El jefe II

95 5 4
                                        

La noche del despliegue del nuevo sistema, la oficina del piso 40 estaba en absoluto silencio, salvo por el zumbido de los servidores y el tecleo incesante de Ana. El resto del equipo ya se había ido a casa, pero ella se había quedado para monitorear la migración de datos.

Para su fastidio, Harry tampoco se había marchado. Estaba en su despacho acristalado, con las mangas de la camisa arremangadas y la corbata floja, sumergido en sus propias pantallas.

A las dos de la mañana, el peor escenario se cumplió: un apagón masivo en la zona dejó el edificio a oscuras. Un segundo después, las luces rojas de emergencia se encendieron, tiñendo el lugar de un tono lúgubre, y los servidores principales se apagaron. El sistema de respaldo falló. Estaban atrapados, incomunicados y con la plataforma caída.

Harry salió de su oficina de inmediato, con el ceño fruncido y el teléfono en la mano.

-No hay señal de red ni línea fija. ¿Qué demonios pasó? -preguntó, su tono exigente volviendo a aparecer por puro estrés.

-Se cayó el nodo principal de la zona y el generador de la empresa no resistió el pico de tensión -respondió Ana, sin levantar la vista de su laptop, que sobrevivía gracias a la batería-. Si no levanto el backend manualmente desde la terminal local en los próximos veinte minutos, perderemos los datos de la última semana.

Harry se tensó, pero al ver la calma fría de Ana, respiró hondo y se acercó a su escritorio.

-¿Qué necesitas que haga? -preguntó. Esta vez no había arrogancia en su voz; era la voz de un hombre que sabía cuándo delegar el control.

-Sostenga esta linterna -le ordenó ella, pasándole el aparato sin mirarlo-. Y no tape la luz.

Durante los siguientes quince minutos, el hombre más rico y poderoso de la industria tecnológica se limitó a ser el asistente de iluminación de una ingeniera que ni siquiera se inmutaba ante su presencia.

Harry la observó trabajar en silencio: la línea de su mandíbula concentrada, la rapidez de sus dedos sobre el teclado, la brillantez con la que resolvía un problema que habría hecho entrar en pánico a todo un departamento. Sintió una punzada de algo que no pudo identificar, pero que se parecía mucho a la admiración.

-Listo -susurró Ana finalmente, cuando las pantallas volvieron a la vida y los servidores locales parpadearon en verde-. Datos a salvo.

Ana se dejó caer en el respaldo de la silla, exhalando un largo suspiro. El cansancio finalmente la venció. Harry, por su parte, dejó la linterna en el escritorio y se sentó en la silla de al lado, rompiendo la distancia que siempre mantenían.

-Buen trabajo, Ana. De verdad -dijo en voz baja.

Ella lo miró de reojo, sorprendida por la falta de altanería.

-Es mi trabajo, señor Styles.

-Harry. Estamos a oscuras a las dos de la mañana, creo que puedes llamarme Harry -replicó él, con una sonrisa ligera que no llegó a ser engreída-. Además... quería disculparme. Por lo de la fiesta. Y por cómo te traté el primer día.

Ana arqueó una ceja, cruzándose de brazos.

-No tiene que disculparse. Usted es el dueño. Supongo que el dinero le da derecho a mirar a todos desde arriba.
El comentario dolió, y se notó en la forma en que Harry apartó la mirada.

-No siempre fui así -confesó él, mirando el suelo iluminado por la luz roja de emergencia-. Pero en este mundo, si no demuestras que eres el más fuerte, el más exitoso y el que tiene más recursos, te devoran. La opulencia es un escudo, Ana.

-Es un escudo bastante ridículo -respondió ella con honestidad brutal, aunque su tono ya no era tan hostil-. Presumir un viñedo mientras hay gente en su propia empresa que apenas llega a fin de mes... Mis padres son maestros de escuela, ¿sabe? Pasaron toda su vida enseñando en un barrio humilde. Nunca tuvieron un auto de lujo ni ropa de diseñador, pero cambiaron la vida de cientos de chicos. Su valor no se mide en millones. Por eso, ver a alguien que cree que es superior solo por tener una cuenta bancaria abultada... me da un poco de lástima.

La palabra "lástima" resonó en el espacio vacío. A cualquier otra persona, Harry la habría despedido en el acto. Pero las palabras de Ana calaron hondo en un lugar que él había olvidado que existía. Nadie le había hablado con tanta verdad en años. Todos le daban la razón; todos querían una parte de su fortuna. Ella no quería nada de él, y eso la hacía real.

Harry la miró fijamente, descubriendo que la sencillez y la integridad de Ana le resultaban mucho más fascinantes y atractivas que cualquier gala de etiqueta o negocio millonario.

-Tus padres suenan como grandes personas -dijo Harry sinceramente, acortando un poco más la distancia entre sus sillas-. Y tú... eres diferente a cualquiera que haya conocido, Ana.
Ana lo observó, notando por primera vez la vulnerabilidad en sus ojos verdes, despojado de su armadura de tipo rico. El silencio que se instaló entre ambos ya no era incómodo, sino espeso, cargado de una tensión completamente nueva.

Holaaa. Segunda parte por aquí. Muchas gracias por todo su apoyo.

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora