El diagnóstico III

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El segundero del reloj de pared del consultorio parecía avanzar con una lentitud sádica. Faltaban exactamente cinco minutos para las seis de la tarde.

Harry estaba de pie frente al ventanal, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre gris. Se había quitado el saco; solo llevaba una camisa blanca con las mangas prolijamente arremangadas hasta los antebrazos, revelando los tatuajes que trepaban por sus muñecas.

Intentaba concentrarse en la respiración, en el aquí y el ahora, como tantas veces le había recomendado a sus pacientes. Pero el método no estaba funcionando.

Sobre el escritorio de roble, justo al lado de la libreta de cuero donde tomaba notas, descansaba una tarjeta de presentación de color crema. Pertenecía a la doctora Clara Evans, una colega de absoluta confianza y excelente trayectoria en terapia de aceptación y deseo.

Harry la había sacado de su tarjetero esa misma mañana. Era lo correcto. Lo ético. Lo que cualquier profesional con un gramo de decencia haría después de lo que había sucedido el sábado en el bar de jazz.

Había cruzado un límite invisible al confesarle a Ana que se estaba cuestionando su rol. El espacio seguro del consultorio se había contaminado con la cruda y latente atracción que existía entre ellos, y mantenerla como paciente bajo estas condiciones era, técnicamente, una mala praxis emocional.

«Se la entregas apenas se siente. Le explicas que, para garantizar el mejor espacio para su proceso, es mejor que la derive. Y dejas que se vaya», se repitió a sí mismo por milésima vez.

El sonido suave pero firme de dos golpes en la puerta de entrada hizo que su pecho se contrajera. Harry se acomodó la camisa, tragó saliva y caminó hacia la puerta.

Al abrirla, la realidad lo golpeó con la misma fuerza que el sábado por la noche, pero bajo una luz diferente.

Ahí estaba Ana. Llevaba un vestido de punto color verde oliva que se ceñía con delicadeza a su figura y un abrigo liviano sobre los hombros. Su cabello estaba suelto, cayendo sobre sus hombros con un desorden natural.

Sus ojos, enormes y cargados de una mezcla de expectación y nerviosismo, buscaron los de Harry de inmediato.

-Hola, Harry -dijo ella, con la voz un poco rota.

-Hola, Ana. Pasa, por favor.

El silencio que se instaló entre ellos cuando se cerró la puerta fue denso, casi tangible. Ana no fue directamente al diván esta vez. Se quedó de pie en el centro de la habitación, observándolo, como si estuviera midiendo el terreno, tratando de descifrar si el hombre del bar de jazz seguía ahí o si el terapeuta de traje lo había devorado por completo.

-Te noto... diferente hoy -observó ella en voz baja, cruzándose de brazos.

Harry suspiró y caminó lentamente hacia su escritorio. Tomó la tarjeta de la doctora Evans entre los dedos.

Le costaba respirar. Cada instinto en su cuerpo le decía que guardara esa tarjeta en el cajón, que la quemara, que no permitiera que nadie más tocara la mente -o el cuerpo- de la mujer que tenía enfrente. Pero su ética profesional libraba una batalla brutal en su cabeza.

-Ana, siéntate un momento, por favor. Tenemos que hablar de lo que pasó el sábado -dijo él, señalando el sillón frente al suyo. Su tono era profesional, pero había una ligera vibración en su voz que delataba la tensión interna.

Ella obedeció despacio, sentándose en el borde del diván, con la espalda muy recta. Sus ojos se fijaron en la tarjeta que Harry sostenía.

-¿Qué es eso? -preguntó, y una sombra de decepción cruzó por su rostro antes de que él pudiera responder.

-Es el contacto de una colega, la doctora Clara Evans -explicó Harry, obligándose a sostenerle la mirada, aunque sentía que se estaba traicionando a sí mismo-. Lo que pasó el fin de semana... la forma en que nos comunicamos, la tensión que es evidente que existe entre nosotros... rompe el encuadre terapéutico, Ana. Mi prioridad absoluta es tu bienestar y tu proceso. Y temo que, si seguimos adelante bajo estas circunstancias, mi objetividad como tu terapeuta se vea totalmente comprometida.

Ana guardó silencio. Sus ojos pasaron de la tarjeta al rostro de Harry, analizando cada línea de su expresión. Se dio cuenta de que él estaba tenso; vio el leve temblor en sus dedos y la rigidez de su mandíbula. Él no quería hacer esto. Estaba luchando contra sí mismo.

-¿Tu objetividad? ¿O tu autocontrol? -preguntó ella, con una franqueza que desarmó a Harry por completo.
Harry se quedó sin palabras por un segundo, sintiendo el calor subir por su cuello.

-Ambos -admitió él, con una honestidad brutal que no figuraba en ningún manual de psicología-. No voy a mentirte, Ana. Sería un hipócrita si lo hiciera. Lo que siento cuando estás en esta habitación, lo que sentí cuando te vi en ese bar... no es lo que un terapeuta debe sentir por su paciente. Y por respeto a ti, y a mi profesión, creo que lo más sano es que continúes tu terapia con Clara. Ella es maravillosa, de verdad.

Ana se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, imitando inconscientemente la postura que Harry había usado con ella en la primera sesión. La distancia entre ambos pareció reducirse a nada.

-¿Y si yo no quiero a Clara? -dijo ella, con la voz suave pero cargada de una determinación que hizo que a Harry se le acelerara el pulso-. Vine aquí porque pensaba que estaba rota, Harry. Pero la semana pasada, cuando me miraste y me dijiste que mi deseo no era una enfermedad, sentí que algo dentro de mí hacía clic por primera vez en años. No fue la teoría de un libro lo que me ayudó. Fuiste tú. Tu voz. Tu forma de entenderme.

Se levantó del diván y dio un paso hacia el escritorio. Harry se puso de pie de inmediato, como si una fuerza invisible lo obligara a estar a su altura.

-Ana, por favor... -murmuró él, dando un paso atrás hasta que su cadera chocó contra el borde de su escritorio. Estaba acorralado en su propio consultorio.

-Dime que no sientes esto, Harry -desafió ella, deteniéndose a solo un paso de él. Podía oler su perfume a sándalo, ver el latido rápido en su cuello-. Dime que cuando me miras, solo ves un caso clínico. Dime que no quieres escucharme confesar mis fantasías tanto como yo quiero decírtelas a ti. Si me lo dices mirándome a los ojos, tomo esa tarjeta y me voy ahora mismo.

Harry la miró. El silencio en el consultorio era tan agudo que casi dolía. La tarjeta de la doctora Evans seguía entre sus dedos, pero la presión de su agarre la estaba doblando.

Tenía la salida de emergencia justo enfrente. Solo tenía que mentir. Solo tenía que usar su máscara profesional, pronunciar las palabras correctas y dejarla ir para salvar su reputación y su tranquilidad.

Pero el deseo, como él mismo le había dicho a ella, no pide permiso. Y en ese momento, el hombre de la campera de cuero y los tatuajes ocultos ganó la batalla por completo.

Harry soltó la tarjeta, dejándola caer sobre el escritorio como si ya no importara nada. Dio un paso hacia adelante, eliminando el último espacio de seguridad que los separaba, hasta que pudo sentir el calor que emanaba del cuerpo de Ana.

Su mirada bajó a sus labios y luego volvió a sus ojos, esta vez sin rastro de distancia clínica. Solo con una intensidad oscura y hambrienta.

-No puedo decírtelo -confesó él, con la voz áspera, casi un ruego-. Porque sería la mentira más grande de mi vida.

Holaaaaa. ¿Cómo están? Espero que muy bien. Les traigo una nueva parte de esta cautivadora historia. ¿Qué les parece? ¿Cómo seguirá?

A. S.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora