Twins III

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-Vas a romperte, preciosa -le susurró Edward al oído, con una voz que era puro veneno dulce, sintiendo cómo los espasmos musculares de Ana comenzaban a aprisionar a su hermano desde adentro.

La fricción de sus dedos de en su centro, sumada al ritmo implacable y profundo que Harry imponía desde atrás, creó una marea de placer tan alta que Ana sintió que el piso desaparecía.

Todo en la cocina se redujo a estímulos táctiles: el calor de la piel de Edward donde tenía apoyadas sus manos, las embestidas sólidas de Harry que la sacudían por completo, y los suspiros calientes de los gemelos chocando contra su piel.

Harry gruñó, un sonido animal y bajo que retumbó directo en la espalda de Ana. Enterró los dedos en la carne de sus caderas, dejando marcas que al día siguiente le recordarían exactamente lo que había pasado, y aceleró el ritmo. Ya no era el novio paciente; era un hombre reclamando lo que era suyo, incentivado por la mirada lasciva de su propio hermano, que observaba cómo el cuerpo de Ana reaccionaba a cada estocada.

-Mírame, Ana. No cierres los ojos -le exigió Edward, atrapando su mandíbula con suavidad pero con firmeza.

Ella abrió los ojos, con las pupilas completamente dilatadas, anegadas en lágrimas de puro placer. En la penumbra, la mirada verde y brillante de él la fijó en su lugar. Él se inclinó y la besó otra vez, pero ya no era un beso de dominación, sino uno de comunión sedienta, devorando sus quejidos mientras el clímax la golpeaba.

El orgasmo de Ana estalló con la fuerza de un cable de alta tensión rompiéndose. Su cuerpo se tensó por completo, su espalda se arqueó hacia atrás pegándose al pecho de Harry y sus piernas apretaron la cintura de Edward con una fuerza deseperada.

Emitió un gemido largo, ahogado por la boca de Edward, mientras su interior se contraía en oleadas violentas. Esas contracciones terminaron de romper el vago control que les quedaba a los hermanos.

Harry soltó un quejido de frustración y placer, dando tres estocadas finales, brutales y profundas, hundiéndose hasta el fondo antes de derramarse dentro de ella con un espasmo largo que lo dejó jadeando contra su cuello.

Casi al mismo tiempo, Edward, que había estado rozando su propia urgencia contra el muslo de Ana mientras la estimulaba, liberó su mano y se terminó rápidamente frente a ella, manchando el abdomen de Ana con su propio calor en un despliegue de posesión absoluta.

El silencio volvió a la cocina de golpe, solo interrumpido por el sonido roto de tres respiraciones que intentaban recuperar el oxígeno.

Edward no la bajó de inmediato. Reclinó la cabeza hacia atrás contra la pared, sonriendo con los ojos cerrados, todavía sosteniendo el peso de Ana con una posesión perezosa. Detrás de ella, Harry dejó caer la frente sobre el hombro de Ana, con los brazos envueltos firmemente alrededor de su cintura, manteniéndolos unidos por el punto de contacto que aún palpitaba.

Nadie habló por varios minutos. No había necesidad. El espacio antes familiar ahora estaba cargado de un magnetismo completamente nuevo.
Harry se separó despacio, con un suspiro ronco, y depositó un beso tierno y prolongado en la mejilla húmeda de Ana, antes de mirar a su hermano sobre el hombro de ella.

-Te lo dije -murmuró, con una pizca de su habitual tranquilidad regresando a su voz, aunque todavía arrastrada-. Huele demasiado bien.

Edward abrió los ojos, clavándolos en Ana con una promesa implícita que la hizo temblar de nuevo.

-Y esto es solo el comienzo -respondió, limpiando con el pulgar un rastro de sudor de la frente de ella-. La cama es mucho más cómoda, preciosa. ¿Vamos?

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Harry se recostó por completo sobre las almohadas, llevando a Ana consigo pero girándola suavemente para que quedara en el medio del colchón.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora