El beso se interrumpió cuando el estómago de Ana rugió, rompiendo la burbuja de romance aristocrático con una dosis de cruda realidad dominical. Harry soltó una risita contra sus labios y se separó apenas unos centímetros, apoyando su frente contra la de ella.
—Supongo que las duquesas también desayunan —susurró él con una chispa de travesura en los ojos.
—Esta duquesa quiere huevos revueltos y que dejes de llamarme así por al menos diez minutos —respondió, aunque no pudo evitar admirar de nuevo el zafiro en su mano—. Harry... ¿qué pasa con el dinero?
Él se puso de pie y empezó a sacar la sartén del estante, un gesto tan cotidiano que contrastaba con la magnitud de su confesión.
—Tengo una cuenta que toco muy poco. No quería que nuestra vida estuviera cimentada en oro que no ganamos. Pero, siendo honesto, ahora que vamos a casarnos... me gustaría que dejemos de preocuparnos por si el alquiler sube el mes que viene. Quiero que terminemos tus estudios sin que tengas que trabajar doble turno, y que el viaje que siempre planeamos a Japón sea en primera clase.
Ana se quedó en silencio, procesando la idea de una libertad financiera absoluta. Durante dos años habían hecho malabares con los presupuestos. La idea de no tener que contar los pesos en el supermercado se sentía casi tan irreal como el título nobiliario.
—¿Y tu familia? —preguntó ella, sentándose en la mesada mientras lo observaba batir los huevos—. Si nos casamos, se van a enterar. No podés esconder a una esposa para siempre.
Harry se tensó un momento, pero no dejó de batir.
—Mi madre lo sabe. Bueno, sabe que estoy con alguien. Le envié una carta hace meses diciendo que mis intenciones eran serias. Probablemente ya envió a alguien a investigar quién sos, qué hacés y si tenés algún escándalo en tu pasado.
Ana casi se atraganta con su propio aire.
—¿Qué? ¿Me están investigando? ¡Harry!
—Es el protocolo de la Casa Somerset —suspiró él, dejando el tenedor y acercándose para tomarla de la cintura—. Pero escuchame bien: me importa un rábano lo que diga su informe. Si encuentran que una vez te llevaste un caramelo sin pagar a los cinco años, diré que es una muestra de tu carácter audaz. No tienen poder sobre nosotros a menos que se lo demos.
—¿Y si quieren que vayamos? ¿A alguna gala, o al funeral de una tía abuela lejana?
Harry hizo una mueca, como si acabara de morder un limón.
—Eventualmente, tendremos que aparecer. El ducado conlleva responsabilidades legales y firmas que solo yo puedo hacer. Pero iremos bajo mis reglas.
Ana soltó una carcajada, imaginando la escena de ellos dos caminando por un palacio de piedra mientras los mayordomos se horrorizaban ante su falta de protocolo. La imagen le quitó un poco de peso al miedo.
—Trato hecho —dijo ella, estirando la mano para que él la estrechara—. Pero si tu mamá es como la de las películas y trata de comprarme para que te deje, que sepas que el precio va a ser muy, muy alto. Al menos tres castillos y un poni.
Harry la atrajo hacia él en un abrazo apretado, ocultando el rostro en su cuello.
—No hay suficiente oro en Inglaterra para que yo te deje ir, Ana. Ni para que vos me dejes a mí, espero.
—No te preocupes, Su Gracia —murmuró ella, acariciándole el pelo con ternura—. Ahora que sé que sos un duque, tus fideos mediocres me van a saber a banquete real. Pero todavía te toca lavar los platos.
Él sonrió contra su piel. El secreto había salido a la luz y, aunque el futuro ahora incluía linajes antiguos y cuentas bancarias inmensas, el corazón de su relación seguía siendo el mismo: dos personas en una cocina pequeña, amándose por encima de cualquier título.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
