El sonido de la puerta principal al cerrarse retumbó en las paredes de la inmensa mansión, dejando tras de sí un silencio sepulcral, espeso y asfixiante.
Harry se quedó inmóvil en el centro del vestíbulo, con la mano aún suspendida en el aire, sintiendo el fantasma del calor de la piel de Ana en la yema de sus dedos. El vacío que ella dejó al marcharse se sintió como un golpe físico en el estómago.
-Señor Sterling... -la voz vacilante del abogado, que salía de la biblioteca con una carpeta entre las manos, rompió el silencio-. La señorita Ana no estaba jugando. Aquí están los documentos. Ha renunciado a absolutamente todo, de forma irrevocable. El cien por ciento de sus acciones y fondos ya pertenecen legalmente a Leo.
Harry arrebató la carpeta de las manos del abogado. Sus ojos recorrieron las páginas hasta llegar al final, donde la firma de Ana destacaba en un trazo limpio, firme y definitivo. No había condiciones. No había trampas. No había una demanda oculta.
Ella simplemente se había ido, tal como llegó: con la cabeza alta y la dignidad intacta.
-Déjame solo, Alvarado -ordenó Harry, con una voz que apenas reconoció como la suya. Era un susurro ronco, desprovisto de toda la autoridad de la que solía hacer alarde.
Cuando el abogado se retiró, Harry caminó hacia su despacho a trompicones, como un hombre ebrio. Cerró la puerta de golpe, se apoyó contra ella y dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
¿Qué demonios he hecho?
La pregunta le golpeó el pecho con la fuerza de un camión. El peso de su propio error comenzó a aplastarlo. Durante semanas se había convencido a sí mismo de que su hostilidad era una armadura, una defensa justa para proteger a su sobrino de una cazafortunas.
Pero ahora la verdad lo miraba de frente, desnudándolo de todas sus excusas: no había estado protegiendo a Leo. Había estado usando su desconfianza como un escudo para ocultar el terror que le causaba lo que Ana le hacía sentir.
Le aterraba lo rápido que ella había derribado sus defensas. Le aterraba esa atracción salvaje, magnética y descontrolada que lo consumía cada vez que la tenía cerca. Y para no admitir que se estaba enamorando perdidamente de la mujer que se suponía que debía vigilar, prefirió etiquetarla como la villana de la historia.
Caminó hacia su escritorio y arrojó la carpeta sobre la madera de caoba. Su mirada se posó en una pequeña taza de cerámica que Ana había olvidado allí el día anterior. La tomó entre sus manos. Aún parecía conservar una pizca de su presencia, de ese aroma a sándalo y lluvia que lo había vuelto loco desde el primer día.
Se sentó en su silla de cuero, hundiéndose en la frustración. Recordó las palabras de Ana antes de irse: «Prefieres destruir la confianza de su sobrino antes que admitir que se equivocó conmigo».
Cada sílaba era una verdad sangrienta. Recordó la mirada de profunda decepción en esos ojos que tanto lo habían cautivado, una mirada donde la atracción que ambos compartían se había apagado, sepultada por el asco y el dolor.
-Fui un idiota -gruñó para sí mismo, cubriéndose el rostro con las manos.
La culpa comenzó a quemarle las entrañas. Se imaginó a Ana regresando a su departamento sencillo, volviendo a su vida ordinaria, aliviada de haberse deshecho del monstruo que él había decidido ser. Ella no quería su dinero.
Nunca lo quiso. Lo único que quería era darle un abrazo a su hermano menor y, tal vez, si él no hubiera sido tan implacable, darle una oportunidad a lo que estaba naciendo entre ellos.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió lentamente. Leo estaba allí, con los ojos vidriosos y el libro de aventuras que Ana le había regalado apretado contra el pecho.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
