El repiqueteo de los tacones de Ana sobre el suelo de mármol del bufete se había convertido, desde hacía meses, en la banda sonora del tormento personal de Harry.
Cada vez que la escuchaba acercarse, su instinto le gritaba que levantara la vista, mientras que su escasa cordura le rogaba que mantuviera los ojos clavados en los contratos sobre su escritorio. Casi siempre ganaba el instinto.
Harry recordaba con una claridad asfixiante el día exacto en que todo se había ido al infierno. Fue hace apenas un año, en el acto de graduación universitaria de Ana. Él había asistido por inercia, convocado por ese cariño residual y el sentido del deber que le quedaba tras haber estado casado con su madre durante los años de adolescencia de la chica.
Para Harry, durante mucho tiempo, ella no había sido más que la niña de las trenzas desordenadas, las rodillas raspadas y las tareas de matemáticas a medias.
Pero entonces la vio caminar hacia el estrado para recibir su diploma. El vestido rojo ajustado que abrazaba cada curva nueva de su cuerpo, la sonrisa deslumbrante pintada de carmín, la confianza radiante de una mujer hecha y derecha que caminaba pisando fuerte. El impacto en el pecho de Harry cuando ella lo buscó con la mirada entre el público y le sonrió no tuvo absolutamente nada de orgullo paternal. Fue un golpe de deseo crudo, eléctrico e inapropiado que le robó el aliento y lo dejó con las manos sudorosas.
Creyó que sería algo esporádico. Un desliz de su mente, un espejismo producto del calor de ese verano, una confusión temporal que enterraría bajo capas de trabajo y distancia. Después de todo, su matrimonio con la madre de Ana había terminado años atrás en términos civilizados, y las visitas desde entonces habían sido escasas. Pensó que alejándose, la imagen de Ana en ese vestido rojo se borraría.
Hasta que a Niall, su mejor amigo y socio mayoritario en el despacho de abogados, se le ocurrió la brillante idea de contratarla.
—Es brillante, Harry, tiene el mejor promedio de su generación. Es justo la sangre joven y organizada que necesito como asistente personal —le había dicho Niall una tarde, firmando los papeles de contratación con entusiasmo.
Harry no pudo oponerse sin parecer un idiota irracional. Pero desde el primer día que la vio aparecer por las puertas de cristal de la firma, sentándose a escasos diez metros de su propia oficina, supo que estaba perdido. Tenerla respirando el mismo aire, compartiendo la misma máquina de café, dándole los buenos días con esa voz que ahora sonaba aterciopelada y madura, le confirmó lo inevitable. Ya no era un pensamiento fugaz; era una obsesión profunda, pasional y, sobre todo, terminantemente prohibida.
La tortura de tenerla cerca era dual. Por un lado, Harry se había vuelto adicto a su presencia. Disfrutaba secretamente del sutil aroma a vainilla que dejaba en los pasillos, de las miradas de reojo que cruzaban en las reuniones y que él, en su delirio, quería interpretar como correspondidas. A veces, cuando le entregaba unos documentos, sus dedos se rozaban durante un segundo más de lo necesario, y Harry podía jurar que el pulso de Ana se aceleraba tanto como el suyo.
Pero, por otro lado, estaba el constante y asfixiante recordatorio de quiénes eran. Para el resto del mundo, para los empleados de la firma y para el propio Niall, Harry seguía siendo su ex padrastro. Una figura de autoridad moral. Y Ana, siempre educada, mantenía esa línea de respeto, llamándolo "Harry" con un tono que a él le hervía la sangre porque deseaba que lo gimiera, no que lo pronunciara con cordialidad profesional.
Pero el verdadero infierno, el que lo empujó al borde del precipicio, comenzó hace unas semanas.
El despacho estaba lleno de abogados jóvenes, ambiciosos y, para desgracia de Harry, solteros. Entre ellos destacaba Marcus, un abogado junior de sonrisa fácil, trajes a medida y un encanto descarado que a Harry le resultaba repulsivo.
Harry notó el cambio casi de inmediato. Las risas cristalinas de Ana cuando Marcus se apoyaba casualmente en su escritorio, los cafés compartidos en la sala de descanso, las miradas prolongadas y cómplices. Ana estaba floreciendo en su nuevo entorno, descubriendo su propio magnetismo, y Marcus estaba más que dispuesto a orbitar a su alrededor.
Harry intentó convencerse, durante días, de que el nudo en su estómago era simple instinto protector. Un eco absurdo de su antiguo rol. Pero la bilis que le subía por la garganta cada vez que Marcus le rozaba el hombro a Ana, o le susurraba una broma al oído, no tenía nada de paternal.
Era pura, dura y animal posesividad. Los celos lo carcomían desde adentro, volviéndolo hosco, intratable en el trabajo, buscando excusas ridículas para cargar a Ana de expedientes y mantenerla lejos del idiota de Marcus.
La gota que colmó el vaso, el detonante que hizo pedazos cualquier fachada de autocontrol y moralidad que Harry hubiera construido, ocurrió un jueves por la tarde.
El despacho estaba casi vacío, sumido en el silencio de las siete de la tarde. Harry se dirigía a la zona de archivos buscando un contrato antiguo cuando escuchó la voz de Ana proveniente del cuarto contiguo. Estaba hablando por su teléfono celular, con un tono bajito, íntimo y lleno de una mezcla de nerviosismo e ilusión que hizo que Harry se detuviera en seco.
Oculto por las sombras del pasillo, pegó la espalda a la pared, sabiendo que cruzar esa línea lo convertía en un miserable, pero incapaz de dar un paso atrás.
—Sí, es hoy... —decía Ana, su voz vibrando con una emoción que a Harry le taladró el pecho—. Marcus reservó en ese restaurante italiano exclusivo del centro y luego... bueno, luego iremos a su departamento.
Hubo una pausa en la que Ana escuchaba a la amiga al otro lado de la línea. Harry apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. Su respiración se volvió pesada, contenida, como si el oxígeno de repente quemara.
—Lo sé, lo sé —continuó Ana, riendo suavemente, un sonido hermoso que a Harry le sonó a una tortura—. Estoy segura. Siento que es el momento adecuado, ¿sabes? Ya no soy la niña que todos creen que soy. Marcus me gusta mucho, me trata increíble y... quiero que mi primera vez sea con él. Es dulce y me respeta. Estoy lista para esto.
Las palabras cayeron sobre Harry como una sentencia.
Su primera vez. Con él. Con ese estúpido abogado de sonrisas ensayadas que no tenía ni idea del fuego que se escondía detrás de los ojos de Ana.
El mundo a su alrededor pareció detenerse, y el sonido de la sangre zumbando en sus propios oídos ahogó el resto de la conversación. Una mezcla letal de furia ciega, celos enfermizos y un deseo oscuro, innegable e indomable se apoderó de él.
Durante meses había luchado contra sus propios demonios. Se había mordido la lengua, había desviado la mirada, había reprimido cada pensamiento impuro castigándose por desear a la mujer en la que se había convertido su ex hijastra.
Se había mantenido al margen por respeto a su pasado, por una moralidad impuesta y por el miedo a arruinar su vida y la de ella.
Pero saber que otro hombre estaba a punto de tocarla. Saber que otro imbécil iba a descubrir su piel, a escuchar sus suspiros, a marcarla de una forma que él se había negado a sí mismo por hacer "lo correcto"... Eso era inaceptable.
Ana no iba a entregarse a Marcus.
Harry retrocedió lentamente en el pasillo, en completo silencio. Su mandíbula estaba tensa hasta doler y su mirada se había ensombrecido con una determinación implacable y depredadora.
De pronto, ya no le importaba en absoluto lo que era correcto. Al diablo la moralidad, al diablo lo que diría Niall, y al diablo el título vacío de "ex padrastro" que colgaba sobre sus cabezas como una guillotina.
Si alguien iba a mostrarle a Ana lo que significaba entregarse a un hombre, si alguien iba a hacerla arder en ese fuego pasional que él llevaba meses conteniendo, iba a ser él. Nadie más.
Esa misma tarde, Harry comenzaría a mover sus piezas. El juego había cambiado definitivamente, y él estaba dispuesto a romper todas las reglas antes que dejar que otro tocara lo que, en lo más oscuro de su alma, ya consideraba suyo.
Holaaa. ¿Cómo están? ¡¡Tanto tiempo!! Estuve un poco perdida porque empecé nuevamente a estudiar, ya mi último año.🙌🙌
Les traje a este Harry más posesivo. Y no lo voy a negar, me encanta. 😉
Espero que ustedes también.
Los leo.
A. S.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
