Secreto

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El eco de los pasos de Harry en el pasillo principal siempre había sido una música de bienvenida para Anna. Pero esta noche, el sonido la hizo tensarse contra el marco de la ventana. Se pasó una mano por el vientre, todavía plano a la vista, pero que para ella se sentía como el epicentro de un terremoto.
No podía decírselo. Al menos, no todavía.
Harry entró en la habitación con el abrigo cubierto de una fina capa de lluvia. Sus ojos verdes, siempre analíticos, recorrieron la estancia hasta posarse en ella. La recorrió con esa mirada que parecía leerle el alma, y Anna se obligó a relajar los hombros.
—Estás muy callada, incluso para ser tú —dijo él, dejando las llaves sobre la mesa de caoba. El sonido metálico pareció un trueno en el silencio.
—Solo es el cansancio, Harry. El invierno se siente más pesado este año —mintió ella, ofreciéndole una sonrisa que no llegó a sus ojos.

***

Él se acercó, acortando la distancia con esa elegancia natural que lo caracterizaba. Anna retrocedió un milímetro, un movimiento casi imperceptible, pero Harry lo notó. Se detuvo a un paso de ella, frunciendo el ceño.
—¿Te ocurre algo? Estás pálida.
—Es el frío del ventanal —insistió ella, cruzando los brazos sobre su estómago en un gesto defensivo que intentó disfrazar de timidez—. Ve a cambiarte, la cena estará lista en un momento. He pedido que preparen ese guiso que tanto te gusta.
Harry no se movió. La luz de las velas bailaba en sus pupilas, dándole un aire casi místico. Extendió una mano para rozar la mejilla de Anna, y ella contuvo el aliento. En ese momento, una oleada de mareo la golpeó, una náusea repentina que la obligó a cerrar los ojos con fuerza.
—Anna… —su voz bajó de tono, cargada de una sospecha que ella no estaba lista para confirmar.

***

—Estoy bien —interrumpió ella, dándose la vuelta para caminar hacia la puerta. Cada paso le pesaba. Sabía que en una casa compartida con un hombre como Harry, las sombras no ocultarían la verdad por mucho tiempo. Las vitaminas escondidas en el fondo del cajón, el rechazo repentino al vino tinto, su fatiga inusual… todo eran migajas de pan que él acabaría siguiendo.
Se detuvo en el umbral y lo miró por encima del hombro. Harry seguía allí, de pie en medio de la habitación, observándola con una mezcla de adoración y duda.
—Mañana será un día mejor —susurró Anna, más para sí misma que para él.
Salió de la habitación dejando la verdad suspendida en el aire, una joya oculta que brillaba en la oscuridad de su secreto, esperando el momento exacto para ser revelada.

***

Anna cerró la puerta del baño y se apoyó contra la madera fría, intentando que sus pulmones recordaran cómo inhalar aire de forma acompasada. En el cajón del tocador, escondido tras frascos de perfume que ya no usaba porque el olor la mareaba, estaba el blíster vacío.
​Había fallado. Una sola noche de olvido, un descuido entre el caos de las clases y las correcciones, y ahora el futuro que Harry había diseñado meticulosamente se desmoronaba sin que él lo supiera.
​Él siempre había sido claro. "No es para mí, Anna. El mundo es demasiado caótico y mi trabajo demasiado absorbente como para traer a alguien más a este esquema", le había dicho una noche, años atrás. Ella había aceptado, convencida de que su amor por él era suficiente. Y ahora, la responsabilidad de las pastillas —ese pacto silencioso de que ella era la guardiana de su libertad compartida— se sentía como una cadena.

***

​Salió del baño y encontró a Harry sentado en el borde de la cama, desabrochándose los puños de la camisa. Se veía cansado, con esa sombra de agotamiento que solo el análisis profundo de la mente ajena deja en el rostro.
​—¿Seguís con náuseas? —preguntó él sin levantar la vista. Su tono no era de sospecha, sino de preocupación clínica.
​—Es solo algo que comí al mediodía, Harry. No te preocupes tanto.
​Él se levantó y caminó hacia ella. Le puso las manos en la cintura y la atrajo hacia sí. Anna sintió un escalofrío. Estar así de cerca era peligroso; Harry tenía un instinto casi animal para detectar cambios en el ritmo cardíaco, en la temperatura de la piel, en las microexpresiones.
​—Estás tensa —susurró él contra su frente—. Si es por la facultad, podés tomarte unos días. No necesitás cargar con todo el programa de literatura vos sola.

***

​Anna forzó una risa seca. "Si supieras que lo que cargo no es un programa de estudios", pensó.
​—Mañana tengo que ir a la farmacia a buscar mi reposición de las pastillas —dijo ella, soltando la mentira con una naturalidad que le dolió en el pecho—. Me quedan pocas.
​Harry asintió, depositando un beso suave en su sien.
—Está bien. No te olvides, sabés que no podemos permitirnos un error ahora, con el viaje a Europa planeado y los nuevos proyectos.
​Anna cerró los ojos con fuerza. Cada palabra de Harry era un clavo más en la estructura de su secreto. Él confiaba en su control, en su orden. Decirle la verdad no solo significaba darle una noticia que no quería, sino admitir que había fallado en la única tarea que garantizaba la vida que él tanto valoraba.
​—No me voy a olvidar —respondió ella, sintiendo cómo el pequeño secreto en su interior crecía, ajeno a los planes, a las pastillas y a los miedos de su padre.

Holaaa. Les traigo esta nueva historia. Me encantó cuando la empecé a escribir.

Les hago una pregunta, ¿Les gustaría que subo algo más de la anterior historia entre Niall, Harry y Anna y los bebés? ¿tienen alguna idea en mente?

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora