Twins II

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Harry dio tres pasos lentos, el sonido de sus botas contra el piso de madera marcando un ritmo que hacía que el corazón de Ana golpeara con fuerza desbocada contra sus costillas. La distancia se esfumó. Su presencia, habitualmente un refugio de calma y calidez, ahora se sentía como una tormenta inminente.

Se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que Ana pudo sentir la irradiación de su calor corporal y el aroma limpio de su piel, que se mezclaba de inmediato con el perfume a tabaco dulce y cuero de Edward.

Ana quedó atrapada en un espacio milimétrico, un sándwich de tensión pura entre los dos cuerpos idénticos.

-Harry... yo... lo confundí. Estaba oscuro y... -intentó explicar Ana, con la voz entrecortada, girando un poco la cabeza hacia atrás en un intento desesperado por buscar su mirada.

Él no la dejó terminar. Deslizó una mano grande y de dedos firmes por el costado de su cuello, apartándole el pelo con una delicadeza que contrastaba peligrosamente con la intensidad de sus ojos. Sus dedos subieron hasta su mandíbula, obligándola a mantener el rostro de perfil.

-Sé exactamente lo que pasó, preciosa -le susurró al oído, con esa voz baja y ronca que le causó un escalofrío inmediato por toda la columna-. Sé cómo te pones cuando me extrañas. Y sé que Edward es un maldito oportunista.

Este último soltó una risa baja, un sonido vibrante que Ana sintió directo contra su pecho, dado que él seguía pegado a ella por delante.

-No me culpes, hermano -intervino Edward, sin apartar los ojos de Ana, bajando la mirada hacia sus labios todavía encendidos-. Huele demasiado bien. Y es sumamente tentadora cuando se pone atrevida en la oscuridad.

El pulso de Ana se aceleró a niveles peligrosos. La esperada escena de celos mutó en algo infinitamente más oscuro y embriagador. Harry no estaba apartando a Edward; de hecho, la mano que tenía en su cuello bajó lentamente por su clavícula, delineando el borde de su remera, mientras que el cuerpo de Harry presionaba con más firmeza desde el frente, atrapando sus piernas.

-¿Ah, sí? -preguntó Harry, sus labios rozando la sensible piel detrás de la oreja de Ana, haciéndola jadear-. ¿Te gustó cómo te tocó mi hermano, Ana?

Ella no supo qué responder. Su mente le decía que la situación era una locura, pero su cuerpo estaba respondiendo a la sobreestimulación de una manera salvaje. Estaba completamente húmeda, encendida por la audacia de Edward y ahora consumida por la inesperada posesividad de Harry.

-Harry, por favor... -gimió ella, arqueando sutilmente la espalda cuando sintió los labios de Edward morderle suavemente el lóbulo de la oreja, al mismo tiempo que las manos de Harry bajaban por sus muslos, levantando el borde de su falda.

-Edward tiene razón en algo -continuó Harry, y Ana pudo sentir cómo el pecho de su novio se expandía contra su espalda mientras hablaba-. Sería una pena dejar las cosas a medias. Compartimos muchas cosas desde que nacimos, Edward... pero nunca algo tan perfecto como ella.

-Me parece justo -coincidió su hermano, con una sonrisa que ya no era de burla, sino de pura anticipación erótica-. Veamos si de verdad puede notar la diferencia con los dos al mismo tiempo.

Antes de que Ana pudiera procesar las palabras, el ataque coordinado de los gemelos comenzó. Edward la tomó de la nuca con firmeza y la reclamó con un beso hambriento, profundo y demandante que le anuló cualquier capacidad de pensamiento. Al mismo tiempo, las manos de Harry, expertas y posesivas, se deslizaron por debajo de su ropa, buscando su piel desnuda con una urgencia que Ana nunca antes le había conocido.

Las caricias dobles, los dos ritmos diferentes pero perfectamente acoplados de los hermanos, rompieron cualquier atisbo de resistencia en ella, hundiéndola por completo en una noche donde las reglas habituales habían dejado de existir.

*****
Las manos de su novio eran de una precisión milimétrica. Mientras Edward le devoraba la boca, adueñándose de sus gemidos y dejándola sin aliento, Harry deslizó sus dedos con una lentitud tortuosa por el abdomen de Ana, subiendo hasta encontrar el encaje de su corpiño.

Con un movimiento experto de sus dedos, liberó el broche, permitiendo que sus palmas capturaran la calidez de sus pechos. Ana arqueó la espalda Instintivamente, buscando más de ese contacto, pero el movimiento solo la empujó con más fuerza contra el cuerpo de Edward.

Este se separó apenas un milímetro de sus labios, con la respiración pesada y los ojos oscurecidos por el deseo.

-Mírala, Harry... -susurró, con la voz rota, mientras bajaba sus manos por los muslos de Ana, acariciando la suave piel por encima de las medias-. Mira cómo se pone para nosotros.

Harry pegó la pelvis por completo a la espalda de Ana. Ella pudo sentir la dureza de su novio presionando contra sus glúteos a través de la tela de los pantalones, un recordatorio sólido de que su compostura se había evaporado por completo. Poco después, bajó la cabeza hasta el hueco entre el cuello y el hombro de Ana, dejando una hilera de besos húmedos y mordiscos sutiles que la hicieron temblar.

-Está temblando, Edward-murmuró contra su piel, y sus manos bajaron con decisión hacia la cintura de la falda de Ana, deslizándola hacia abajo junto con su ropa interior-. No dejes que se caiga.

Edward no necesitó que se lo repitieran. Con un movimiento fluido y cargado de una fuerza impresionante, tomó a Ana por debajo de los muslos y la elevó. Ella, en un acto reflejo de pura supervivencia y deseo, rodeó su cintura con sus piernas, hundiéndose en los brazos del gemelo atrevido. La sostuvo contra la mesada de la cocina, manteniéndola a la altura perfecta.

Ana quedó completamente expuesta entre los dos. La penumbra de la cocina se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas, el roce de la ropa y los gemidos ahogados que ella ya no podía contener.

Harry dio un paso más, quedando justo en medio de las piernas abiertas de Ana, por detrás de ella. Con una mano en su cadera para guiarla y la otra acariciando con urgencia su centro ya empapado, se preparó para tomarla.

Ana apoyó las manos en los hombros de Edward, buscando estabilidad, enterrando los dedos en el algodón de su remera mientras buscaba los ojos de su novio por encima de su propio hombro.

-Mírame a mí, Ana -le ordenó Harry con voz profunda, posesiva, justo antes de empujar hacia adelante con firmeza, llenándola por completo de un solo movimiento.

Un grito agudo y quebrado escapó de la garganta de Ana, pero Edward lo capturó de inmediato en su boca, ahogándolo con un beso salvaje que sabía a posesión compartida. El ritmo que impuso desde atrás era lento, profundo y devastadoramente perfecto, conociendo cada rincón del cuerpo de su novia, pero la presencia de su novio enfrente -sosteniéndola, devorándola con la mirada y acariciando cada parte de su piel disponible- transformó la experiencia en una sobreestimulación absoluta.

-Dios, eres tan estrecha... -gruñó Harry contra su nuca, aumentando la velocidad de las estocadas, perdiendo la delicadeza por completo mientras se aferraba a sus caderas con fuerza.

Edward, sintiendo la tensión del cuerpo de Ana y cómo se contraía a su alrededor con cada embestida de su hermano, bajó una de sus manos libres hasta el clítoris de ella, sumando una fricción rápida y experta que la llevó directo al borde del abismo.

Ana escondió el rostro en el cuello de Edward, sollozando de placer, completamente sobrepasada por las sensaciones dobles, atrapada en un vaivén de puro fuego que los tres sabían que no tenía vuelta atrás.

Buenaaaas. ¿Cómo están? Les traigo una nueva entrega. ¿Qué les parece?

A . S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora