3. Educación

263 20 2
                                        

Con el pasar de los años, Katrina se sentía tan orgullosa de lo que hacía que incluso le daban ganas de presumirlo. Estaba educando a la persona que ocuparía su lugar un día y Dylan lo hacía tan bien que se sentía muy satisfecha con todo. Tanto que cada vez que Issac la llamaba, ella le decía los avances que Dylan tenía en alguna cosa. Porque desde el momento en el que su hijo salió elegido en ese libro, Bryce Cassell decidió mandarlo a estudiar muy lejos. Al principio fue porque pensó que hablarían de él y no quería que su hijo pasara por eso. A comparación con Dylan que era pequeño, Isacc tenía 16 y entendía todo lo que pasaba, por lo mismo podría ser más suceptible a algún comentario malicioso de alguien del pueblo. Además su destino no se cumpliría hasta en 10 años, no tenía caso que se mantuviera ahí. Tenía un potencial enorme y como futuro jefe de familia debía recibir una educación excelente. Lo mandaron a un internado en otro estado. Se mantenían comunicados y con el pasar de los años el joven no hizo más que acumular logros y éxito.

Eso ponía muy contentos a Katrina y Bryce Cassell. Él no se involucraba en la educación que Dylan recibía pero sí la financiaba. Sabía que nadie podría ser mejor para educar a Dylan que ella. Con el pasar del tiempo pudo tratar un poco al joven porque debía hacerlo puesto que un día se casaría con su hijo, y descubrió a un jovencito ejemplar. Así que lo de la maldición no le preocupaba. Sentía que tenían todo cubierto.

Dylan Jensen por otro lado no se sentía tranquilo para nada. Creció bajo mucha presión recibiendo lecciones y siendo reprendido para que fuera de un modo en específico, con todo el pueblo vigilando que aceptara su destino. Nadie pensaría que pudiera huir pero era una posibilidad así que en algún momento siendo él muy pequeño los habitantes del lugar le expresaron esa inquietud a sus padres. Ellos creían que era una exageración sin embargo los Cassell sí lo tomaron en serio. No temían que Dylan huyera porque les parecía alguien muy amable como para hacer eso pero creían que podría pasarle algo. Era un jovencito pequeño y tímido, si algo le pasaba no podría defenderse o ayudarse. Le consiguieron un guardaespaldas. Así que desde que era muy niño, Dylan vivía con alguien siguiéndolo a todas partes. Y Kenneth Collins, un hombre que se formó como parte del ejército de joven, era alguien muy comprometido con su trabajo. Como habitante del pueblo sabía que terribles desgracias pasarían si Dylan no cumplía su destino. Jamás pasó que alguien no se casara porque algún accidente le pasara, principalmente porque las fechas del libro no dejaban pasar tanto tiempo sin embargo en el caso de Dylan serían diez años y muchas cosas podrían pasar en ese tiempo. Se prometió a sí mismo no dejar que nada le pasara a Dylan, sobre todo porque su padre había sido de las personas que murieron la anterior vez que una de las personas de la maldición no quiso cumplir su deber. Con eso en mente, sabía que no podía permitir que nadie más muriera. Así que protegía a Dylan a toda costa.

Sonaba como un trabajo fácil pero no lo era tanto. Dylan era amable y tímido pero también ingenuo y débil. Se caía y lastimaba con facilidad porque era alguien curioso que quería explorar todo. Él debía seguirlo todo el tiempo y no despegaba su vista de él en ningún momento. No lo reprendía porque ese no era su trabajo pero sí le recordaba que no debía hacer cosas peligrosas. Aún así en el transcurso de los años muchas cosas le pasaron. A los diez años cayó en una fuente cuando perseguía a una rana. El pueblo era un sitio cuyo clima era frío, nevaba la gran mayoría del tiempo y casi no salía el sol, cosa que hizo que el agua de esa fuente estuviera casi congelada a pesar de ser verano. Además Dylan no sabía nadar. Él lo sacó de ahí y lo puso a salvo. Katrina lo reprendió tanto por eso, más que sus propios padres. A Kenneth no le gustaba cuando regañaban al niño. Sabía que Dylan era delicado, dulce y sensible, tanto que sí le dolía que le hablaran así. Sin embargo nunca pudo oponerse a Katrina. A los 13 años, Dylan enfermó y tuvieron que llevarlo al hospital. No fue su culpa que un virus decidiera atacarlo pero Katrina lo regañó como si lo fuera. De hecho para Kenneth la culpa era de ella que le exigía estudiar mucho aún cuando el jovencito ya tenía muy buenas calificaciones en la escuela. Le exigía tener clases extracurriculares muy intensas que fueron las que llevaron a Dylan a colapsar así.

A los 15 años, Dylan se perdió en el bosque. Salió de excursión con sus compañeros de la escuela y aunque Kenneth lo siguió, no podía estar todo el tiempo a su lado. Dylan debía ir al baño y él le dio su espacio. Pasaron los minutos y no regresó. Lo buscaron sin encontrarlo. Se tuvieron que formar grupos de exploración con gente del pueblo para buscarlo. Lo encontraron cerca de un árbol sano y salvo. Nadie creyó que alguien tan dulce pudiera pensar en hacer algo tan egoísta como huir y poner en riesgo a todo el pueblo. Sin embargo Kenneth sí tenía dudas. Él mejor que nadie comprendía la cantidad de presión bajo la que vivía ese niño. Así que decidió preguntarle. Fue a la habitación del joven. Entró y lo encontró sentado sobre su cama mientras miraba algún punto en el suelo, totalmente absorto en sus pensamientos. Se veía muy triste.

— Perdón por la intromisión— dijo.

Dylan levantó la mirada. Se observaron.

— ¿Está bien?— le preguntó Kenneth.

El joven asintió lentamente. Kenneth se sentó a su lado.

— Debería descansar— le dijo—. Ha sido un día complicado.
— Ken, ¿Tú también piensas que traté de huir?— le preguntó—, todos lo piensan.

A Kenneth le tomó por sorpresa esa pregunta. Lo cierto era que una parte de él sí lo creía. Miró a Dylan. Se veía preocupado y triste. Un mechón de su cabello platinado estaba cubriendo su cara. Se lo acomodó detrás de su oreja.

— No— dijo—. Yo sé que usted es bueno y amable... jamás haría algo que dañara a nadie. Sabe que debe cumplir su deber o mucha gente sufrirá.

Dylan sólo lo observó.

— Pero ellos lo piensan— dijo el joven muy triste—. No confían en mí.
— No es que no confíen— dijo Ken—. Es sólo que tienen miedo. No quieren que pase lo de la vez pasada.
— Yo nunca me iría— dijo Dylan angustiado—. Sólo me perdí en el bosque. No sé por qué lo piensan...
— Porque saben que su vida es muy complicada. Saben que usted vive bajo mucha presión y aunque no lo crea eso hace que la idea de que quiera huir tenga sentido.
— ¿Tiene sentido para ti?
— Mucho— admitió él—. Lo sigo desde que tenía 8 años. Lo conozco y sé que se ha esforzado tanto, al punto que hasta es insoportable. Sin embargo nunca se queja. Nadie merece vivir así... si no fuera por la maldición, yo mismo lo ayudaría a escapar... aunque si no tuviera un destino por cumplir seguramente su vida no sería tan difícil. Sería como cualquier otro niño del pueblo.
— No es tan difícil— dijo Dylan—. La señora Cassell dice que es todo un honor.
— Quizá porque ella no se tiene como profesora. En ese aspecto es insoportable— dijo Ken entre risas.
— No deberías decir eso de ella, ha sido muy amable conmigo— dijo Dylan.
— Lo hace porque debe. Créeme, si no fuera usted el futuro esposo de su hijo no lo miraría siquiera. Así trata a todos los del pueblo.
— ¿Cómo... cómo crees que... sea él?— preguntó Dylan con timidez.
— ¿Quién?— preguntó Ken.
— Él. Su hijo.
— Ah, hablas de Issac— dijo Ken—. Es una persona inteligente e imponente como su padre... ¿Hace cuanto que no viene al pueblo?
— Cinco años— dijo Dylan.
— Ha pasado mucho tiempo lejos de casa— dijo Ken—. Falta poco menos de tres años para que deba regresar a cumplir con su destino así que no creo que vuelva hasta entonces. Según he escuchado, ayuda con los negocios de su padre y eso le toma mucho tiempo. Entiendo que deba mantenerse alejado por eso pero... ¿No sería mejor si volviera aunque sea de vez en cuando a verlo? Va a casarse con usted. Al menos deberían conocerse un poco antes de eso.
— Lo conozco— dijo Dylan—. Sé todo lo que le gusta y lo que no le gusta.
— Sí porque Katrina Cassell se lo ha dicho. No es lo mismo que conocerlo porque él se lo dijo o lo aprendió de tanto pasar tiempo a su lado.
— Está ocupado. No puede venir.
— O no quiere— dijo Ken.
— No es ningún problema para mí— dijo Dylan.
— Sí lo es. Deberían conocerse... sobre todo porque... el día de la boda no sólo harán una celebración... deberán consumar el matrimonio... ¿Entiende de qué le hablo?

Dylan lo sabía perfectamente. Asintió con la cabeza con angustia.

El libro de los amores imposiblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora