A la mañana siguiente, el ambiente en el dormitorio real era distinto. Harry no se levantó al alba para revisar los telegramas de las provincias; se quedó apoyado en el cabecero de la cama, observando a Ana dormir con una mezcla de adoración y una culpa punzante por no haberse dado cuenta antes.
Cuando ella despertó, lo encontró sosteniendo una taza de té de jengibre que Niall le había entregado en la puerta, bajo estrictas instrucciones de "no hacer preguntas".
—Niall ya lo sabía, ¿verdad? —preguntó Harry con una media sonrisa, ayudándola a incorporarse.
—Fue mi cómplice —admitió Ana con voz ronca—. Me obligaba a comer cuando yo solo quería esconderme debajo de las sábanas. No lo culpes, yo se lo pedí.
—No lo culpo. Le debo una medalla por aguantar tus secretos y mis nervios al mismo tiempo.
Sin embargo, la realidad del reino no tardó en tocar a la puerta. Un golpe seco anunció la llegada del secretario personal del Rey. Harry suspiró, el peso de la responsabilidad volviendo a caer sobre él.
—Debo ir a la reunión del Consejo —dijo Harry, levantándose—. Mi padre está esperando el plan de reforma. Pero esta vez es diferente, Ana.
—Harry, sigue siendo un momento delicado para el país —le recordó ella, preocupada por si su revelación lo distraía de sus deberes.
—Exacto. Y ahora tengo una razón más para asegurar que este país sea un lugar estable. No solo por mi padre, sino por lo que viene.
Durante la reunión del Consejo, Harry mostró una determinación que sorprendió incluso al Rey. Propuso una mediación directa en las zonas de conflicto, pero con una condición: él no viajaría solo. Establecería una base de operaciones en una de las residencias de verano más tranquilas, cerca de la costa, donde el aire era puro y la tensión política era menor.
Al salir, interceptó a Niall en el pasillo.
—Prepara el traslado a Sandringham —ordenó Harry.
—Señor, ¿en medio de la crisis? —Niall enarcó una ceja—. El Rey querrá que esté aquí, en el centro de mando.
—Dile a mi padre que el Príncipe Heredero necesita proteger su activo más valioso. Y Niall... —Harry le puso una mano en el hombro—. Gracias. Por cuidarla cuando yo no podía ver más allá de mis papeles.
Días después, instalados en la residencia de campo, la presión parecía haberse disipado. Harry trabajaba por las mañanas mediante llamadas y correos, pero las tardes eran exclusivas para Ana.
Caminaban por los jardines privados, lejos de las cámaras y de los susurros de la corte. Allí, bajo la sombra de los robles centenarios, Harry finalmente se permitió ser solo un esposo emocionado.
—¿Crees que sea un niño? —preguntó él una tarde, mientras descansaban frente al lago.
—Aún es pronto para saberlo —rio Ana, sintiéndose por fin ligera—. Pero Niall ya está apostando a que será una niña y que tendrá tus rizos.
Harry sonrió y se arrodilló sobre la hierba para quedar a la altura de su vientre. Se acercó con cuidado, como si temiera romper algo frágil, y depositó un beso sobre la tela del vestido de Ana.
—Si tiene tu fuerza, podrá gobernar este mundo sin ayuda de nadie —susurró Harry contra su piel—. Gracias por protegernos a los tres, incluso de mí mismo.
Ana le acarició el cabello, sabiendo que, aunque la crisis social aún tardaría en resolverse del todo, dentro de ese pequeño círculo de paz, su familia ya había ganado la batalla más importante. El secreto ya no era una carga, sino el motor que le daba a Harry la fuerza para ser el líder que el país necesitaba y el padre que su hijo merecía.
***
Las semanas en Sandringham trajeron una paz que parecía imposible en la capital. Harry, aunque seguía lidiando con los sindicatos y las reformas agrarias a través de conferencias nocturnas, había recuperado el brillo en los ojos.
Sin embargo, ocultar el embarazo al resto del mundo —y especialmente al Rey— se volvía un desafío logístico digno de una operación militar.
Niall se convirtió en el "muro" oficial.
Era él quien filtraba las llamadas, quien interceptaba a los fotógrafos con drones y quien se aseguraba de que los antojos nocturnos de Ana (que ahora incluían extrañas combinaciones de fruta y pan tostado) llegaran a la habitación sin pasar por los registros oficiales de la cocina.
Una tarde, mientras Ana descansaba en el salón acristalado, el rugido de un motor rompió la calma. Un helicóptero con el sello real aterrizaba en el jardín. El Rey, cansado pero decidido, había decidido visitar a su hijo para supervisar los avances de la crisis.
—¡Niall! —llamó Ana en un susurro cargado de pánico—. El Rey está aquí.
Niall apareció en segundos, ajustándose la corbata.
—Lo sé. Harry está en el despacho. Quédate ahí, busca una manta o un libro grande. Yo distraeré a la seguridad del Rey.
Harry salió al encuentro de su padre. El Rey se veía envejecido, pero su mirada era aguda.
—Hijo, me han dicho que estás haciendo un trabajo excepcional desde aquí. Las provincias se están calmando. Pero me pregunto por qué te has recluido tanto. ¿Y Ana? Espero que no esté sufriendo el aislamiento.
—Está perfecta, padre. Solo disfrutando del aire del campo —respondió Harry, tratando de guiar al Rey lejos del salón acristalado.
A pesar de los esfuerzos de Harry y Niall, el Rey, conocedor de cada rincón de sus propiedades, insistió en caminar por los jardines.
Entró en el salón justo cuando Ana intentaba levantarse del sofá. En su prisa, la manta se deslizó, revelando una curva ya más pronunciada que el azul marino del vestido no podía esconder.
El silencio fue sepulcral. Niall se detuvo en la puerta, intercambiando una mirada de "lo intentamos" con Harry.
El Rey miró a Ana, luego a Harry, y finalmente bajó la vista hacia el vientre de su nuera. La severidad de su rostro se desmoronó, reemplazada por una vulnerabilidad que Harry rara vez había visto.
—¿Es por esto? —preguntó el monarca con la voz temblorosa—. ¿Por esto te has quedado aquí?
Ana se acercó, tomando la mano de su suegro.
—Perdónenos, Majestad. Harry quería estar con usted en la crisis, y yo no quería que su atención se dividiera. El país lo necesitaba a él, y él necesitaba estar concentrado.
El Rey soltó una carcajada seca, que pronto se convirtió en una sonrisa genuina.
—Hijo, he pasado meses pensando que el futuro de nuestra estirpe estaba en riesgo por las protestas... y resulta que el futuro ya estaba creciendo aquí mismo.
Esa noche, con la bendición del Rey, Harry y Ana decidieron que ya no había necesidad de sombras. La crisis social había encontrado un punto de resolución gracias a las reformas, y el pueblo necesitaba una noticia que trajera esperanza.
Harry ayudó a Ana a vestirse para una fotografía oficial en el jardín. No hubo vestidos anchos esta vez; eligieron uno que celebraba su estado.
—¿Estás lista? —preguntó Harry, abrazándola por la espalda mientras Niall preparaba a los fotógrafos de la casa real.
—Contigo siempre —respondió ella.
Niall, desde lejos, levantó un pulgar y gritó:
—¡Recuerden que yo soy el padrino oficial, no lo olviden cuando firmen los documentos reales!
Harry rio, besando la sien de Ana mientras la cámara capturaba el momento. Ya no eran solo príncipes lidiando con una corona pesada; eran una familia que había aprendido que, para salvar a un país, primero debían proteger el amor que los mantenía en pie. La crisis había pasado, y una nueva vida estaba a punto de comenzar.
Holaaa. Nuevamente por aquí. Les traigo esta segunda parte. Si bien es más cortita la historia, tiene epílogo.
A. S.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
