Capítulo 9

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Caminaba despacio, examinando cada uno de los rincones, estudiando la dirección del viento. Sabía que algo iba a suceder. Lo presentía. El nudo de su garganta se iba agrandado a medida que sus pasos se ralentizaba, el aire dolía, el viento rugía y su mirada se perdía en la oscuridad de una calle que no parecía tener fin. Notó un agarre frío. Sabía quien era. Siempre era la misma persona. Esa persona que nunca pudo soltar, aquella a la que no dejó ir. No quería mirar, no quería recordar sus rostro, sus ojos suplicando o esos labios agrietados por el frío. No quería ver. No debía ver. Se sentía como Orfeo a punto de cruzar el inframundo, sentía que si miraba se iría como se fue Eurídice. Una parte de ella no quería que se fuera, aunque doliera, aunque humedecieses sus ojos, aunque abriera heridas. Quería seguir aferrada a esa mano, atraerla hacia ella y no abandonarla nunca. 

La mano tiró de ella con fuerza hasta derribarla. Amelia cerró los ojo. Sintió como la arrastraban por el suelo como si de un muñeco se tratase, su brazo comenzaba a ceder, una descarga recorrió  todo el cuerpo arrancándole un grito de dolor, percibió las piedras del suelo clavarse en su costado que ahora estaba desnudo. Seguía gritando pero sólo había silencio. Un inmenso silencio que devoró cada uno de sus sentidos. El vacío se hizo presente, la mano la soltó dejándola  en la más absoluta soledad. Amelia, aterrada y dolorida, abrió los ojos despacio, con el miedo en su cuerpo y con la ansiedad al borde de su comisura. Alzó la mirada  y le vio: Ciriaco.

Amelia se despertó de golpe con el corazón acelerado, un sudor frío recorrió su espalda y sus pulmones respiraron con urgencia. Aún con los ojos empañados y con una sensación de malestar la joven se incorporó de la cama. Caminaba despacio, con la angustia de la pesadilla en la boca y con el miedo abrazado a ella. No era capaz de soltarlo. Nunca fue buena soltando.

Se sentó en el sofá con una taza de café y miró a la ventana, al patio interior blanco, a la nada. Sintió el desasosiego, sintió que nada acabaría con esa tristeza. Ni si quiera Luisita. 

Miró el móvil.


NATALIA [12:03]

Llámame que llevo toda la semana detrás de ti.


Natalia no tardó ni tres segundo en contestar.

- ¡Uy!¡Qué rapida! - Respondió Amelia.

- Menos mal, como te gusta hacerte de rogar.

- ¿Qué quieres?

- Menudo humor ¿qué te pasa?

- Nada.

- Amelia que nos conocemos, que conozco tu voz.

- Nada, de verdad.

-¿Otra vez con las pesadillas?

Amelia respondió con un sonido gutural.

- ¿La de siempre?

- Más o menos.

- Amelia, ya sabes como funciona esto. No seas  tan dura contigo.

- Lo sé, pero estoy cansada, cada día más, y te juro que a veces no sé qué hacer, no sé cómo quitarme - Amelia contuvo las lágrimas - esta tristeza que me aprieta.

-  ¿Quieres que vaya a Madrid? Podemos pasar un fin de semana de amigas.

- No, tranquila, no te preocupes, estaré bien. Es cuestión de tiempo ¿no? - No sonó nada convincente. - pero ¿para qué me llamabas?

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