A Ken le parecía una locura que de la nada Issac decidiera volver en una semana. Sentía que era muy poco tiempo para que Dylan se preparara mentalmente para verlo. Aún así decidió apoyarlo en sus lecciones para que no se sintiera tan abrumado. Sin embargo era imposible: el joven no podía concentrarse porque se veía muy angustiado.
— Volveremos a las lecciones de piano luego— le dijo.
— La señora Katrina dijo que debo practicar— dijo Dylan.
— Podemos tomarnos un descanso— dijo él.
Katrina apareció. Se encontraban en el salón principal de la mansión de los Cassell frente a un gran piano.
— Dylan, Bryce se irá a casa del abuelo así que vamos a despedirlo— le dijo ella.
Dylan la observó confundido. No entendió porqué iba a irse. Se levantó y la siguió junto a Ken. Fueron a la entrada principal. Había un auto. Bryce se encontraba ahí de pie con su clásica chaqueta de piel y su cabello oscuro muy largo y ondulado. También usaba lentes oscuros probablemente porque la luz le molestaba por tanto beber el día anterior. Su padre le estaba diciendo algo pero él lo ignoraba. Matty se encontraba ahí pero no cerca. Katrina y Dylan se acercaron.
— ¿Ya están sus cosas adentro del auto?— preguntó ella.
— El chofer ya las metió— le dijo el padre.
— Bien, despídanse— dijo Katrina.
Ella iba a abrazarlo pero Bryce retrocedió un poco.
— Sólo... cuídate mucho— le dijo, miró a Dylan y a Matty—, ustedes deben desearle un buen viaje.
Pero tanto Matty como Dylan no dijeron nada. Dylan sabía que Bryce no solía hablar tanto así que aunque se sentía acostumbrado a verlo por ahí la verdad era que casi nunca estaba en la casa y no sabía qué decir. Y Bryce tampoco era hablador. Solía ignorar a todo el mundo.
— Sólo deja que se vaya— le dijo el padre evidentemente irritado.
— Bien, debes irte— le dijo ella a Bryce—. En la casa del abuelo encontrarás todo lo necesario para vivir un tiempo. Está vacía pero...
— Katrina, es suficiente— le dijo el padre.
Ella suspiró.
— Te veremos pronto. Pórtate bien— le dijo a Bryce.
Entonces el chofer se acercó.
— El auto no enciende— le dijo—. Creo que sé qué tiene pero me tomará unos minutos arreglarlo.
Bryce se acercó a los escalones que estaban en la entrada y se sentó ahí. El chofer comenzó a revisar el auto. Katrina y el padre lo miraron hacerlo. Matty simplemente se quedó ahí, lejos de ellos, mirando su teléfono. Ken creyó que podría ayudar así que se acercó al auto. Dylan miró a Bryce. Llevaba diez años entrando y saliendo de esa casa pero jamás entendió qué fue lo que hizo como para que todos excepto su madre lo despreciaran. Parecía ser mutuo porque él ignoraba a todos también aunque algunas veces le habló. Se acercó un poco y se sentó en los escalones a su lado. Estuvieron así unos segundos hasta que decidió hablar.
— ¿Es un buen lugar?— dijo con mucha timidez—. La casa de tu abuelo...
— Es mejor que aquí— dijo Bryce con la voz rasposa—. No hay nadie ahí.
A Dylan le sorprendió mucho escucharlo hablar. Y no sólo eso, estaba hablando con él, que no era su familia siquiera.
— Te gustaría— le dijo Bryce—. Es muy lejos de aquí... un día podrías ir. Cuando te canses y te dejen ir.
— ¿Cansarme? ¿De qué?— dijo Dylan confundido.
— De todo... aunque apuesto a que ya debes estar cansado ahora.
No era una mentira. Así que no dijo nada, sólo miró sus manos sobre su regazo con angustia. Bryce lo miró de reojo.
— Siento mucha lástima por ti— le dijo—. Siempre quise decírtelo. Pero siempre te ves tan triste que pensé que eso te haría llorar.
— No estoy triste— dijo Dylan.
— Tu cara se ve triste. Y está bien. Tienes miles de razones para estarlo... pobrecito. Ojalá un día puedas ser libre.
Después no dijo nada. Sólo se quedó en silencio mirando al chofer. Dylan decidió hacerlo también. Fueron unos minutos pero Dylan no se sintió incómodo a su lado. Usualmente sí se sentía así, sobre todo si se lo encontraba en un pasillo. Se ponía tan nervioso que no sabía qué hacer. Bryce siempre lo ignoraba aunque algunas veces sí le habló para decirle que iba a pasar o en una ocasión le avisó que olía a quemado cuando entró a la cocina y Dylan estaba horneando algo. La gran mayoría de interacciones que ambos habían tenido en diez años era porque él solía comer las cosas que Dylan cocinaba y siempre le decía que era delicioso. Bryce no solía estar en casa pero cuando sí y comía algo preparado por Dylan, siempre le decía que sabía bien. A Dylan siempre le alegró escuchar eso. Sentía que era honesto. Por eso no podía entender por qué lo estaban obligando a irse. Sentía que Bryce no era ninguna molestia, sobre todo porque casi nunca estaba en casa.
— Según el reporte del clima, se avecina una tormenta de nieve— dijo Matty mientras miraba su teléfono.
Sus padres se acercaron. Miraron el teléfono.
— Si viene una tormenta no sería prudente viajar hoy— dijo el chofer.
— Entonces se irá mañana muy temprano— dijo el padre molesto y se dirigió a la casa—. Pero no se quedará aquí más tiempo.
Entró rápidamente. Katrina y Matty lo siguieron.
Bryce se levantó y se fue por la calle. Dylan lo observó irse. Ken se acercó.
— Volvamos a tu casa— le dijo—. Si viene una tormenta es mejor estar ahí.
Se fueron. Efectivamente esa tarde hubo una tormenta bastante intensa pero en algún momento de la noche paró. Dylan se despertó temprano ese día para ayudar con la cafetería pero sus padres le dijeron que no abrirían. Al menos no como siempre, el servicio se haría únicamente adentro del lugar así que no necesitarían su ayuda. Como tenía tiempo antes de su lección de finanzas (porque Katrina le enseñaba eso personalmente) decidió aprovecharlo para ir a jugar en la nieve. A Ken no le pareció una buena idea.
— Podría ser peligroso— le dijo.
— Estaré bien.
— Necesita estar más protegido— le dijo.
Así que le aconsejó usar otro abrigo. Salieron y fueron por el pueblo. Las personas lo miraban. Como había nevado mucho el día anterior, las casas estaban llenas de nieve y muchos niños jugaban en todas partes. A Dylan le pareció algo muy divertido. Se encontraba mirando a unos pequeños que hacían un muñeco de nieve cuando repentinamente un niño que corría cerca se resbaló y cayó pasando a empujarlo. Dylan cayó de rodillas sobre la nieve. Ken se acercó de inmediato para ayudarlo a levantarse. Todos los que estaban ahí miraron y se acercaron, incluyendo la madre del niño.
— ¡Discúlpenos por favor!— dijo ella alterada y después se fue rápidamente con su hijo.
Algunas personas preguntaron por el estado de Dylan. Ken les aseguró que estaba bien. Se vieron aliviadas al saberlo. Dylan observó cómo se llevaban a ese niño. Desde que se supo lo de la maldición, todos lo trataban así, como si pudieran romperlo. Las madres alejaban a sus hijos de él. Jamás tuvo ningún amigo nunca. Consideraba a Ken su amigo pero sabía que realmente no lo era. Su trabajo era cuidarlo y mantenerlo a salvo. Lo hacía tan bien que si había algo que él no alcanzaba, Ken se lo daba. Si debía hacer algo que pareciera extenuante, Ken lo hacía. Si tenía que ir a algún lugar de dudosa seguridad, Ken lo inspeccionaba antes.
Dylan pensó que Bryce tenía razón. Él no era libre. Jamás lo fue. Nunca lo sería. Ya lo sabía pero usualmente nadie se lo decía. Siempre le aseguraban que la maldición no era una. Se trataba de un gran privilegio porque podría pertenecer a la familia Cassell. Pero no se sentía como un privilegio. Se sentía como lo que era: una horrible maldición.
Sintió ganas de llorar pero no quería hacerlo. Debía resistir. La verdad era que nunca fue una persona fuerte. Solía llorar mucho así que quizá Bryce también tenía razón cuando dijo que tenía una cara muy triste.
— Hay que irnos— dijo Dylan tratando de reprimir sus sentimientos.
— ¿Ya no quiere jugar en la nieve?— le preguntó Ken.
— Debo ir a mis lecciones— dijo Dylan.
Fueron a buscar al chofer.
A poco más de una hora de viaje del pueblo, Issac se maravillaba al ver el paisaje nevado. Ya quería llegar a casa. No creyó emocionarse por eso pero no había estado ahí en años así que la nostalgia lo invadió y se sintió repentinamente de buen humor. Esperaba ver a su padre, su madre y su hermanito. Por supuesto que también a su prometido. Eso lo intrigaba mucho. Deseaba poder saber cómo había cambiado el pequeño Dylan en todos esos años. Deseaba saber si era tal y como su madre decía, que presumía con orgullo que Dylan era la persona perfecta para él cada vez que tenía oportunidad.
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El libro de los amores imposibles
ParanormalSi tu nombre aparecía en el libro dorado junto al de otra persona, debían casarse o de lo contrario cosas terribles le pasarían a todo el pueblo. Dylan lo sabía, creció toda su vida sabiendo que un día debía casarse con Issac Cassell para salvar a s...
