El diagnóstico I

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El consultorio del doctor Harry Styles no encajaba con la idea fría y clínica que Ana se había formado en la cabeza. No había paredes de un blanco aséptico ni camillas de metal.

En su lugar, el espacio olía a sándalo y cedro, con paredes en un tono verde oliva profundo, estanterías repletas de libros de psicología, plantas que caían con gracia y una luz cálida que filtraba el atardecer a través de las cortinas.

Pero lo más intimidante de todo el lugar no era la decoración, sino el hombre sentado detrás del escritorio de roble.

Harry vestía una camisa de lino entreabierta en el cuello, revelando algunos de sus tatuajes, y llevaba unos lentes de marco fino que se quitó apenas Ana cruzó el umbral. Sus ojos verdes, cargados de una empatía tan profunda que resultaba casi abrumadora, se fijaron en ella con una amabilidad pausada.

-Hola, Ana. Pasa, por favor. Toma asiento donde te sientas más cómoda -dijo, con esa voz suya, baja y de un tempo exasperantemente lento que parecía diseñado para calmar los nervios de cualquiera. O para alterarlos de otra manera.

Ana se sentó en el diván de terciopelo gris, apretando su bolso contra su regazo como si fuera un escudo protector.

-Gracias, doctor Styles -murmuró, sintiendo que la garganta se le cerraba.

-Harry está bien. El protocolo formal suele levantar muros, y aquí venimos a derribarlos -le dedicó una sonrisa pequeña, mostrando un hoyuelo, antes de entrelazar los dedos sobre su escritorio-. Cuéntame, ¿qué te trae por aquí? En tu correo mencionabas que sentías que algo... no estaba funcionando bien.

Ana respiró hondo, mirando fijamente la alfombra antes de obligarse a sostenerle la mirada. Si iba a hacer esto, tenía que ser honesta.

-Creo que tengo un problema. Con mi sexualidad, quiero decir -soltó de golpe-. Siento que... no encajo en lo que se supone que debería ser normal. O que mis deseos están un poco rotos.

Harry se acomodó en su silla, ladeando ligeramente la cabeza. No hubo juicio en su rostro, ni una sola nota de sorpresa. Solo una curiosidad genuina y analítica.

-"Normal" es una palabra muy tramposa, Ana. Suele ser más una construcción social que una realidad biológica o emocional -explicó él, con un tono suave-. Pero dime, ¿a qué te refieres exactamente? ¿Qué es lo que te hace pensar que estás "rota"?
Ana tragó saliva, sintiendo el calor subir por sus mejillas.

-Es la intensidad. Y las fantasías. A veces... me abruma lo mucho que puedo llegar a desear algo, o la forma en que imagino las cosas. Hay días en que mi cabeza no para. Me siento... demasiado expuesta ante mis propios pensamientos. Como si no tuviera el control. Y luego está el cuerpo... a veces responde de una manera tan intensa que me asusta. En lugar de disfrutarlo, me da culpa. Siento que debería ser más... recatada, o que algo en mi química está descompensado.

Harry la escuchó con absoluta atención, sin interrumpirla ni una sola vez. Cuando ella terminó, él guardó un breve silencio, no uno incómodo, sino uno de esos silencios clínicos donde el terapeuta procesa la información para dar la respuesta exacta.

Se levantó de su silla con movimientos felinos y caminó hacia un pequeño aparador para servirse un vaso de agua, ofreciéndole otro a ella con un gesto. Ana lo aceptó, agradeciendo el frío del cristal en sus manos ansiosas.

Harry no regresó a su escritorio. En su lugar, se sentó en el sillón individual que estaba justo enfrente del diván de Ana, acortando la distancia física entre ambos. Se apoyó hacia adelante, con los codos en las rodillas.

-La culpa es la mayor enemiga del placer, Ana -dijo, mirándola directamente a los ojos-. Nos enseñan desde muy chicos a regularnos, a medirnos, a sentir que si deseamos "demasiado" o de formas que escapan al libreto estándar, entonces somos raros. O estamos enfermos.

Hizo una pausa, y su voz bajó un octavo, volviéndose aún más íntima.

-Tener una mente imaginativa, una libido alta o fantasías que te sacuden el suelo bajo los pies no te hace una paciente para un patólogo. Te hace un ser humano increíblemente vivo. El deseo no es un interruptor de encendido y apagado; es un espectro. Y el tuyo, por lo que me cuentas, simplemente es vibrante.

-¿Entonces... no estoy loca? -preguntó ella en un susurro, sintiendo un nudo de alivio y, al mismo tiempo, una extraña tensión en el pecho.

-Para nada -Harry sonrió, y sus ojos brillaron con una calidez casi magnética-. Tu cuerpo responde a estímulos, tu mente crea escenarios.

Eso es salud, no enfermedad. El verdadero problema aquí no es lo que deseas, sino el juicio que emites sobre ti misma por desearlo. Te estás castigando por tener la capacidad de sentir profundamente.

Ana observó la forma en que la luz de la tarde golpeaba el perfil de Harry, delineando su mandíbula y el desorden perfecto de sus rulos. La manera en que hablaba de la intimidad, con tanta naturalidad y sin un ápice de tabú, hacía que algo dentro de ella se agitara de un modo completamente distinto. No era solo alivio terapéutico; era una atracción sutil, eléctrica, que flotaba en el aire del consultorio.

-¿Y cómo se apaga esa culpa? -preguntó ella, dando un paso mental hacia un terreno más peligroso.

Harry sostuvo su mirada. Hubo un milisegundo en el que el analista dio paso al hombre, una chispa rápida de reconocimiento de la tensión que acababa de crearse en el espacio que los separaba. Pero con la gracia de un profesional, recuperó el hilo, aunque su tono se volvió un poco más denso.

-No se apaga con un interruptor, Ana. Se disuelve a través de la exploración y la aceptación. El primer paso es dejar de pedirle perdón a tu propio cuerpo por sentir. En nuestras próximas sesiones, si estás de acuerdo, vamos a trabajar en desmantelar esos límites que te pusiste. Vamos a hablar de esas fantasías, sin censura, sin filtros. Vas a aprender a nombrarlas en voz alta frente a mí hasta que dejen de darte miedo.

Ana sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal ante la perspectiva de confesarle a él, detalladamente, todo lo que pasaba por su cabeza en la oscuridad de su cuarto.

-Me parece... un buen plan, doctor -dijo ella, con una sonrisa tímida pero mucho más segura.

-Harry -corrigió él de nuevo, levantándose con una elegancia que a Ana le costó ignorar-. Nos vemos la próxima semana, Ana. Y recuerda: la mente es el órgano sexual más grande que tenemos. No le temas a lo que es capaz de crear.

Cuando Ana salió al aire fresco de la tarde, se dio cuenta de que su pulso seguía acelerado. No se sentía curada, pero por primera vez en mucho tiempo, ya no quería estarlo.



Holaaa. Después de un largooooo tiempo, nuevamente por aquí. Estuve cerrando el primer cuatrimestre de estudio y viajé a Capital Federal para ver a mi novio y conocer a mis suegros. 🫣

¿Qué cuentas ustedes?

Espero que les guste esta nueva entrega.

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora