La heredera II

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La oficina de Harry en la mansión Sterling seguía siendo el epicentro de la tormenta, pero para Ana, el verdadero objetivo ya no eran los papeles ni las cifras. Era Leo.

El niño de diez años pasaba las tardes en el inmenso jardín de la propiedad, refugiado en sus videojuegos o pateando una pelota contra la pared, lidiando a su manera con la pérdida de su padre.

Ana empezó a buscar momentos para acercarse. Un día le llevó un libro de aventuras que usaba con sus alumnos; otro día, simplemente se sentó a su lado en el porche, ofreciéndole un silencio cómodo que el niño pareció agradecer.

Poco a poco, Leo empezó a ceder. Le mostró sus dibujos, le contó sobre su materia favorita en la escuela y, por primera vez en semanas, Ana lo vio sonreír.

Harry observaba cada interacción desde la ventana de su estudio, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. La tensión entre él y Ana se había vuelto insoportable. Ya no era solo la desconfianza; era el deseo acumulado que flotaba en el aire cada vez que se cruzaban en los pasillos.

Cada mirada sostenida por un segundo de más, cada roce accidental de sus manos al pasarse un documento, se sentía como una mecha encendida. Harry se odiaba por desearla, por buscarla con la mirada, y esa frustración interna solo lo volvía más errático y hostil.

El punto de quiebre llegó un viernes por la tarde.

Ana había ido a la mansión a llevar unos informes firmados. Al no encontrar a Harry en el despacho, caminó hacia la sala de estar principal. Escuchó voces y se detuvo justo antes de cruzar la puerta.

-...tienes que ser inteligente, Leo -la voz de Harry sonaba firme, pero teñida de una urgencia amarga-. Sé que es simpática y que te trajo esos libros, pero no puedes encariñarte.

-A mí me cae bien, tío Harry -respondió la voz pequeña de Leo-. Es divertida.

-Las personas pueden ser muy actrices cuando hay una fortuna de por medio -sentenció Harry, y el tono despectivo en sus palabras hizo que a Ana se le helara la sangre-. Ella apareció de la nada porque quiere el cincuenta por ciento de lo que tu papá dejó. Está aquí por el dinero, Leo. Todo lo que hace es una estrategia para quedarse con lo que legítimamente te pertenece a ti. Ten cuidado con ella.

En el pasillo, Ana sintió un golpe seco en el pecho. A pesar de la innegable e intensa atracción que sentía por Harry, esa electricidad que la hacía flaquear cada vez que lo tenía cerca, sus palabras la trajeron de vuelta a la realidad de la manera más cruel.

Él nunca iba a cambiar. Su arrogancia y sus prejuicios eran un muro insalvable, y lo peor de todo era que estaba usando a un niño inocente para envenenar el único lazo genuino que ella había intentado construir.

Las lágrimas de rabia y decepción amenazaron con salir, pero las contuvo. Con el orgullo intacto y una frialdad que no sabía que poseía, dio media vuelta y caminó directo al despacho del abogado de la familia, que casualmente se encontraba en la biblioteca revisando otros asuntos.

-Señor Alvarado -dijo Ana, con la voz extrañamente tranquila pero firme-. Saque el documento de cesión de derechos. Ahora mismo.

El abogado la miró sorprendido. -Señorita Sterling... Ana, ¿está segura? Eso significa renunciar a...

-A todo. No quiero un solo centavo de Arthur Sterling. Redacte el documento donde cedo el cien por ciento de mi parte a mi hermano Leo, bajo la condición de que se libere de inmediato y sin fondos de reserva para mí. Yo firmo ahora.

Veinte minutos después, el papeleo estaba listo. Ana estampó su firma con pulso firme en cada una de las páginas. Cuando terminó, tomó su bolso y se dirigió a la salida.

En el gran vestíbulo de la mansión, se topó de frente con Harry, que acababa de dejar a Leo en su habitación.
Al verla, Harry se tensó, adoptando de inmediato su postura defensiva, aunque sus ojos oscuros la recorrieron con esa intensidad que siempre la hacía temblar.

-Ana. No sabía que seguías aquí -dijo él, dando un paso hacia ella, rompiendo la distancia obligatoria como siempre hacía.

Ana se plantó en su lugar, mirándolo directamente a los ojos. Esta vez, la atracción seguía ahí, latente y peligrosa, pero la mirada de ella era de absoluta decepción.

-Ya no tengo que estar aquí, Harry -dijo ella en voz baja-. Acabo de firmar la renuncia total a la herencia. Todo el cincuenta por ciento pasa directamente a Leo. No quiero tus hoteles, no quiero tus cuentas y, sobre todo, no quiero volver a ver al hombre que prefiere destruir la confianza de su sobrino antes que admitir que se equivocó conmigo.

Harry se quedó petrificado. El color pareció desaparecer de su rostro. -¿Qué hiciste?

-Lo que debí hacer desde el primer día -respondió Ana, dando un paso para rodearlo-. Quédate con tu imperio, Harry. Cuídalo bien, porque es lo único que tienes.

Harry intentó reaccionar, extendió la mano y la tomó del brazo. El contacto físico fue como un chispazo; la tensión acumulada durante semanas vibró entre los dos, una súplica silenciosa en los ojos de él que por fin entendía el error catastrófico que había cometido. Su desconfianza la había alejado para siempre.

-Ana, espera... -su voz sonó rota, despojada de toda la arrogancia.
Ana miró su mano sobre su brazo y luego lo miró a él, con una calma que lo destruyó por completo.
-Suéltame, Harry. Ya ganaste. Déjame ir.

Lentamente, los dedos de Harry resbalaron de su piel. Ana no miró atrás. Caminó hacia la salida, cruzó las grandes puertas de la mansión y se subió a su auto.

Mientras se alejaba por la avenida, sintió el dolor de la distancia, pero también la libertad de regresar a su vida, lejos de la riqueza, de las mentiras y, sobre todo, de la mirada de un hombre al que deseaba, pero que no se merecía su presencia.

Holaaa. Les traigo la segunda parte de esta fascinante historia. ¿Qué les parece?

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora