.
Incapaz de seguir conteniendo la inquietud, la tarde de un martes subió a su auto y manejó hasta las inmediaciones del instituto donde Anna dictaba clases. Se estacionó en la acera opuesta, con el motor encendido, esperando verla salir para confirmar su teoría de que ella estaba disfrutando del dinero de la subasta.
A las cuatro en punto, Anna cruzó los portones de hierro del colegio. Lucía visiblemente más delgada y llevaba ojeras marcadas en el rostro, pero caminaba con paso firme.
Harry sintió que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho y estuvo a punto de bajar del vehículo para confrontarla, pero se detuvo al notar que ella no tomaba el camino hacia la estación de trenes que la llevaba a su pequeño departamento. En su lugar, cruzó la avenida y caminó a paso rápido durante cuatro cuadras.
Harry la siguió despacio con el auto, manteniendo la distancia.
Anna dobló en una esquina estrecha y se adentró por la puerta de servicio de un concurrido café de turno tarde. Harry estacionó metros más adelante, bajó del vehículo ajustándose el abrigo y se aproximó a los ventanales de cristal del establecimiento.
Al mirar hacia el interior, se congeló en el acto.
Anna ya no vestía su abrigo gastado ni su ropa de docente. Llevaba puesto un delantal negro de trabajo, el cabello recogido en una coleta sencilla y una bandeja metálica cargada con tazas de café y platos. Se movía con agilidad entre las mesas abarrotadas, limpiando superficies con un paño, sonriendo con amabilidad a los clientes exigentes y cargando peso sin descansar un segundo.
A Harry se le formó un nudo amargo y sofocante en la garganta. La imagen de la mujer que él había calificado de cazafortunas, destruyéndose la espalda en un trabajo físicamente agotador tras cumplir sus horas en el instituto, descuadró por completo toda su lógica. Si ella realmente se había quedado con las decenas de miles de libras de la pulsera imperial, ¿por qué demonios estaba trabajando de mesera en un café ordinario?
Esa noche, Harry no pudo dormir. El castillo de naipes sobre el que había construido su cínica visión del mundo se estaba desmoronando a pedazos. A la una de la mañana, desde el sillón de su biblioteca, marcó el número de su investigador privado.
-Necesito que rastrees una transacción -ordenó con la voz ronca, sin preámbulos-. La pulsera de zafiros de Sotheby's. Quiero saber exactamente a qué cuenta bancaria fue a parar el dinero de esa subasta. Cada centavo. Y lo quiero en mi escritorio antes del mediodía.
A las once de la mañana siguiente, una carpeta de cuero negro descansaba sobre la mesa del estudio. El investigador no solo había rastreado la ruta de los fondos, sino que, con la eficiencia impecable que le caracterizaba, había adjuntado el expediente médico y escolar relacionado con el caso.
Harry abrió la carpeta con dedos torpes y fríos. Las hojas oficiales no dejaban lugar a dudas. La suma total obtenida por la venta de la pulsera jamás había pisado la cuenta personal de Anna. El dinero había sido transferido de forma directa e irrevocable al Hospital Pediátrico Royal Marsden, con el fin de cubrir el costo de un tratamiento oncólogico de alta complejidad para una menor de dieciséis años llamada Sofía Ramírez. En el concepto del depósito figuraba una sola frase escrita por el banco a petición de la ordenante: "Donación anónima para cobertura de tratamiento experimental de osteosarcoma."
Al pasar la página, Harry vio la fotografía de la joven paciente junto al informe del colegio donde Anna enseñaba. La familia de la alumna carecía por completo de recursos para afrontar la medicina privada. Anna había pasado meses buscando becas, solicitando préstamos personales e intentando mover influencias, pero todas las puertas se le habían cerrado en la cara.
Hasta que él le dejó la pulsera en la mesa de noche. Anna jamás le había pedido joyas; ella solo deseaba su tiempo, su confianza y su afecto.
Al percatarse de que él solo sabía expresarse a través de pedazos de oro, Anna tomó ese objeto sin alma y lo convirtió en la oportunidad de vida para una adolescente. No se había quedado con un solo penique. Y lo había hecho de manera anónima para no adjudicarse ningún mérito.
Y él... él la había llamado materialista. La había acusado de usarlo y de monetizar sus sentimientos.
Un sollozo ahogado y desgarrador se le escapó a Harry del pecho. Se cubrió el rostro con las manos mientras una ola de asco hacia sí mismo lo inundaba. Por primera vez en su vida, el magnate invulnerable sintió el peso aplastante de la verdadera miseria. La recordaba quitándose las cadenas de oro con absoluta dignidad, mirándolo no con odio, sino con una piedad devastadora antes de salir para siempre de su vida.
Pocas horas después, movido por un remordimiento feroz que amenazaba con asfixiarlo, Harry activó a los abogados de la Fundación Styles. Saldó de forma definitiva e irrevocable el resto de los gastos médicos de la paciente y creó un fondo de becas permanente para el instituto donde Anna dictaba clases.
No lo hizo buscando reconocimiento; era el desesperado intento de un hombre roto por reparar en algo el desastre que su arrogancia había provocado.
Esa misma tarde, el director del colegio reunió a los profesores para anunciar la milagrosa donación de la Fundación Styles. Mientras los colegas celebraban, Anna permaneció en silencio en un rincón de la sala.
Al escuchar el nombre de la fundación y los detalles de la cobertura para Sofía, sintió que el corazón le daba un vuelco. Supo de inmediato lo que había ocurrido: Harry había investigado. Había descubierto la verdad.
A Anna se le llenaron los ojos de lágrimas. Le reconfortaba enormemente saber que su alumna estaba a salvo y que Harry había canalizado su poder para hacer el bien, pero en el fondo de su alma, el dolor no cedía. Sabía que un cheque millonario era la única forma en que Harry sabía pedir perdón, y eso solo confirmaba la trágica brecha de confianza que los separaba.
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Holiiis. ¿Qué les parece esta segunda parte? ¿Cómo será el reencuentro de Anna y Harry después de lo sucedido? ¿Lo perdonará?
A. S.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
