La cena de esa noche fue un desfile de silencios tensos y cubiertos de plata chocando contra porcelana fina. Ana sentía que cada movimiento de sus manos era evaluado por Eleanor, pero lo peor llegó a la mañana siguiente, durante el desayuno.
Un hombre con un uniforme impecable entró al comedor portando una bandeja de plata. En ella descansaba un sobre de papel crema, grueso y sellado con cera roja: el escudo real.
Eleanor dejó su periódico con una lentitud teatral.
—Parece que mi carta llegó a destino más rápido de lo previsto. Henry, es para vos. Pero el remitente es la Oficina Privada de Su Majestad.
Harry abrió el sobre con una expresión de resignación. Sus ojos recorrieron las líneas caligrafiadas y, por un segundo, se detuvieron.
—Es una invitación —dijo Harry, mirando a Ana con una mezcla de disculpa y asombro—. Un almuerzo privado en el Castillo de Windsor. Mañana.
—¿Mañana? —ella casi deja caer su tostada—. Harry, no tengo nada que ponerme para ver a la Reina. Ni siquiera sé cómo saludarla sin parecer un personaje de una comedia romántica mal hecha.
—No te preocupes por eso ahora —la interrumpió Eleanor, cuyos ojos brillaban con una ambición renovada
—. Si Su Majestad las ha invitado tan pronto, es porque hay algo más en juego que una simple presentación.
El viaje a Windsor fue un borrón de nervios para Ana. Cuando finalmente estuvieron frente a la Reina, en un salón bañado por la luz de la tarde que olía a flores frescas y cera para muebles antiguos, la atmósfera era extrañamente íntima. La Reina, sentada con una sencillez que imponía más que cualquier corona, les hizo un gesto para que se sentaran tras las presentaciones de rigor.
—Duque, me alegra ver que ha decidido finalmente sentar cabeza —dijo la Reina con una voz suave pero firme. Luego, giró sus ojos hacia Ana—. Y usted debe ser la joven que lo ha mantenido tan ocupado en el extranjero. He leído su expediente. Es refrescante ver a alguien con una formación tan... técnica.
—Gracias, Su Majestad —atinó a decir Ana, recordando en el último segundo la inclinación de cabeza que Harry le había enseñado en el auto.
El almuerzo transcurrió con una cordialidad casi irreal, hasta que sirvieron el té. Fue entonces cuando la Reina dejó su taza y miró a la pareja con una seriedad que congeló el aire.
—Henry, sabés que la Corona está atravesando un período de transición. Estamos evaluando la estabilidad de las líneas de sucesión y la relevancia de nuestras instituciones en el mundo moderno —empezó la soberana—. He estado conversando con mis consejeros sobre la posibilidad de expandir formalmente la línea de sucesión activa para incluir a ramas de la nobleza que han demostrado ser... autosuficientes.
Harry dejó de respirar por un segundo.
—¿Se refiere a la Casa Somerset, Su Majestad?
—Me refiero a que, si ustedes dos proceden con este matrimonio, estoy considerando seriamente que el futuro heredero de su casa, su primer hijo, sea incluido formalmente en la línea de sucesión al trono —la Reina miró directamente a Ana—. Un heredero que combine la tradición de los Somerset con la mentalidad moderna y trabajadora que usted representa, señorita. Sería un mensaje poderoso para el país.
Ana sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. No solo estaba aceptando ser duquesa; ahora la Reina estaba sugiriendo que sus futuros hijos —aquellos que ella y Harry habían imaginado criando en un ambiente normal— podrían estar un día destinados a llevar una responsabilidad mucho mayor que la de una mansión en el campo.
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One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
