La heredera

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El bufete de abogados Sterling & Associates olía a madera vieja, café caro y secretos familiares.

Ana miraba el documento sobre la mesa, intentando procesar las palabras que el notario acababa de pronunciar. No solo acababa de enterarse de que su difunto padre ,un hombre al que nunca conoció, era el magnate hotelero Arthur Sterling, sino que también tenía un medio hermano menor... y que ella era la heredera del cincuenta por ciento de una fortuna multimillonaria.

-Esto tiene que ser un error -murmuró Ana, ajustándose la chaqueta de su traje sencillo. Ella era una maestra de escuela primaria; su vida se medía en cuadernos de notas y planes de estudio, no en acciones ni cuentas en Suiza.

-No es ningún error, señorita -interrumpió una voz profunda, fría como el granizo, desde la puerta.

Ana se giró. Un hombre de unos treinta y tantos años, impecablemente vestido con un traje a medida gris oscuro, la observaba con los brazos cruzados y una expresión de absoluto desprecio.

Era Harry Styles Sterling, el hermano menor de su padre. Su tío. Aunque, visualmente, parecía más un ángel caído dispuesto a ejecutar una venganza que un pariente protector.

-Harry, por favor -pidió el abogado, pero él lo silenció con una mano alzada, sin apartar los ojos de Ana.

-Así que tú eres la gran sorpresa que Arthur dejó en su testamento -dijo Harry, acercándose a la mesa con pasos lentos y calculados-. Apareces de la nada, justo a tiempo para reclamar la mitad de un imperio que mi sobrino, el verdadero heredero, merece por completo. Fascinante.

-Yo no sabía nada de esto hasta hace dos horas -defendió Ana, enderezando la espalda. No iba a dejarse intimidar.

Harry soltó una risa amarga, deteniéndose a escasos centímetros de ella. De cerca, Ana pudo notar el aroma a sándalo que desprendía y la deslumbrante intensidad de sus ojos oscuros.

Sintió un vuelco extraño en el estómago, una chispa eléctrica que la molestó profundamente. No debía sentirse atraída por el hombre que la miraba como si fuera una criminal.

-Por supuesto que no -sarcástico, Harry se inclinó hacia ella-. Pero déjame dejarte algo claro, Ana. No te lo voy a poner fácil. Si crees que vas a llegar aquí, firmar un papel y vaciar las cuentas que deben asegurar el futuro de tu "hermano", estás muy equivocada. Voy a auditar cada centavo que pidas. Voy a vigilar cada uno de tus movimientos.

***

Las semanas siguientes se convirtieron en un campo de batalla.

Harry, como albacea de la fortuna y tutor legal del hermano menor de Ana, se encargó de hacer de su vida un papeleo infernal. Exigía reuniones a primera hora de la mañana, llamadas a medianoche para "aclarar cláusulas" y la obligaba a presentarse en las oficinas corporativas para firmar documentos que bien podrían haber enviado por correo.

Ana sabía lo que él estaba haciendo: intentaba desgastarla, buscaba que cometiera un error o que revelara una supuesta codicia que justificara una demanda para excluirla del testamento.

Pero Ana no cedió. Cumplía con cada exigencia, respondía con calma y, para frustración de Harry, seguía yendo a trabajar a la escuela todos los días, rechazando los adelantos de la herencia que él le ofrecía con malicia para "probar" su punto.

Una noche, pasadas las diez, ambos quedaron solos en la sala de juntas del último piso de la torre Sterling. El cansancio era palpable.

-Falta la firma en el anexo de bienes raíces -dijo Harry, arrojando una carpeta sobre la mesa. Su corbata estaba floja y se había remangado la camisa, revelando unos antebrazos firmes que hicieron que Ana tragara saliva.

-No voy a firmar eso hoy, Harry -respondió Ana, cerrando su computadora-. Estoy cansada y mañana tengo que madrugar. Mis alumnos no entienden de disputas de herencias.

-¿Por qué sigues con esa farsa? -Harry se interpuso entre ella y la salida, acorcolándola suavemente contra el borde de la mesa de caoba-. ¿La maestra humilde? Es un buen toque para dar lástima, lo reconozco. Pero sé lo que buscas. Quieres el control total.

Ana exhaló un suspiro de frustración, dando un paso adelante, quedando tan cerca de él que podía sentir el calor de su cuerpo. La tensión entre ambos ya no era solo rabia; era una atracción magnética, densa y peligrosa, que llevaba semanas cocinándose a fuego lento.

-¡No me importa el maldito dinero, Harry! -exclamó ella, mirándolo fijamente a los ojos-. No quería esta fortuna, ni el drama que viene con ella. Lo único que me importa es que tengo un hermano de diez años que acaba de perder a su padre, y un tío arrogante que prefiere odiarme antes que ver la realidad.

Harry guardó silencio, su respiración se volvió pesada. Sus ojos bajaron por un segundo a los labios de Ana. La cercanía era insoportable. Quería alejarla porque la consideraba una amenaza para su familia, pero cada fibra de su ser deseaba acortar la distancia y besarla hasta perder el sentido. Ese conflicto interno lo estaba volviendo loco.

-No confío en ti -susurró él, aunque su voz carecía de la frialdad de antes. Era una advertencia casi desesperada para sí mismo.

-Entonces mírame bien -desafió Ana, con la voz temblorosa por la adrenalina y la abrumadora presencia del hombre-. Porque no me voy a ir. No por el dinero, sino porque ese niño es mi familia. Y tú vas a tener que aprender a lidiar conmigo.

Harry extendió la mano, sus dedos rozaron por un instante la mejilla de Ana, un contacto eléctrico que hizo que ambos contuvieran el aliento. Por un segundo, pareció que el control de Harry se rompería por completo.

Finalmente, él retrocedió un paso, recuperando su máscara de hierro, aunque sus ojos aún brillaban con una intensidad peligrosa.

-Mañana a las ocho, Ana. No llegues tarde.

Ana asintió, tomó sus cosas y salió de la oficina con el corazón latiéndole a mil por hora. La guerra por la herencia continuaba, pero ambos sabían que la verdadera batalla era la que libraban contra lo que sentían el uno por el otro.

Holaaa. Nuevamente por aquí, ahora con esta fascinante historia.

Mil gracias por todo su apoyo.

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora