Twins IV

123 8 3
                                        

El recuerdo de la seda y el calor compartido de los gemelos se sentía lejano ahora, aplastado por la fría realidad de la mañana. Ana se apoyó contra los azulejos del baño, conteniendo las náuseas que amenazaban con arrancarle el estómago.

Habían pasado seis semanas. Seis semanas en las que Ed había vuelto a ser el hombre enigmático y distante en lo afectivo, controlando cada encuentro en la cama con una posesión feroz, pero cerrando la puerta a cualquier conversación sobre el futuro.

Se miró al espejo, tocándose el vientre con dedos temblorosos. Estaba retrasada. Y lo peor no era el miedo a la maternidad, sino el terror de romper el frágil hilo que la unía a los hermanos Styles.

Si Harry se enteraba ahora, cuando su vínculo era puramente carnal y territorial... la sola idea de que pensara que quería encadenarlo la enfermaba más que las náuseas.

-Ana, ¿estás bien ahí adentro? -su voz de Harry, profunda y arrastrada, resonó detrás de la puerta del baño, acompañada por tres golpes firmes.

Ella se enjuagó la boca a toda prisa, tragándose el pánico.

-Sí, solo... me cayó mal la cena de anoche -mintió, abriendo la puerta con una sonrisa ensayada.

Harry estaba allí, con los brazos cruzados y los ojos verdes fijos en ella. No parecía convencido. Se acercó un paso, invadiendo su espacio, y la tomó de la cintura con esa familiaridad posesiva que la hacía temblar.

Al inclinar la cabeza para besarle el cuello, se detuvo. Su nariz rozó la línea de su clavícula y sus cejas se juntaron en un leve ceño.

-Olés diferente, preciosa -murmuró, con un tono bajo, casi de sospecha, mientras sus manos grandes bajaban lentamente por sus caderas, deteniéndose justo en su vientre bajo de una forma que le congeló la sangre-. Cambiaste de perfume.

-No, es el mismo de siempre -mintió de nuevo, intentando zafarse con disimulo, sintiendo la mirada intensa de él analizando cada microexpresión de su rostro. Harry no la amaba, o al menos no lo admitía, pero la consideraba suya, y cualquier anomalía en su mujer despertaba sus alarmas.

***

El secreto de Ana se desmoronó un martes por la tarde de la manera más burda posible.

Había comprado el test esa misma mañana, aprovechando que los hermanos habían salido, y el resultado positivo la había dejado temblando en el suelo del baño.

Presa del pánico, lo había envuelto en papel higiénico y lo había tirado al fondo del tacho de basura, pensando en deshacerse de él más tarde.

Fue un error de cálculo fatal. Edward no era de los que pedían permiso, ni de los que ignoraban los detalles.
Ana estaba en el living cuando escuchó los pasos pesados de Edward salir del baño.

Al levantar la vista, se le congeló la sangre. El gemelo venía con la mandíbula apretada, la mirada fija en ella y, entre sus dedos largos, sostenía el armatoste de plástico blanco con las dos malditas líneas rosadas bien marcadas.

Detrás de él, Harry entraba al departamento con las llaves en la mano. La atmósfera del lugar se volvió densa en un segundo, el aire cortaba.

-¿Nos querías contar algo, preciosa? -la voz de Edward era un rugido bajo, herido en su orgullo y cargado de una posesión casi salvaje. Caminó hasta ella y tiró el test sobre la mesa ratona.

Harry se detuvo en seco. Sus ojos verdes viajaron del plástico a la cara pálida de Ana, y luego a su vientre. En ese instante, todo el misticismo del "olor diferente" y las náuseas cobró un sentido brutal.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora