Ex padrastro III

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Al despertar a la mañana siguiente, Ana sintió que cada músculo de su cuerpo era un recordatorio vibrante de la noche anterior. Al intentar estirarse entre las sábanas, un gemido involuntario escapó de sus labios; le dolían los muslos, sentía una presión sorda en las caderas y el roce de la tela contra su piel todavía sensibilizada le traía ráfagas de memoria líquida.

Recordó la fuerza de Harry en el ventanal, el calor del agua mezclándose con su esencia en la ducha y, sobre todo, esa sensación de plenitud abrumadora cuando él se vaciaba dentro de ella, pulsando, reclamándola. Se sintió como una mujer nueva, marcada y protegida.

Con esa seguridad idílica, se vistió para el trabajo, convencida de que al cruzar la puerta del bufete, la mirada de Harry le confirmaría que ahora eran un "nosotros".

Pero el sueño se pinchó con la frialdad de un alfiler de hielo.
Cuando Harry entró al despacho, Ana levantó la vista, con el corazón galopando y una sonrisa contenida. Él ni siquiera desaceleró el paso.

—Buen día, Ana. Necesito que transcribas las notas de la reunión con los auditores para mediodía. Deja el café en mi escritorio cuando esté listo —dijo él, con una voz plana, profesional y despojada de cualquier rastro de la pasión que los había consumido horas antes. Ni una mirada cómplice, ni un roce, nada.

El golpe de realidad la dejó sin aliento. La humillación empezó a suplantar al deseo. ¿Eso fue todo?, pensó con furia creciente. ¿Solo una lección para demostrarme qué es un hombre "de verdad" y que Marcus es un niño?. Se sintió utilizada, una conquista más en la lista de un hombre que sabía perfectamente cómo dominar.

En un arrebato de despecho y orgullo herido, Ana buscó a Marcus.

—Siento mucho lo de anoche, Marcus. Surgió un imprevisto familiar —mintió, forzando una sonrisa encantadora—. ¿Sigue en pie lo del almuerzo? Me vendría bien salir de aquí un rato.

Almorzaron en un restaurante cercano. Ana se esforzó por reírse de cada chiste de Marcus, asegurándose de que, si alguien del bufete los veía, el reporte llegara a oídos de Harry.

Pero la tarde fue igual de amarga: Harry no salió de su oficina ni una vez para darle "la hora". Ignorada y furiosa, Ana recogió sus cosas al terminar la jornada y se refugió en su departamento, solo para encontrarse con que la soledad que buscaba era inexistente.

—¡Sorpresa, hija! —Elena estaba en el living, deshaciendo una maleta con la soltura de quien no piensa irse pronto—. Extrañaba mucho a mi niña y decidí venir unos días.

***

Harry estaba sentado tras su escritorio, con los puños tan apretados que los nudillos le blanqueaban. Ver a Ana entrar esa mañana, con ese brillo en los ojos y el cuerpo moviéndose con la languidez de quien ha sido amada profundamente, casi lo hizo flaquear.

Quería levantarse, encerrarla en su oficina y volver a devorarla hasta que no recordara su propio nombre.
Pero el pánico moral lo había golpeado al alba. Es la hija de Elena, se repetía como un mantra. La has marcado, la has llenado de ti sin protección, has roto todas las reglas..

Su única defensa era el silencio. Creía que, si la trataba como a una empleada, podría contener la explosión volcánica que sentía en el pecho.

Sin embargo, cuando Niall le comentó casualmente que Ana se había ido a almorzar con Marcus, Harry casi destroza la pluma estilográfica que tenía en la mano. Los celos eran una bilis amarga. ¿Tan rápido vuelve con ese imbécil?, pensó, herido en su orgullo. Decidió castigarla con el vacío, sin saber que solo estaba alimentando el incendio.

Cuando Elena lo llamó esa tarde, Harry aceptó la invitación a cenar casi por instinto de supervivencia. Necesitaba verla fuera del entorno laboral, necesitaba saber si ella también sentía este abismo entre los dos, aunque eso significara sentarse a la mesa con su ex esposa y fingir que no había profanado cada rincón del cuerpo de Ana la noche anterior.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora