Cuando la puerta de roble pesado se cerró con un clic amortiguado, el silencio regresó al consultorio, pero no era el mismo silencio de antes.
El aire todavía conservaba la sutil estela del perfume de Ana -algo suave, como flores de azahar y lluvia- mezclado con el aroma a sándalo que Harry siempre encendía antes de las consultas.
Harry se quedó de pie junto a la ventana, observando a través de las rendijas de las persianas americanas cómo Ana cruzaba la calle. Caminaba con un paso sutilmente distinto al que había traído al entrar: menos rígida, con los hombros un poco más relajados, aunque todavía con esa tensión felina que a él no se le había escapado ni por un segundo.
Se quitó los lentes de leer, los dejó sobre el escritorio y se frotó el puente de la nariz. Suspiró profundamente.
«Vibrante», había dicho. Un eufemismo profesional para no decirle directamente que la forma en que ella describía su propia libido, con esa mezcla de pudor y desesperada honestidad, le había parecido una de las cosas más magnéticas que había escuchado en ese diván en meses.
Harry regresó a su sillón individual, el que estaba justo enfrente del espacio donde Ana había estado sentada. Se dejó caer en él, apoyando la cabeza hacia atrás en el respaldo de cuero. Miró el cojín de terciopelo gris donde el cuerpo de ella había dejado una leve marca.
Como sexólogo, Harry estaba entrenado para diseccionar el deseo humano como si fuera un mapa anatómico. Escuchaba fetiches, frustraciones, traumas y disfunciones a diario, y su mente siempre operaba en un modo de resolución clínico, empático pero distante.
Sin embargo, con Ana, el mecanismo de distancia había fallado en un engranaje clave.
Cuando ella le confesó, con la voz temblorosa y las mejillas encendidas, que le abrumaba la intensidad de sus propias fantasías y que su cuerpo "respondía de una manera que la asustaba", Harry no vio a una paciente con un conflicto de culpa judeocristiana. Vio a una mujer con una capacidad de entrega y una sensibilidad sensorial que la mayoría de la gente pasaba la vida entera buscando sin éxito.
Y cuando su voz bajó de tono al preguntarle cómo se apagaba esa culpa... Dios.
Harry recordó el milisegundo exacto en que sus miradas se cruzaron con una fijeza distinta.
Él había sentido el cambio de presión en la habitación, la corriente eléctrica que viaja por el aire cuando el decoro profesional se tambalea. Había visto cómo las pupilas de Ana se dilataban ligeramente al mirarle los labios.
Y él, por pura inercia biológica y una fascinación que no pudo contener a tiempo, le había sostenido la mirada más de lo estrictamente necesario.
-Profesional, Styles. Profesional -se murmuró a sí mismo en el consultorio vacío, con una media sonrisa autocrítica.
Se levantó, caminó hacia su escritorio y abrió la carpeta con la ficha de Ana. Tomó su pluma estilográfica, pero se quedó con la punta suspendida sobre el papel texturado. ¿Qué se supone que debía anotar?
"La paciente presenta un cuadro de autoexigencia y culpa internalizada respecto a su alta respuesta de excitación." Sí, eso era lo técnico.
Pero en su mente, la traducción era mucho más cruda, más física. Harry visualizó la próxima sesión. Le había prometido que desmantelarían sus límites, que la haría nombrar sus fantasías en voz alta, frente a él, una por una, hasta que la culpa se disolviera.
Pensar en la voz de Ana describiendo con detalle lo que imaginaba en la intimidad de su cama, mientras lo miraba con esos ojos suplicantes y encendidos, provocó un calor muy específico y nada profesional en el bajo vientre de Harry.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
