31. Panecillo

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Matty se despertó y apenas pudo abrir los ojos porque los tenía inflamados por tanto llorar. Sentía que la luz de su habitación era demasiado brillante y hacía frío así que se cubrió con el edredón y se quedó un buen rato simplemente pensando en si debía levantarse o no. Principalmente porque no quería encontrarse con Issac. Se sentía muy molesto con él. Se animó a dejar la cama después de una hora. Salió de ahí y fue al baño. El agua caliente lo relajó un poco. Se quedó en la tina un buen rato, repasando lo acontecido. No se sentía mal. De hecho siempre quiso decir eso. Quería a Issac pero una parte de él le temía y siempre lo vio como un cretino arrogante. Él se aguantaba todo porque debía ser el hijo perfecto. Pertenecía a la familia perfecta. Sin embargo esa familia estaba lejos de ser eso y él era todo lo opuesto a alguien perfecto. De hecho ese era el problema que él encontraba: si su familia estuviera menos obsesionada con las apariencias, Bryce no tendría que vivir escondido. Muchos en el pueblo bebían y hacían todas esas cosas que tanto avergonzaban a Issac pero nadie les decía nada porque no eran un Cassell. Y él ya estaba harto de eso. De absolutamente todo.

No se cambió, sólo se puso su pijama y regresó a la cama. Pensó en buscar una película pero entonces su estómago hizo ruidos porque tenía hambre. Salió en calcetines hacia la cocina. Se encontró con algunos empleados que le dieron los buenos días. Al llegar a la cocina notó que habían varias personas muy ocupadas.

— ¿Qué hacen?— preguntó.
— Buenos días— dijo Litzy, una de las chicas que trabajaba ahí—, preparamos todo para el almuerzo que ofrecerán sus padres y el señor Issac para el querido Dylan.
— Aunque me temo que no cocinamos tan bien con él— dijo el cocinero principal—. Si el señor Issac lo supiera no nos hubiera ordenado hacer eso.
— Aún así es lindo, ¿No?— dijo ella—, que él quiera ofrecerle algo así. Es muy considerado.

Matty no dijo nada aunque varias groserías pasaron por su mente al pensar en Issac. Simplemente tomó un tazón, escogió varios panecillos que habían acomodado en una especie de torre de panes y un poco de fruta. Se disponía a regresar cuando le preguntaron si él no participaría en ese evento.

— No, es algo íntimo— dijo—. Así que no deberían preparar tanta comida. No creo que Dylan se acabe una torre de panecillos.

Después simplemente se fue. Recorrió pasillos y subió las escaleras. Estaba atento a no tirar su comida cuando vio una sombra. Se detuvo. Era Bryce. Lo miraba fijamente, totalmente sorprendido.
En otro momento Matty se hubiera echo a un lado para dejarlo pasar o incluso se habría regresado para evitar encontrárselo pero ese día estaba harto de todo. De la casa, de su familia, de Issac, de ser un Cassell y de la misma forma en la que creció por años. Ya no quería seguir pretendiendo. Lo único que lo mantenía a raya de no explotar ante tantas injusticias era ese ímpetu por querer ganarse el reconocimiento de Issac. Por no querer fallarle. Le temía. Deseaba su aprobación. Sin embargo eso ya no le importaba tanto.

Nada parecía relevante en ese momento. Absolutamente nada. Ni siquiera Bryce.
Así que tomó firmemente su tazón y caminó como si nada.

Bryce creía que su hermano se dirigía a él y con temor se acercó a la pared. Matty pasó a su lado y generalmente cuando eso pasaba simplemente se iba pero en ese instante se detuvo. Lo miró fijamente. Sus ojos se encontraron.

— ¿Quieres un panecillo?— le dijo Matty con naturalidad—. Hay muchos en la cocina. Issac planea un almuerzo con los Jensen.

Bryce sólo lo miró con los ojos bien abiertos y la respiración acelerada mientras se acercaba más a la pared y se aferraba al papel tapiz.

Matty vio eso. Y no se sintió mal. No se sintió culpable. De hecho pensó que era patético.

— No necesitas un panecillo— le dijo—. Necesitas ir a terapia. Es obvio que algo en tu cabeza no está bien. Pero ese es tu problema, no el mío. No te pedí ir a salvarme. Así que no te debo nada. Si no soportas vivir conmigo entonces vete. Porque yo no me iré a ninguna parte. He sido miserable toda mi jodida vida y es mi turno de hacerlos miserables a ustedes. Sobre todo a ti. Me hiciste sentir como si fuera un error. Como si yo te diera asco. Y tal vez es así pero si esto es una competencia, tú me das más asco a mí.

Después tomó un panecillo y se lo arrojó a la cabeza.

— Busca un psiquiatra— le dijo Matty con amargura—. O sigue viviendo como indigente. Ya da igual.

Después simplemente siguió su camino. Fue hasta su habitación, se acercó a la cama, se metió entre las sábanas y buscó una película en su teléfono. La vio mientras comía panecillos y trataba de enfocarse en eso. Cuando terminó decidió levantarse para estirar sus músculos que se sentían adormecidos por estar en la misma posición por un buen rato. Decidió regresar el tazón a la cocina. Salió y se iba a dirigir con ganas a las escaleras cuando se detuvo abruptamente porque se encontró con Bryce. Estaba en el mismo lugar donde se lo encontró cuando iba. Sólo que en lugar de estar de pie se encontraba sentado en el suelo. Aparentemente miraba el panecillo entre sus manos. Sus cabellos largos cubrían su cara. Matty se acercó. Como no usaba zapatos sus pisadas no hacían ruido. Bryce parecía dormido, estaba totalmente inmóvil.

— Hey, tú— le dijo Matty.

Bryce se movió como si algo lo hubiera golpeado. Levantó la mirada hacia el frente. Vio a Matty. Fue tanta su impresión que hasta soltó el panecillo que rodó hasta llegar a los pies de Matty. Él se inclinó para recogerlo.

— Estas cosas se comen— le dijo Matty y le dio una mordida—. Excepto si tocan el suelo. Podrían haber bacterias. Pero eso no me preocupa. Si enfermo y muero, ¿No sería lo mejor para ti? No tendrías que verme nunca más.

Después simplemente siguió su camino hacia las escaleras. Llegó abajo. En el salón principal había una mesa bellamente acomodada y repleta de comida, los empleados estaban listos para servir pero no había nadie. Ni sus padres o los Jensen.

— ¿Y mis padres?— preguntó.
— Se fueron a invitar personalmente a los Jensen pero todavía no regresan— dijo el cocinero que estaba ahí.

Le pareció extraño pero como no le importaba decidió no hacer más preguntas. Fue a la cocina, dejó el tazón y pidió que le dieran té. Litzy se lo sirvió. Él le agradeció y la chica se sonrojó. Él la recordaba brevemente de sus viajes al pueblo. Ella debía ser del nuevo personal que se integró a trabajar porque su madre creyó que como faltaba muy poco para la boda necesitaría manos extras. Debía ser un par de años mayor que él pero no era muy alta así que parecía más joven.

— Tus padres tienen una ferretería en el pueblo, ¿No?— le preguntó, recordaba verla en ese sitio.
— Así es— dijo ella un poco sorprendida por esa pregunta.
— Parece interesante— dijo él.
— Tus padres han invertido en el negocio— dijo ella.

No eran sus padres, era Issac.

— ¿De verdad?— dijo con fingido interés.
—Tu hermano va a veces.
— ¿Issac?
— No, Bryce— dijo ella.

Eso le pareció interesante a Matty. No le sorprendía porque al parecer su hermano era alguien muy sociable que hablaba con todos. Menos con él pero eso ya no le importaba.
No dejaría que un acontecimiento de hace 20 años lo lastimara así. Ya era suficiente.

El libro de los amores imposiblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora