Capítulo 22

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Evitar lo inevitable nunca servía de nada. Tenía que hacer frente a la situación por muchos miedos que tuviese.  Luisita y ella se merecían una conversación, aclarar sus últimos encuentros, ser sinceras la una con la otra. No creía que fuese capaz, debía reconocer que cada vez que tenía a la rubia cerca su parte más racional se nublaba por un inmenso deseo. Por supuesto, que, para Amelia, Luisita era más que una cara bonita. Todo de ella le atraía, pero a nivel físico, a nivel de química, era algo que no podía controlar. Aunque esta vez tenía que hacerlo.

Había aceptado la invitación de Luisita contra todo pronóstico porque creía que era lo mejor después de lo ocurrido. No quería que se volviera a repetir lo de hacia una semana, no quería más días de silencios, de dudas. 

Se cambió varias veces de ropa indecisa por el look ¿Cómo se viste una para ir a desayunar a la casa de la chica que te gusta con sus hermanos pequeños y con ella?  Acabó eligiendo unos jeans de tiro alto, una camisa blanca metida por dentro y unas converse del mismo color, se soltó el cabello ondulado y se maquilló lo justo para ocultar las ojeras de una larga noche. Respiró hondo antes de salir y se dio unas palabras de aliento. Desde que vivía sola se había acostumbrado a hablar con ella misma, consecuencias de convivir con la soledad, decía. 

Antes de llegar a casa de Luisita hizo un par de paradas, no quería aparecer con las manos vacías. 

Luisita mientras tanto había recogido y limpiado la casa por tercera vez, quería que estuviera todo perfecto, hizo café, dispuso los vasos y los platos en la mesa del salón e hizo zumo de naranja. Una vez que llegara Amelia le haría tostadas o lo que quisiera.

Sonó el timbre. 

Todo ahora parecía diferente.

 Amelia estaba detrás de la puerta más nerviosa que ayer, se atusó el pelo justo antes de que Luisita la abriera. 

Ahí estaba; con su sonrisa, con sus ojos llenos de luz.

- Hola - Saludó Amelia.

- Hola, pasa - Le hizo un gesto para que entrase.

- He traído croissants y churros, no sabía que te gustaba más. 

- Me gustan las dos cosas - sonrió. - pero no hacía falta, tenía pensado hacer tostadas o lo que quisieras.

- Pídele tortitas - Se escuchó una voz aguda salir del salón. 

- Buenos días Catalina ¿Qué pasa que quieres tortitas?

- Sí, pero Luisita no me las quieres hacer, seguro que si se las  pides tú, las hace.-  Soltó para sorpresa de su hermana mayor.

- ¡Tú no estabas jugando a la consola! Pues céntrate que luego pierdes y me vienes a llorar. - Le sacó la lengua.

- También he traído esto - Le dijo a Luisita mientras sacaba de su bolso dos cajas de pinturas.

- ¿Pinturas?

- Sí, para tus hermanos, después de lo de ayer imagino que no habéis podido salvar muchas pinturas. - sonrió.

Eso sí que no se lo esperaba. Aquel detalle con sus hermanos era demasiado. Cómo no la iba a idealizar, era imposible no hacerlo.

- Pues aún no hemos hecho la evaluación de daños - volvió a sonreír -  pero seguro que les va a encantar. - Cogió las pinturas, sus dedos se tocaron, un roce leve, pero lo suficiente para que ambas tuviesen que tragar saliva.

- ¿Te ayudo con algo? - Preguntó Amelia mientras se quitaba la cazadora de cuero.

- No, tranquila, ya está todo. Siéntate y vete sirviéndote si quieres, que voy a por la miel que se me ha olvidado. - Se fue a la cocina.

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