La mañana siguiente en Buenos Aires amaneció con un sol pesado y una humedad que parecía pegarse a las paredes, pero nada era tan asfixiante como el recuerdo de lo que había sucedido en el estudio.
Ana se movía por su casa como una intrusa. Cada paso que daba le devolvía un eco de la noche anterior: una sensibilidad punzante en la cara interna de sus muslos y esa pesadez líquida en su vientre que la hacía sentir marcada, poseída de una forma que nunca antes había experimentado.
Se miró al espejo mientras se recogía el cabello. Sus labios estaban apenas más hinchados y sus ojos tenían un brillo que la delataba. Se sentía sucia y, al mismo tiempo, más despierta que en toda la última década.
Había pasado la noche en vela, reviviendo la presión de las manos de Harry y la seriedad de su mirada mientras la llenaba, ignorando el mundo exterior.
El timbre sonó cerca del mediodía. Ana se sobresaltó, alisándose mecánicamente la ropa. Sabía que la madre de Harry pasaría a dejarle unos alfajores artesanales y unas mermeladas de bienvenida que, entre la confusión del mareo fingido y la huida precipitada, se habían quedado sobre la mesa de la cena.
—Ya voy—gritó Ana, mientras abría la puerta con una sonrisa forzada que pretendía ocultar su agitación.
Pero no era su amiga. Harry estaba de pie en el umbral, recortado contra la luz cegadora del mediodía. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas, dejando ver la fuerza de sus antebrazos, y en una mano sostenía una bolsa de papel madera.
No sonreía. Su mirada recorrió a Ana con la misma fijeza depredadora de la noche anterior, deteniéndose en su cuello y luego en sus labios.
—Mamá se sintió un poco cansada por el calor. Me pidió que te trajera esto —dijo él. Su voz, grave y sin rastro de duda, pareció ocupar todo el espacio de la entrada.
—Harry... —Ana retrocedió un paso, sintiendo que el aire se volvía ralo—. No debiste molestarte. Podía haber pasado yo más tarde.
—No fue una molestia —respondió él, dando un paso hacia adentro sin esperar invitación.
Ana cerró la puerta por puro instinto, buscando privacidad, pero en cuanto el pestillo hizo *clic*, se dio cuenta del error. Estaban solos en su casa, en su territorio, pero era Harry quien dominaba el ambiente.
Él dejó la bolsa sobre la mesa de la entrada y se giró hacia ella. La luz filtrada por las cortinas de su living le daba un aspecto casi irreal, más sólido y peligroso que nunca.
—¿Cómo estás, Ana? —preguntó él. No era una pregunta de cortesía. Era una inspección. Harry notó cómo ella se cruzaba de brazos, cómo evitaba su contacto visual.
—Bien. Solo... cansada. Harry, tenés que irte, si alguien te ve entrar acá...
—Nadie me vio —la interrumpió él, acortando la distancia con esa parsimonia que la volvía loca—. Y aunque me hubieran visto, solo soy el hijo de tu amiga trayendo un encargo. El problema es que vos no podés dejar de pensar en cómo te sentí anoche.
Harry extendió una mano y, con una lentitud que era pura tortura, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Ana cerró los ojos, traicionada por su propio cuerpo, que se inclinó hacia el contacto.
—Te huelo desde acá —susurró él, acercando su rostro al de ella—. Hueles a mi perfume y a vos. Hueles a lo que hicimos. Viniste corriendo a esconderte en tu cama, pero no pudiste borrarme, ¿verdad?
Él la tomó de la cintura y la empujó suavemente contra la pared del pasillo. Ana sintió la dureza de su cuerpo contra el suyo y el contraste de su juventud vibrante invadiendo su hogar, su refugio.
—Este es tu lugar —continuó Harry, su voz bajando a un susurro posesivo mientras sus manos buscaban el dobladillo de su falda—. Tus libros, tus cosas... todo tan ordenado. Pero anoche me dejaste entrar en tu lugar más sagrado, Ana. Y ahora que sé cómo te sentís por dentro, no voy a dejar que vuelvas a fingir que solo somos vecinos.
Harry la besó con una urgencia que no permitía discusión, una promesa de que esta vez, sin invitados afuera y sin límites de tiempo, la tomaría hasta que ella olvidara por completo quién de los dos era el que tenía más años de experiencia.
Harry la levantó en vilo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura mientras la besaba con una voracidad que le borraba el sentido de la ubicación. Ana se aferró a sus hombros, guiándolo por el pasillo hacia la habitación principal, ese santuario de sábanas blancas y orden que Harry estaba a punto de profanar.
Cuando entraron, él no la dejó suavemente sobre el colchón. La depositó con una firmeza que hizo que los resortes protestaran, reclamando el mueble como si fuera su propio trono.
Harry se tomó un segundo para observar la habitación: el perfume de ella en la cómoda, los libros en la mesa de luz, la pulcritud de una mujer independiente. Todo eso iba a ser suyo ahora.
—Este es tu lugar, ¿no? —susurró él, desprendiéndose de la camisa con movimientos rápidos y eléctricos—. Acá es donde dormís sola y pensás que tenés el control de tu vida.
Se abalanzó sobre ella, atrapándola con el peso de su cuerpo. Ana sintió el contraste de la piel fresca de Harry contra el calor de su propia excitación. Él volvió a buscar su lencería, esta vez con la luz del mediodía filtrándose por las persianas, disfrutando de cada detalle del encaje que ella había elegido para ocultar su fuego.
Harry recorrió su cuerpo con las manos y los labios, adorando sus pechos y su vientre con una devoción que la hacía sentir el centro de su universo.
—Nadie más te va a tocar en esta cama, Ana —sentenció él, su voz cargada de una seriedad que no admitía réplicas—. De ahora en adelante, cada vez que cierres los ojos para dormir, vas a sentir mis manos. Este lugar ya no es tuyo. Es nuestro.
Cuando Harry la penetró, lo hizo con un solo movimiento largo y profundo, un reclamo que la hizo arquear la espalda y soltar un sollozo de plenitud.
En su propia casa, en su propia cama, Ana se dio cuenta de que nunca antes había sido poseída de verdad. Harry no buscaba solo placer; buscaba marcarla, convertirla en su mujer, derribando cualquier resto de la jerarquía que los separaba.
Él la tomaba con una pasión incansable, sus ojos fijos en los de ella mientras sus cuerpos se fundían en un ritmo frenético que hacía crujir la estructura de la cama. Harry disfrutaba de la libertad de estar en la casa de ella, de no tener que ahogar sus gemidos, de poder llenarla por completo sin el miedo a ser interrumpido. Se movía con una potencia que la dejaba exhausta, reclamando cada rincón de su intimidad con una seguridad que la hacía temblar.
—Mírame —le pidió él, con el sudor brillando en su frente mientras la llevaba al borde del abismo—. Sos mi mujer, Ana. No importa quién sea mayor. Sos mía.
Cuando la explosión llegó, fue más intensa que la noche anterior. Ana se aferró a él, hundiéndose en el placer absoluto de ser reclamada por ese hombre diez años menor que la conocía mejor que nadie. Harry la llenó con una calidez profunda, un acto final de posesión que la dejó vacía de dudas y rebosante de él.
Quedaron entrelazados, con el olor de ambos impregnando las sábanas de Ana. Harry no se apartó; la mantuvo abrazada, besando su hombro con una ternura que solo confirmaba su seriedad.
En su propia casa, Ana comprendió que ya no había vuelta atrás. Había sido reclamada por el hijo de su amiga, y ese secreto, ahora guardado entre las paredes de su habitación, era el inicio de su nueva vida.
Holaaa. Nuevamente por aquí. A pedido de algunas lectoras, subo la segunda parte de esta historia, más que fascinante. (Debo admitir que me gusta mucho el Harry posesivo. 😉)
A. S.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
