86. Mirada

79 9 6
                                        

Los guantes que tenía Dylan no lo dejaron hurgar bien en la nieve así que se los quitó y comenzó a pasar sus dedos por todo el frío suelo.
Cuando Katrina llegó hasta ahí porque le preocupaba que Dylan escapara, encontró al muchacho inclinado en el suelo tocando la nieve. Caminó hasta él.

— ¿Qué estás haciendo?— le preguntó.
— Busco algo— dijo Dylan sin dejar de hacerlo.
— ¿Qué cosa?

Pero Dylan no pudo decirle porque no sabía si Issac estaría feliz si ella supiera. Así que se quedó callado y se dedicó a buscar con rapidez.

— Te vas a congelar— le dijo ella—, ven, vamos adentro.

Pero Dylan no se levantó, siguió en lo suyo. Ella suspiró. Pensó en qué hacer y entonces tuvo una idea. Se alejó de ahí rápidamente buscando a Ken. Lo encontró en la mansión, ayudando a encender una chimenea. Le dijo que Dylan estaba afuera comportándose muy raro y ella no sabía qué hacer.
A Ken le pareció extraño todo eso pero pensó que quizá no era nada grave. Sin embargo al llegar al jardín trasero, vio al chico quitar nieve con sus manos mientras hacía hoyos en el suelo. Se acercó. Katrina no lo hizo, sólo los observó de lejos.
Ken llegó hasta Dylan.

— ¿Todo está bien?— preguntó.

Dylan reconoció la voz y al ver unos zapatos junto a él, no pudo evitar levantar la cabeza. Vio que Ken lo observaba.

— ¿Puedo preguntar por qué hace hoyos en la nieve?— le preguntó Ken.

Dylan sintió ganas de llorar. No sabía bien por qué, todo lo que entendía era que le dolía mucho el corazón y sus dedos estaban ya muy fríos.
Ken vio la cara angustiada de Dylan y entendió que parecía estar a punto de ponerse a llorar. Le ofreció su mano.

— Ven, vayamos adentro— le dijo.

Dylan no tomó su mano, sólo bajó la cabeza y comenzó a llorar. Ken se sintió muy mal al verlo así. Se arrodilló en la nieve para estar a su nivel y poder abrazarlo. Al sentirlo así, Dylan lo rodeó con sus brazos. Cerró los ojos y lloró sin detenerse, tratando de que todo el dolor que sentía se fuera.
Katrina escuchó los sollozos del joven y se sintió muy mal. Imaginó que debía extrañar a su familia y se arrepintió por llevarlo hasta ahí.

Después de unos minutos de llanto, Dylan se detuvo. Se sentía mejor. No había llorado por todos esos días aún si sentía ganas. Al verlo más calmado, Ken dejó de abrazarlo y lo observó.

— Hay que ir adentro— le dijo.

Dylan negó con la cabeza.

— ¿Por qué no?— preguntó Ken.
— Busco un anillo— admitió Dylan con nerviosismo.
— ¿Un anillo?— dijo Ken sorprendido—, ¿Perdió su anillo de bodas?

Dylan negó nuevamente.

— ¿No me diga que perdió el de compromiso?— dijo Ken asustado.

Dylan volvió a negar.

— Otro anillo— dijo sin atreverse a decir la verdad.
— Si lo perdió aquí, debe encontrarse en algún lugar— le dijo Ken—, pero hay mucha nieve como para buscarlo. Cuando se derrita podríamos buscarlo, ¿Está bien?

Dylan no quería aceptar que buscarlo era complicado pero aún así asintió con la cabeza sin ánimo.

— Bien, vayamos adentro— le dijo Ken y lo tomó del brazo para guiarlo hacia el interior de la mansión—. Aquí hace frío. Busquemos una chimenea.

Dylan se dejó conducir hasta la mansión. Katrina los siguió en cuanto los vio pasar.
Ken llevó a Dylan hasta la chimenea del salón central. Se sentaron en el sofá más cercano. Katrina dijo que iría por café. Los dejó solos. Dylan tenía la cara muy roja y parecía cansado. Ken se sintió mal por él y quería decirle que mejor fuera a su habitación pero Dylan lo interrumpió.

El libro de los amores imposiblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora