¿La edad importa? IV

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La noche en la ciudad se había vuelto densa, cargada con el aroma a tierra mojada que anticipaba una tormenta. Ana estaba en su habitación, incapaz de concentrarse en nada que no fuera el eco de su propia voz llamando a Harry "inmaduro".

Se sentía exhausta; la adrenalina de la cena se había transformado en una angustia sorda que le oprimía el pecho.

Cerca de la medianoche, escuchó el sonido de la llave girando en la cerradura de la entrada. Su corazón dio un vuelco. Sabía que era él.

Escuchó sus pasos, lentos y pesados, subiendo la escalera. La puerta de su dormitorio se abrió apenas, dejando entrar la luz tenue del pasillo que recortaba la figura imponente de Harry.

Él no entró del todo. Se quedó apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, en una postura de derrota que Ana nunca le había visto.

—Vine porque no podía dejar que pasara un minuto más con nosotros así —dijo Harry. Su voz era un barítono bajo, despojado de toda la arrogancia del lavadero—. Tenías razón, Ana. Actué como un imbécil.

Ana se incorporó en la cama, mirándolo en la penumbra. El silencio de Harry la obligó a escuchar lo que seguía.

—Me dolió que me dijeras inmaduro, pero más me dolió darme cuenta de que tenías razón. Me dio miedo, ¿sabés? —Harry dio un paso hacia el borde de la cama, acortando la distancia—. Me dio miedo que un tipo como Julián, que tiene su vida resuelta, te hiciera pensar que yo soy solo un capricho. Mi posesividad es mi forma de aferrarme a lo único que me importa, pero me pasé de la raya. Te pido perdón.

Ana sintió que el nudo en su garganta se deshacía. Se estiró y le tomó la mano, tirando de él para que se sentara a su lado.

—Harry, no necesitás competir con nadie. El único que me quita el sueño sos vos —susurró ella, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.

Harry la miró fijo, con esos ojos verdes que ahora brillaban con una vulnerabilidad cruda. Le tomó el rostro con ambas manos, con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que solía usar para poseerla.

—Entonces no quiero que sea más un secreto, Ana. No quiero entrar con llaves a escondidas ni tener que contenerme cuando alguien te mira. Quiero ser el hombre que esté a tu lado frente a quien sea.

Se inclinó hasta que sus frentes se tocaron. Ana podía sentir el calor de su aliento y el latido acelerado de su corazón.

—Quiero que seas mi novia —sentenció él, con una seriedad que ya no dejaba lugar a dudas sobre su madurez—. No la mujer que veo a escondidas, sino mi novia oficial. Quiero que en este pueblo sepan que sos mía y que yo soy tuyo. ¿Aceptás, Ana?

Ana no necesitó pensarlo. La seguridad con la que él le hablaba, la forma en que había reconocido su error para proteger lo que tenían, era la prueba de que Harry era mucho más hombre que cualquier pretendiente de su edad.

—Sí, Harry. Quiero ser tu novia —respondió ella, sellando el compromiso con un beso que ya no sabía a urgencia prohibida, sino a una pertenencia profunda y definitiva.

Harry la rodeó con sus brazos, hundiéndola contra su pecho, como si finalmente hubiera reclamado su lugar en el mundo. Esa noche no hubo necesidad de palabras; solo el silencio de dos personas que acababan de decidir que, a partir de ese momento, el mundo entero tendría que aprender a convivir con su verdad.

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Un par de días después de aquella noche en que Harry finalmente le pidió que fuera su novia, Ana salió a caminar por la plaza principal de la ciudad.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora