La heredera VI

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Los dolores musculares del primer día pronto se convirtieron en un código secreto entre ellos. En el desayuno, mientras Leo devoraba sus cereales hablando de la escuela, Harry extendía el brazo para pasarle el café a Ana, rozando sus dedos con una lentitud deliberada.

Una sutil mueca de Ana al acomodarse en la silla era suficiente para que los ojos oscuros de Harry brillaran con una complicidad ardiente y una sonrisa de absoluta satisfacción.

La desconfianza que alguna vez los separó se disolvió por completo, dando paso a una dinámica indestructible. Se volvieron un equipo.

En las tardes, se sentaban juntos a ayudar a Leo con sus proyectos; en los negocios, Harry buscaba la perspectiva sensata de Ana antes de firmar cualquier acuerdo de los hoteles. Pero cuando la noche caía y las puertas de la habitación principal se cerraban, la madurez y la etiqueta quedaban fuera.

La mansión se transformó en su propio terreno de juego. El sexo se volvió constante, adictivo y feroz.

Lo hacían en la oficina de Harry a mitad de la tarde con la puerta trancada con llave, en las duchas de mármol envueltos en vapor, o en la cama grande, donde Harry la tomaba una y otra vez con esa posesividad dominante que a ella tanto la encendía. Harry se negaba a usar protección; la idea de marcarla, de reclamarla por completo y borrar cualquier duda de que pertenecían juntos, lo dominaba.

Ana, perdida en la adrenalina y el magnetismo de su esposo, se entregaba a ese ritmo salvaje sin reservas, disfrutando de la complicidad y el fuego que quemaba entre los dos cada noche.

Dos meses después, el ritmo frenético de la casa empezó a cobrarle factura a Ana de una manera diferente.

Una mañana, el aroma del café matutino que Harry tanto disfrutaba preparar le revolvió el estómago de golpe. Ana tuvo que correr al baño de la suite, cayendo de rodillas frente al retrete con una náusea violenta.

Harry entró un segundo después, con el rostro pálido por la preocupación. Se arrodilló a su lado, apartándole el cabello de la cara y acariciándole la espalda con una ternura infinita.

-¿Ana? ¿Qué pasa? ¿Te cayó mal la cena? -preguntó, con la voz cargada de una urgencia protectora.

Ana se limpió los labios con una toalla, respirando agitada. Miró a Harry y luego bajó la vista hacia su propio vientre.

Un cálculo rápido en su mente, recordando las innumerables noches de pasión descontrolada en las que él había terminado dentro de ella sin contenerse, le dio la respuesta de inmediato. Su período llevaba semanas de retraso, algo que el caos de su nueva y activa vida le había hecho pasar por alto.

-Harry... no es la cena -susurró ella, con una sonrisa tímida y los ojos repentinamente empañados.

Harry se quedó inmóvil por un instante, procesando las palabras. Su mirada bajó al vientre de Ana y luego regresó a sus ojos. El hombre frío e imperturbable del mundo corporativo se desintegró en un segundo, sustituido por una emoción tan pura que le hizo temblar las manos.

-¿Estás...? ¿Vamos a...? -Harry no pudo terminar la frase. La tomó por la cintura con un cuidado extremo, como si temiera romperla, y pegó su frente a la de ella, dejando escapar una risa ahogada de pura felicidad-. Un bebé.

-Un bebé -confirmó Ana, enredando sus brazos en el cuello de su esposo-. De tantas veces que decidiste no contenerte, Harry. Es inevitable.

Harry la besó con una pasión contenida, profunda y llena de una devoción total.

Esa tarde, cuando le dieron la noticia a Leo en el jardín, el niño saltó de la alegría, emocionado con la idea de ser el hermano mayor y el protector del nuevo integrante de la familia.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora