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Diamons

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La lluvia de otoño golpeaba con la cadencia de un metrónomo contra los ventanales de suelo a techo en la mansión de Mayfair. En el interior del estudio, iluminado únicamente por la luz tenue de una lámpara de pie y el resplandor azulado de una pantalla, el silencio era denso, casi sofocante.

Harry permanecía inmóvil tras su escritorio de caoba, con un vaso de cristal tallado entre los dedos. El líquido ámbar ni siquiera rozaba sus labios; su atención estaba clavada en la notificación que su joyero exclusivo le había enviado hacía menos de una hora.

La pulsera de diamantes y zafiros de corte imperial-aquella pieza única que le había dejado sobre la mesa de noche a Anna hacía un mes, tras una noche de pasión desmedida-había sido puesta en subasta privada y vendida esa misma tarde.

Harry apretó la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se tensaron. Una sonrisa amarga y helada se dibujó en sus labios mientras sentía un regusto a hiel en la garganta.

Materialista, pensó, dejando que la palabra circulara por su mente con el peso de una sentencia irrefutable. Al final, todas tienen un precio. Todas.

Para Harry, el mundo siempre se había dividido en dos categorías: lo que podía comprarse y lo que no valía la pena tener. Criado en el epicentro de la aristocracia y los grandes capitales, aprendió desde la infancia que el afecto era una moneda de cambio manipulable. Su dinero atraía sonrisas falsas, lealtades compradas y mujeres que veían en su apellido una póliza de seguro.

Anna, sin embargo, había parecido una grieta en esa regla inflexible. Una humilde profesora de literatura de un instituto público, de mirada serena, abrigo gastado y una devoción casi sagrada por las letras. Había querido creer que ella era distinta. O tal vez, simplemente, la paranoia de Harry solo estaba esperando el momento idóneo para confirmar sus peores certezas.

El chasquido suave de la puerta de caoba interrumpió la marea de sus pensamientos. Anna entró al estudio trayendo consigo el aroma fresco de la lluvia y la humedad de la calle. Llevaba su carpeta de cuero raída llena de exámenes por corregir colgada del hombro. Al verlo allí, de pie en la penumbra, sus ojos se iluminaron con esa tibieza sincera que a Harry solía desarmarlo.

Para Anna, ver a Harry era siempre un choque de realidad. Él era un hombre ridículamente atractivo, dotado de una elegancia innata, una voz profunda y unos ojos verdes de una intensidad magnética.

Sin embargo, no era la fachada impecable del magnate lo que la mantenía rendida a sus pies. Anna amaba la mente brillante que se escondía detrás de esa coraza de indiferencia: amaba su cultura enciclopédica, su sentido del humor sarcástico pero brillante, y las madrugadas en las que él, relajado entre las sábanas, citaba a clásicos de la literatura con una lucidez pasmosa mientras compartían una taza de té. Ese era el Harry real que la tenía enamorada.

Pero ese amor era también una fuente constante de dolor. Anna vivía con la constante opresión de saberse en un terreno inestable. Mientras ella se entregaba por completo, soñando con un futuro donde compartieran caminatas sin rumbo, conversaciones largas y un "te quiero" susurrado fuera de la cama, sentía que Harry solo la buscaba para saciar su deseo físico.

Para él, la relación parecía terminar en el límite de las sábanas. Jamás la presentaba a su círculo, jamás abría las puertas de su mundo emocional. Sin embargo, ella seguía allí, soportando la frialdad y el abismo social entre los dos, alimentando la frágil esperanza de que, con la suficiente paciencia y ternura, las defensas de Harry terminarían por ceder.

-Hola, mi amor -susurró Anna, acercándose con paso lento. Se inclinó sobre la silla para buscar la calidez de su mejilla, anhelando el contacto humano que tanto le faltaba.
Harry se hizo a un lado de forma brusca, evitándola. Su rostro era una máscara de hielo.

-¿Cuánto te duró el entusiasmo, Anna? -preguntó él. Su voz no era más que un susurro cargado de veneno mientras giraba la pantalla de la laptop hacia ella.

Anna parpadeó, desconcertada por el rechazo repentino. Sus ojos recorrieron la pantalla hasta fijarse en la fotografía en alta resolución de la pulsera imperial, acompañada por el registro oficial de la subasta y la confirmación del traspaso de fondos.

-¿De qué hablas, Harry? -preguntó ella, frunciendo el ceño con una confusión transparente.

-De la pulsera -repuso él, dejándose caer en su sillón con una lentitud calculada-. No tuviste ni la decencia de conservar un regalo. Claro que, viéndolo bien, ¿para qué quieres un adorno en la muñeca cuando puedes tener las decenas de miles de libras directamente en efectivo? -La risa de Harry fue un chasquido seco y despiadado-. Confieso que me engañaste bien. Pensé que la humilde profesora de literatura estaba por encima de estas cosas. Pero veo que solo estabas esperando el momento idóneo para empezar a monetizar nuestra relación.

El golpe fue tan directo y ruinoso que a Anna se le fue el aire de los pulmones. Se quedó paralizada, sintiendo cómo el tinte de la sangre abandonaba su rostro. Miró fijamente a esos ojos verdes que tanto amaba, buscando desesperadamente algún rastro de broma o incertidumbre, pero solo encontró sospecha, desprecio y una paranoia absurdamente arraigada.

En ese preciso segundo, algo dentro de Anna se quebró para siempre. La acusación no solo le causó un dolor físico en el pecho; la revelación de la verdadera naturaleza de Harry la dejó desvastada.

No importaba cuánto lo amara, ni cuántas noches hubiera dedicado a comprender sus traumas y su frialdad: Harry jamás había confiado en ella. Para él, ella nunca había sido más que otra figura en su catálogo de personas con precio.

Explicarle la verdad en ese instante-contarle que había vendido la joya de forma anónima para financiar el tratamiento experimental de Sofía, su alumna de dieciséis años que se debatía entre la vida y la muerte por un osteosarcoma agresivo-habría significado rebajarse. Significaba pedir la validación de un hombre que acababa de aplastar su dignidad humana bajo el peso de su billetera. Y el orgullo de Anna, nutrido por años de esfuerzo honesto, se negó rotundamente a defenderse de una insinuación tan ruin.

Sin articular una sola palabra, Anna se quitó la cartera del hombro y la apoyó con delicadeza sobre el suelo. Con las manos temblorosas pero con la cabeza bien alta, se llevó los dedos al cuello y se desabrochó la fina cadena de oro que él le había comprado meses atrás. Luego se quitó los pendientes de perlas y el reloj de diseñador que descansaba en su muñeca. Uno a uno, los fue colocando sobre la superficie pulida de la mesa de caoba, alineándolos junto a la pantalla que exhibía la imagen de la pulsera subastada.

-¿Qué se supone que estás haciendo? -inquirió Harry, frunciendo el ceño, desconcertado por la ausencia total de gritos o llanto.

Anna colocó la última joya. Levantó la vista y lo miró directo a los ojos. En su mirada no había rabia ni despecho, solo una tristeza profunda y devastadora, no por ella, sino por el vacío en el que él vivía.

-Te devuelvo lo tuyo, Harry -dijo. Su voz sonó extrañamente firme, tan dura y clara como el cristal-. No quiero absolutamente nada que venga de ti.

Se dio media vuelta y caminó con paso constante hacia la salida del estudio.

-¡Anna, por favor! -exclamó Harry, poniéndose de pie de golpe, aunque sin moverse de detrás de su escritorio, convencido de que presenciaba una maniobra teatral-. ¿Vas a actuar como la víctima ahora? ¡Sé perfectamente lo que estás haciendo! Esta pataleta de devolverme las cosas es solo para llamar la atención, para que te busque y te ponga más dinero enfrente. ¡Si cruzas esa puerta, no pienses ni por un segundo que voy a ir a suplicarte!

Anna se detuvo un instante antes de cruzar el marco de la puerta. No se giró para mirarlo.

-No te preocupes -susurró, dejando que las palabras flotaran en la penumbra del pasillo-. Sé perfectamente que no vendrás. Y prefiero que sea así.

La puerta se cerró con un chasquido sordo. Harry escuchó los pasos alejarse por el vestíbulo y el sonido leve de la puerta principal al cerrarse. Se quedó solo en medio de la inmensidad de su estudio, mirando los adornos de oro sobre la mesa, con la certeza absurda de que ella llamaría en un par de días cuando el orgullo se le terminara.

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Holaaa. Nuevamente por aquí. He estado escribiendo nuevas historias pero ninguna me convencía para subir. ¿Qué les parece esta? Me pareció interesante para subirla.

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora