Twins

193 9 2
                                        

La penumbra del departamento olía a una mezcla de café frío y al perfume maderoso que Ana conocía de memoria. Cruzó el umbral en silencio, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada con un clic casi imperceptible.

La única luz del lugar provenía del gran ventanal del living, que filtraba el resplandor anaranjado y difuso de los postes de luz de la calle. Era tarde, pasadas las once de la noche, y el silencio imperaba en el ambiente, interrumpido únicamente por el murmullo lejano del tráfico de la ciudad.

Al avanzar hacia la cocina integrada, lo vio. Había una silueta alta de espaldas a ella, recortada contra la claridad de la ventana. Llevaba unos pantalones oscuros y una remera de algodón gris que se amoldaba a la perfección a la línea de sus hombros anchos. Estaba apoyado contra la mesada de mármol, con la cabeza ligeramente gacha, como si estuviera sumido en sus propios pensamientos.

A Ana se le instaló una sonrisa traviesa en los labios. Después de un día interminable y estresante, lo único que deseaba era refugiarse en el calor de su novio, perderse en sus brazos y desconectar del mundo. Se quitó los zapatos para no hacer ruido y caminó sobre la alfombra con pasos felinos, conteniendo la respiración para no arruinar la sorpresa.

Cuando estuvo a solo unos centímetros, se estiró y lo rodeó por la cintura desde atrás, pegando todo su cuerpo a esa espalda sólida.

-Te extrañé -susurró contra la tela de la remera, cerrando los ojos al sentir el calor que desprendía.
Deslizó sus manos con audacia por debajo del borde de la prenda, buscando el contacto directo con la piel desnuda de su abdomen.

Su tacto era firme, pero notó una leve tensión inmediata en los músculos de él, un espasmo de sorpresa que solo la incitó más. Ana subió los besos por su columna hasta detenerse en la base del cuello, dejando una caricia húmeda justo donde se unía con el hombro, mordisqueando apenas la piel con una lentitud exasperante.

Esperaba que él se diera la vuelta con su habitual parsimonia dulce, que la tomara de las manos y le sonriera con esa ternura que siempre la derretía.

Sin embargo, la reacción fue instantánea y radicalmente distinta.
La figura se giró con una rapidez que la dejó sin aliento.

Antes de que Ana pudiera procesar el movimiento, unas manos grandes, de dedos largos y decididos, la tomaron de las muñecas. No la apartaron; al contrario, la guiaron hacia atrás con una fuerza firme y abrumadora hasta que la espalda de ella impactó suavemente contra la pared adyacente.

El agarre bajó de inmediato a sus caderas, hundiéndose en su piel con una posesividad que le erizó los vellos de los brazos.

Ana parpadeó, intentando enfocar en la oscuridad. Aquella energía no era la habitual. Había una urgencia salvaje, un magnetismo casi eléctrico que la hizo jadear. Antes de que pudiera articular palabra, unos labios hambrientos se apoderaron de los suyos.

El beso fue devastador. No hubo preámbulos, ni la delicadeza a la que estaba acostumbrada en los primeros minutos de un encuentro. Era un beso profundo, cargado de una soltura descarada, donde la lengua de él reclamaba territorio con una confianza absoluta.

El pulso de Ana se disparó en el acto; un calor líquido y violento le recorrió el vientre bajo, respondiendo instintivamente a la demanda de ese cuerpo que la presionaba contra el muro. El aroma la golpeó entonces: no era el aroma limpio y sutil de Harry, sino algo más denso, picante, un perfume que evocaba humo, tabaco dulce y cuero.

Con el corazón golpeándole el pecho como un tambor, Ana logró separar los labios un milímetro, jadeando por aire, con las mejillas encendidas en la penumbra.

-¿Harry...? -consiguió articular, con la voz rota y temblorosa, la duda flotando en el aire denso de la cocina.

La silueta se congeló un segundo, pero las manos en sus caderas no disminuyeron la presión. Una risa ronca, baja y profundamente sensual vibró en el pecho del hombre.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora