El Palacio de Buckingham, con sus infinitos pasillos de mármol y retratos de ancestros que observaban con severidad desde el pasado, había comenzado a transformarse. El aire denso del protocolo y la rigidez de la etiqueta estaban siendo desplazados por algo mucho más vibrante: el sonido de unos pasos pequeños y erráticos que corrían por las alfombras rojas.
Darcy, con apenas dos años y una melena de rizos rebeldes heredada de su padre, no entendía de linajes ni de crisis sociales; ella solo sabía que el palacio era su patio de juegos y que su abuelo, el hombre que el mundo conocía como el Rey, era el mejor compañero para tomar el té con tazas de porcelana vacías.
La atmósfera de cambio no era casual. La nación entera respiraba un alivio que no se sentía en décadas. La gran crisis que casi fractura al país bajo el mando del viejo Rey había sido sanada, en gran parte, por la labor incansable de Harry durante su regencia de facto y la serenidad de Ana.
Sin embargo, detrás de las puertas cerradas de los aposentos reales, se gestaba el capítulo más trascendental de sus vidas.
El Rey, que una vez fue una figura de autoridad inamovible, se encontraba sentado en un sillón de terciopelo verde en la biblioteca privada. Sobre sus rodillas, Darcy intentaba colocarle una corona de cartón que ella misma había decorado con pegatinas de estrellas. El monarca se inclinaba con una humildad que habría escandalizado a la corte de hace un siglo.
—¿Así está bien, pequeña majestad? —preguntó el Rey con una voz suave, cargada de una ternura que solo la vejez y la llegada de una nieta podían otorgar.
Harry y Ana observaban la escena desde el umbral. Ana sonrió, sintiendo una calidez que iba más allá del momento. Ver a su suegro así era el recordatorio de que la tormenta finalmente había pasado. El Rey alzó la vista y, al ver a su hijo, su expresión se volvió solemne, aunque no carente de afecto.
—Acércate, Harry —dijo el Rey, haciendo un gesto para que Darcy fuera con su niñera por un momento—. He estado pensando mucho en lo que hablamos. El país necesita un nuevo rostro, una energía que yo ya no puedo ofrecer. Los informes de las provincias del norte muestran una recuperación absoluta, y eso es mérito tuyo. Y de Ana.
Harry asintió, sintiendo el peso de lo que vendría. El Rey se puso de pie, no con la agilidad de antaño, sino con la dignidad de quien sabe que ha cumplido su ciclo.
—Voy a abdicar, Harry. No quiero que esperes a mi muerte para empezar tu era. Quiero verte reinar. Quiero ver a Ana ser la reina que este pueblo ya ama. Y, sobre todo, quiero dedicar el tiempo que me quede a ser simplemente un abuelo. Quiero ver crecer a Darcy sin la sombra de un consejo de ministros esperándome en la habitación de al lado.
Ana se acercó y tomó la mano del Rey. La relación entre ellos había florecido de una manera inesperada. De ser la nuera que ocultaba un embarazo por temor a las distracciones del trono, se había convertido en su confidente más cercana.
—Majestad, siempre será el corazón de esta familia —susurró Ana.
—No, querida —respondió el Rey, dándole un apretoncito en la mano—. El corazón eres tú. Fuiste tú quien mantuvo a Harry en pie cuando yo no podía.
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A pesar de la inminente coronación, el destino tenía un giro más preparado.
Semanas después de la decisión del Rey, Ana comenzó a sentir nuevamente esa fatiga característica, ese pequeño mareo que la obligaba a buscar el apoyo de una pared cuando creía que nadie miraba.
Niall, que ahora ostentaba el título de Jefe de la Guardia del Rey pero que en la práctica seguía siendo el hermano que la vida les había regalado, fue el primero en notarlo.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
