La humedad típica de Buenos Aires todavía flotaba en el aire del jardín, mezclándose con el aroma de los jazmines y el carbón encendido. Ana se alisó el vestido de lino, sintiendo que la tela se pegaba a su espalda por el calor y los nervios.
Volver después de casi una década se sentía como hojear un libro que ya no recordaba haber escrito. Todo estaba igual: la vajilla de porcelana con bordes dorados sobre la mesa, las risas de la madre de Harry y el tintineo de los hielos en las copas de cristal.
-¡Ana, querida! Mirá qué hombre está hecho mi hijo -exclamó la anfitriona, señalando hacia la parrilla.
Ana se giró, esperando encontrar al adolescente desgarbado que solía espiar sus tardes de té desde la escalera. Pero el hombre que se dio vuelta para recibirla borró el recuerdo de un plumazo.
Harry tenía veintitrés años, pero sus hombros anchos y la forma en que sostenía la copa de vino sugerían una madurez que ella no estaba preparada para gestionar. Sus ojos, verdes y profundos, no buscaron la aprobación de su madre; buscaron directamente los de Ana.
-Hola, Ana. Bienvenida -dijo él. Su voz era un barítono bajo, una vibración que ella sintió en la base de la nuca.
-Harry... estás irreconocible. La última vez que te vi, apenas me llegabas al hombro -intentó ella, usando ese tono de "hermana mayor" que solía ser su escudo.
Pero la sonrisa condescendiente murió en sus labios cuando notó que Harry no le devolvía la cortesía. Él la recorrió de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en la curva de sus caderas y en el brillo de su collar sobre la piel madura y bronceada.
No era la mirada de un niño saludando a una vecina; era la evaluación depredadora de un hombre frente a un deseo largamente añorado.
Durante la cena, la tensión fue una cuerda de violín a punto de cortarse. Ana hablaba de su carrera, de sus años fuera, pero sentía la mirada de Harry quemándole la piel.
Él apenas comía. Se limitaba a observarla por encima del borde de su copa, ignorando la conversación trivial de los adultos. Cada vez que Ana levantaba la vista, lo encontraba allí, presente, asfixiante, despojándola de su jerarquía de mujer mayor con solo un parpadeo lento.
El perfume de ella, una mezcla de sándalo y vainilla, chocaba en el aire con la energía vibrante y masculina de Harry, creando una atmósfera eléctrica que nadie más en la mesa parecía notar.
Agobiada por la mirada de Harry, Ana murmuró una excusa sobre el calor y entró en la casa. Buscó refugio en el antiguo estudio del padre de Harry, un lugar oscuro, rodeado de estanterías de madera crujiente y el aroma a papel viejo. Se apoyó contra el borde del escritorio, cerrando los ojos para tratar de estabilizar su pulso.
-Has crecido mucho, Harry. Tu madre debe estar orgullosa -soltó ella al aire, sin abrir los ojos, sabiendo perfectamente que él la había seguido. Escuchó el clic suave de la puerta al cerrarse y el sonido de sus botas sobre la alfombra.
-No me hables como si todavía estuviéramos en la mesa del té, Ana -respondió él. Estaba tan cerca que ella pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo-. Han pasado diez años. Yo ya no soy ese niño que se escondía para verte pasar, y vos no sos la mujer inalcanzable que yo dibujaba en mi cabeza. Sos real. Y estás acá.
Ana abrió los ojos y se encontró atrapada entre el escritorio y el pecho de Harry. Él no la tocaba, pero su proximidad era una invasión.
La diferencia de edad, esos diez años que ella usaba como mantra mental, se sentía ridícula frente a la seguridad de él. Harry no tenía las inhibiciones que ella cargaba; su juventud era una flecha directa al blanco.
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One Shots H. S. (+18)
Hayran KurguHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
