Tras el violento episodio en el club de los muelles, la tensión en el auto de regreso era casi sólida.
Ana, sentada entre los dos hombres, aún sentía la vibración del acero en su mano y la descarga de adrenalina recorriendo su columna.
Harry no le quitó la vista de encima en todo el trayecto; ver a su esposa reclamar su autoridad con esa frialdad quirúrgica había encendido en él un hambre que solo la posesión total podría saciar.
Al cruzar el umbral de la suite, no hubo necesidad de palabras. El silencio fue roto solo por el sonido de las prendas de seda cayendo al suelo.
Harry se sentó en el inmenso sillón de cuero frente a la chimenea, con las piernas abiertas y una expresión de orgullo feroz. Niall, comprendiendo su lugar en esa trinidad de poder, se arrodilló a los pies de Ana, despojándola de sus últimas defensas.
—Te ganaste esto, cariño —gruñó Harry, su voz era un trueno bajo—. Toma lo que es tuyo.
Ana, movida por una necesidad visceral de reafirmar que estaba viva y que era la dueña de ese imperio, se subió al regazo de Harry. Se hundió sobre él con una lentitud tortuosa, soltando un jadeo que fue devorado por la boca de su marido.
Harry la sujetó por las caderas con una fuerza que dejaría marcas, marcando un ritmo profundo y posesivo mientras ella cabalgaba sobre él, sintiéndose llena, reclamada y poderosa.
Mientras se movía sobre Harry, Niall se dedicó a saborear cada centímetro de su piel. Sus labios recorrieron sus muslos, sus costados y sus pechos con una devoción hambrienta. La lengua de Niall era ruda y experta, buscando el rastro del sudor y la adrenalina que emanaban de ella.
Harry, por su parte, le mordía el cuello, marcándola como su territorio mientras sus manos tatuadas exploraban su vientre, el lugar donde el legado Styles ya empezaba a soñarse.
—Hueles a victoria, Ana —susurró Niall contra su piel, antes de sustituir a Harry.
La rotación fue fluida, una coreografía de hermandad y deseo. Niall la tomó con una urgencia renovada, mientras Harry se encargaba de adorar el cuerpo de su esposa desde el frente. Ana se sentía en el centro de un torbellino de carne y autoridad; las manos de Harry apretaban sus pechos mientras Niall la invadía con estocadas que buscaban el fondo de su ser.
La noche se convirtió en una sucesión de clímax repetidos. La llenaron una, dos, tres veces seguidas, sin darle tiempo a recuperar el aliento. Cada vez que Ana llegaba al borde del abismo, uno de los dos la traía de vuelta con una nueva ola de placer rudo y absoluto.
La llenaron de su esencia hasta que ella se sintió pesada, saturada por la presencia de ambos. Saborearon su cuerpo como si fuera el cáliz que contenía el futuro de Londres. Harry y Niall se turnaban para beber de ella, para lamer el rastro de su placer y para sellar, con cada descarga, que ella era la pieza central de su mundo.
Al final, exhaustos y entrelazados frente al fuego que empezaba a morir, Harry le limpió el rostro con una ternura letal, mientras Niall besaba sus manos, aquellas manos que habían empuñado la daga por el clan.
—Eres perfecta —susurró Harry, mientras Niall se acomodaba a su lado—. Hoy no solo castigaste a un traidor. Hoy te bautizaste en nuestra oscuridad, y esta es solo la primera de muchas recompensas.
Ana se durmió rodeada por el aroma a sándalo, pólvora y el sello físico de los dos hombres, sabiendo que ya no había vuelta atrás: era la Reina, y su trono estaba hecho de la lealtad y el deseo inagotable de Harry y Niall.
***
Cuatro semanas después, el veredicto llegó en forma de un silencio reverencial en la suite principal. El médico personal del clan, un hombre que guardaba más secretos que el propio Parlamento, se retiró tras confirmar lo que Harry y Niall ya presentían por la forma en que el cuerpo de Ana había empezado a cambiar: el heredero de los Styles estaba en camino.
Harry recibió la noticia de pie junto al ventanal, con un cigarro apagado entre los labios. Niall, sentado en el borde de la cama, miró a Ana con una mezcla de orgullo y una devoción protectora casi feroz. La misión biológica se había cumplido, pero para Ana, esto no era el final, sino el inicio de su verdadera transformación.
Ana no permitió que el embarazo la convirtiera en una figura decorativa. Al contrario, la certeza de que llevaba el futuro del imperio en su vientre encendió en ella una urgencia de acero. Sabía que un Styles no solo nacía, sino que se defendía.
—No voy a ser un blanco fácil —le dijo a Harry una mañana en el polígono de tiro subterráneo de la mansión—. Si voy a llevar tu apellido y a tu hijo, necesito ser tan peligrosa como tú.
Harry sonrió, esa sonrisa oscura que solo ella y Niall conocían.
—Niall —ordenó Harry—, enséñale. No tengas piedad por su estado. Que aprenda a disparar con el pulso frío y a leer las intenciones antes de que el enemigo desenfunde.
Las semanas siguientes fueron un régimen de disciplina militar. Niall se convirtió en su mentor. Bajo la luz fluorescente del sótano, él le enseñó a manejar una Glock 17 y a ocultar una daga en la liga de su muslo, adaptando las técnicas a su cuerpo cambiante.
—El peso de tu centro de gravedad está cambiando, Ana —le explicaba Niall, posicionándose detrás de ella, corrigiendo su postura con manos firmes mientras ella apuntaba a la silueta de papel—. Usa ese peso. No pelees contra tu cuerpo, deja que tu cuerpo sea el arma.
Harry observaba desde la plataforma superior, bebiendo whisky y viendo cómo su esposa se convertía en una extensión de su propia voluntad. Niall no solo le enseñaba a pelear; le enseñaba la psicología del miedo. Cómo entrar en una habitación y hacer que los capitanes de la mafia bajen la mirada sin decir una sola palabra.
A medida que el vientre de Ana se redondeaba, la dinámica entre los tres se volvió más intensa, casi religiosa. El sexo ya no era solo por el heredero, sino una forma de mantenerla conectada a la tierra y al clan.
Una noche, después de una sesión de entrenamiento particularmente agotadora donde Ana había logrado desarmar a Niall en un combate cuerpo a cuerpo simulado, los tres terminaron en el gran salón frente a la chimenea.
—Estás lista —susurró Niall, arrodillado frente a ella para desatar las vendas de sus manos, besando sus nudillos magullados con una lealtad absoluta—. Los Vane y cualquier otra rata de Londres deberían temerte más a ti que a nosotros.
Harry se acercó y colocó sus manos sobre el vientre de Ana, sintiendo una ligera patada, un recordatorio de la vida que crecía bajo la sombra de las armas.
—Eres nuestra Reina, Ana —dijo Harry, su voz ronca—. Y este niño nacerá en un mundo que ya hemos conquistado para él. Pero tú serás quien le enseñe que el apellido Styles no se porta, se defiende con sangre.
Ana ya no recordaba a la mujer que revolvía sopa en un departamento barato. Ahora, cuando se miraba al espejo, veía a una mujer que vestía seda y portaba plomo. Se sentaba en las reuniones de "negocios" a la derecha de Harry, con Niall siempre a su espalda como una sombra letal.
Había aprendido a disfrutar del silencio que se producía cuando ella entraba en una habitación. Había aprendido que el amor, en su mundo, no era flores y poemas, sino la seguridad de que dos de los hombres más peligrosos del mundo morirían y matarían por ella.
El heredero estaba en camino, y Ana Styles, la mujer que una vez buscó el "camino del bien", se había convertido en la pieza más letal del tablero londinense.
Holaaa. ¿Cómo están? Les traigo una nueva entrega. Espero que les guste mucho tanto como las anteriores. Prometo subir lo antes posible la última parte.
Mil gracias por sus mensajitos. Me encanta leerlos.
A. S.
ESTÁS LEYENDO
One Shots H. S. (+18)
FanfictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
