Había pasado tres días desde la llamada del colegio al Asturiano. Ciriaco había tenido un ataque de ansiedad, no sabían los motivos y el pequeño de los Gómez no había vuelto hablar desde el incidente. La situación parecía agravarse y Manolita y Marcelino no sabían cómo actuar.
Amelia había acudido al Asturiano como casi todas las mañanas, se había sentado en una de las mesas situadas junta al ventanal y miraba concentrada pasar a la gente. Observaba el ir y venir de la ciudad, el ritmo frenético de los viandantes, las miradas perdidas, los caminos automatizados, una sonrisa inesperada, un saludo.
- Es curioso ¿eh? Parece que saben a dónde van. - Una voz cálida interrumpió sus pensamientos, alzó la mirada y la vio; una joven rubia de ojos grandes y marrones la miraba con una sonrisa, en su mano llevaba una libreta y un boli.
- Luisita ¿verdad?.
- La misma. - Sonrió.
- Soy Amelia, encantada .- Alargó su mano, pero Luisita ya se había agacho para darle dos besos.
- Encantada, ya tenía ganas de conocerte, mis padres hablan maravillas de ti.
- ¡Ah! ¿sí? - Contestó extrañada.
Se llevaba muy bien con el matrimonio pero ¿tanto?
- Sí, ¿qué pasa? ¿te extraña?
- Sí, no, bueno un poco. No suelo ser muy extrovertida. - Intentó justificarse.
- No es cuestión de ser extrovertida, es una cuestión de ser agradable ¿no? Además mis padres tienen muy buen ojo y si les gustas tanto por algo será. - La rubia volvió a sonreír y le guiñó un ojo. Debía de ser un gesto de cordialidad.
Amelia no supo qué responder, los halagos procedentes de una persona que no conocía le extrañaban mucho. Le extrañaban y no le daba mucha confianza. Se hizo un leve silencio entre las dos que no duró demasiado por suerte para Amelia. Odiaba los silencios, le generaban mucha ansiedad.
- ¿Ya sabes lo qué vas a pedir?
- Un café con leche con un poquito de miel y barritas con tomate. Gracias. - Respondió.
Luisita anotó el pedido y se marchó con una actitud pizpireta. Tras su marcha la morena respiro aliviada, ser sociable ahora mismo suponía un gran esfuerzo para ella.
Al poco de irse la camarera, Marcelino entró con un niño de unos nueve años de la mano, en cuanto cruzó la puerta, el pequeño miró a Amelia quien le devolvió la mirada y sonrió. El niño no respondió a aquella sonrisa.
- ¡Amelia! ¡Qué bueno verte!.
- ¡Marcelino! - La joven se levantó y le dio dos besos - ¿Qué tal estáis?
- Pues aquí, que hoy Ciriaco - señaló al niño que iba con él - tiene el día libre ¿verdad? - Ciriaco no respondió. - Bueno, te presentó; Amelia, Ciriaco; mi hijo. - Amelia se agachó para estar a su altura.
- Hola Ciriaco. - Antes de que Amelia pudiera decir algo más, Ciriaco le interrumpió.
- No entiendo por qué hay que dar dos besos para saludar.
- ¡Ciriaco! - Le reprendió su padre.
- Yo tampoco lo entiendo, - respondió Amelia muy bajito para que sólo él lo escuchase - pero lo hago porque todo el mundo lo hace. - Ciriaco se encogió de hombros.
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Kintsugi
Storie d'amoreEl kintsugi es la práctica de reparar fracturas de la cerámica con barniz o resina espolvoreada con oro. Plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse. Amelia y Luisita tendrá...
