El rey alienígena III

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El anclaje duró casi una hora. Fue un tiempo de silencio sagrado en el Gran Salón, donde la única música era el jadeo rítmico de Ana y el sonido de la energía fluyendo a través de los pilares de cristal.

Cuando el nudo de Harry finalmente cedió, reduciéndose lo suficiente para permitir la separación, Ana se sintió extrañamente vacía, a pesar de la calidez masiva que aún pesaba en su vientre.

Harry no se levantó y se marchó como un soberano indiferente. Con una ternura que contrastaba con su brutalidad anterior, la tomó en sus brazos, cargándola al estilo nupcial frente a la corte. Sus ojos plateados, antes fríos y distantes, buscaban los de ella con una chispa de algo que no era solo instinto: era devoción.

-No eres una más, Ana -le susurró al oído, mientras la llevaba hacia las cámaras privadas del harén-. Eres el eje sobre el cual girará mi nuevo mundo.

Al cruzar el umbral de las estancias privadas, un grupo de mujeres de diversas razas -algunas con pieles irisadas, otras con cabellos que parecían hilos de seda líquida- las esperaba. No había envidia en sus rostros, solo una alegría vibrante, casi eléctrica. En Zyrathol, el éxito reproductivo de una era un triunfo para todas.

Harry la depositó en una pileta de agua termal perfumada y, con un gesto de respeto, se retiró para permitir que las mujeres cumplieran con su labor.

-Has sido bendecida con el Gran Sello -dijo Lyra, una mujer de ojos dorados, mientras comenzaba a masajear los hombros de Ana con aceites esenciales-. El Rey nunca se había expandido de esa forma por ninguna de nosotras. Estás preñada de luz.

Las manos de las mujeres del harén empezaron a recorrer el cuerpo de Ana, sirviéndola con una dedicación absoluta. Pero el servicio pronto se transformó en algo más profundo.

En este mundo, la energía sexual se compartía como si fuera oxígeno. Entre ellas, la excitación era una forma de comunicación; se acariciaban las unas a las otras, celebrando la fertilidad que Ana ahora portaba.

Ana observaba, fascinada y exhausta, cómo la atmósfera se cargaba de erotismo. Las mujeres se servían entre sí con una naturalidad pasmosa. Dos de ellas se besaban con pasión mientras una tercera usaba su lengua para limpiar los restos de la esencia de Harry que aún manchaban sus muslos, tomándolo como un honor.

-Nosotras somos el jardín que prepara la tierra -gemía Lyra, mientras otra mujer estimulaba sus senos-. Nos excitamos juntas para que el palacio siempre vibre con la frecuencia del deseo. Si el Rey nos encuentra frías, el imperio se marchita.

Ana sintió cómo las manos expertas de sus compañeras la llevaban nuevamente al borde del abismo. No había competencia, solo una red de placer femenino donde se entregaban unas a otras. Vio a dos de las concubinas alcanzar el orgasmo abrazadas, sus cuerpos temblando en una sincronía perfecta, antes de volver a centrar toda su atención en ella.

La preparaban, la mimaban y se entregaban entre sí, creando un círculo de placer que servía como preludio al regreso del Rey. Ana comprendió que en ese harén, el amor de Harry era el sol, pero el afecto y el deseo entre las mujeres era el suelo fértil que lo sostenía todo.

Estaba protegida, amada por su Rey y adorada por sus iguales en una hermandad de éxtasis constante.

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La privacidad de las cámaras reales de Harry era un contraste absoluto con el salón de cristal. Aquí, las paredes no eran traslúcidas, sino de una piedra densa que absorbía el sonido, creando un refugio de sombras y ecos suaves.

Harry depositó a Ana sobre un lecho de pieles sintéticas que irradiaban un calor reconfortante, pero sus ojos ya no buscaban la aprobación de una corte; solo buscaban la rendición de la mujer que tenía frente a él.

-Aquí no hay testigos -susurró Harry, su voz descendiendo a un tono barítono que vibró en la base de la columna de Ana-. Aquí solo existes tú y la necesidad de que mi esencia se convierta en carne dentro de ti.

Harry la tomó con una intensidad renovada, despojada de la pomposidad del banquete. Esta vez, el sexo fue lento, casi agónico en su profundidad. Él exploró cada rincón de su cuerpo como si estuviera cartografiando un territorio nuevo, usando su lengua y sus dedos para llevarla a un estado de delirio antes de volver a entrar en ella.

La dotación de Harry, libre de las restricciones del protocolo, parecía buscar el fondo mismo de su ser. Ana se aferró a sus hombros plateados, sintiendo cómo el Rey se entregaba no solo con su cuerpo, sino con una desesperación emocional que la conmovió.

Cuando el momento culminante se acercaba, Harry no se detuvo. El nudo comenzó a formarse de nuevo, expandiéndose con una potencia que hizo que Ana arqueara la espalda, susurrando su nombre en la oscuridad. El sellado fue total, una unión que los mantuvo fundidos mientras el silencio de la habitación era roto solo por sus respiraciones entrecortadas.

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A la mañana siguiente, no hubo necesidad de médicos ni de pruebas convencionales. Harry despertó a Ana antes de que las mujeres del harén entraran a servirlas. En su mano sostenía un pequeño artefacto, un "Orbe de Sangre" tallado en un cristal que reaccionaba solo a la frecuencia genética de su linaje.

-En mi especie, el heredero reclama su lugar casi al instante -explicó él, tomando la mano de Ana-. Si has concebido, el orbe lo sabrá antes de que tu propio cuerpo note el cambio.

Harry pinchó suavemente la yema del dedo de Ana y dejó caer una sola gota de sangre sobre la superficie fría del orbe. Durante unos segundos, el cristal permaneció inerte, de un gris apagado. Pero entonces, un pulso de luz carmesí comenzó a latir desde el centro del artefacto, sincronizándose perfectamente con el ritmo cardíaco de Ana, pero con un segundo latido, mucho más rápido y vibrante, superpuesto al suyo.

El orbe se volvió incandescente, iluminando la habitación con un brillo dorado y rojo. Era la señal inequívoca: el ADN alienígena de Harry ya estaba reprogramando las células de Ana para gestar al próximo soberano.

-Lo has logrado -dijo Harry, y por primera vez, Ana vio una lágrima de mercurio rodar por la mejilla del Rey-. Estás gestando mi futuro.

Cuando las mujeres del harén entraron poco después, no necesitaron palabras. La luz que emanaba del orbe, que Harry dejó deliberadamente sobre el pedestal real, les dio la noticia. Lyra y las demás se arrodillaron de inmediato, no ante el Rey, sino ante el vientre de Ana.

La atmósfera cambió de la excitación lúdica a una reverencia sagrada. Las mujeres comenzaron a cantar un himno en una lengua antigua, mientras se acercaban a Ana para ungir su vientre con aceites de color púrpura.

El embarazo de un heredero real en Zyrathol era un proceso acelerado; en cuestión de días, el cuerpo de Ana comenzaría a cambiar de forma visible, pero gracias al orbe, ellos ya compartían el secreto más grande del imperio: la estirpe continuaba.

Holaaa. ¿Cómo están? Espero que muy bien y con ganas de seguir leyendo esta historia. Queda una parte más y termina. 🤧

Déjenme saber su opinión.

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora