Enviaron a Isaac a estudiar lejos. Y él aprovechó al máximo esa oportunidad. Estudió y se esforzó tanto que sólo se detenía si sentía que estaba por desmayarse. Eso también le fue recompensado: logró quedarse en la mejor universidad del país con la mejor puntuación en el examen de admisión. Así que regresó a casa antes de ingresar porque sabía que después no tendría mucho tiempo para viajes. Se encontró con su familia. No vio a Bryce porque él casi nunca estaba en casa. Pero sí se encontró con Matty. Él adoraba a su hermanito. Pero no fue el único niño que se encontró. Ahí también estaba un pequeño niño delgado y bajito de cabello platinado y ojos azules rodeados de largas y curvas pestañas.
Issac no le había dado mucha importancia a Dylan como persona, sabía que sería su esposo un día pero más allá de verlo como algo que pasaría inevitablemente, no lo pensó mucho. No quería. Era muy bueno controlando sus sentimientos pero la idea de casarse aún lo ponía nervioso. Sin embargo pidió que lo dejaran estar con Dylan a solas.
Fueron al jardín. Los Cassell tenían un jardín hermoso. A su lado estaba un invernadero. Dylan lo observaba cuando él decidió preguntarle su edad.
— Diez años— dijo el niño con dificultad.
Issac lo observó mientras pensaba que no había forma en la que él pudiera casarse con ese pequeño niño. Sobre todo porque él tenía 18 años y se consideraba todo un adulto. Ese niño era incluso más joven y pequeño que Matty. Sentía que no podía hacerlo. Pero se obligó a reprimir lo que sentía.
— Yo tengo 18— le dijo tratando de sonar agradable—. Cuando tú tengas mi edad, te casarás conmigo. Así que cuídate mucho hasta entonces. No podré venir tanto por aquí pero... quiero prometerte algo.
Dylan lo miraba sorprendido.
— Cuando vuelva y por fin nos casemos, te cuidaré y protegeré de todo— le dijo—. Para que nada te pase nunca. Haré que seas feliz siempre.
Luego le sonrió. Issac sentía que era como cuando le hablaba a Matty. Dylan entonces le regresó la sonrisa aunque muy tenuemente. Issac pensó que el niño se veía mejor sonriendo. Así que decidió que definitivamente cumpliría su promesa. Después de todo, ese niño tampoco tenía la culpa de que tuvieran que casarse.
Sabía que para lograr lo que quería tendría un camino difícil pero no planeaba darse por vencido.
Con el pasar de los años la vida le enseñó muchas cosas. La primera fue que la amabilidad no siempre era la mejor opción. Si quería volverse un buen líder no podría ser amable siempre. Después comprendió que justo eso era lo que detenía a su padre para obtener más. De arriesgarse y ganar. Así que dejó de serlo paulatinamente. También se volvió muy controlador. Todo a su alrededor debía ser como él quería, de acuerdo a un plan. Esto último lo desarrolló cuando comenzó a manejar los negocios de su padre. La perfección y la exactitud eran las virtudes que más buscaba en todo. Así que descubrió que muy pocas eran así en su vida. Pero decidió cambiarlas. Se sentía con la autoridad de exigirlo porque se lo merecía. Si él era perfecto todo debía serlo. Empezaría por su familia.
Comenzó a darle órdenes a sus padres. Ellos lo cuestionaban al principio pero dejaron de hacerlo. Quizá cuando Issac aprendió otra lección de vida: la gente respeta más a las personas si les temían. Inconscientemente asimiló aquello, siempre parecía de mal humor y daba tanto miedo que incluso su propia familia lo trataba con cuidado para no hacer algo que no le gustara. Él ganaba mucho dinero así que sentía que se merecía un trato especial. Exigirle a su familia daba resultados favorables porque todos excepto Bryce eran personas respetables. Como no podía hacer nada para arreglar a su hermano, decidió ignorarlo. Tanto que en algún momento se le olvidó que existía y visualizaba a su familia de este modo: su honorable padre, su estricta y amorosa madre, su inteligente y alegre hermano menor, y por supuesto, su talentoso prometido. Él exigía reportes de lo que hacía Dylan. Aunque no lo veía sabía que no debía existir mejor persona para él porque su madre lo educaba para que en algún momento tomara el lugar que le correspondía: a su lado. Los avances del pequeño Dylan eran sorprendentes porque parecía ser bueno en todo. A Issac no le sorprendía porque Dylan sólo estaba cumpliendo su parte del trato. Para él con eso le bastaba, lo demás no le importaba. Jamás lo vio como una pareja. Sabía que se casarían y vivirían juntos pero no significaba que serían realmente una pareja. Al menos él no se sentía atraído por Dylan en lo absoluto. Aunque eso no significaba que no planeara cumplir su promesa. Se juró a sí mismo hacerlo feliz y eso significaba serle fiel. Aunque sabía que algo así le costaría trabajo.
Issac había investigado a lo largo de los años todo sobre la maldición. Cada regla, cada antecedente, cada historia, él la sabía perfectamente. Al principio pensó que debía existir alguna forma de romper la maldición pero como nunca la encontró, decidió mejor enfocarse en las reglas y encontrar algo que pudiera usar a su favor. Lo hizo. Según los antecedentes, para detener la maldición no hacía falta ser vírgen. Sólo debías consumar tu matrimonio el día que decía el libro y quedarte con esa persona por siempre. Lo que significaba que él podría estar con quién quisiera antes de su boda. Así lo hizo. Tener sexo le gustaba. Le ayudaba con el estrés así que buscaba a mujeres para hacerlo. Lo hacía con regularidad aunque pocas veces con la misma mujer. Tampoco solía tener amigas, no sólo por falta de tiempo sino porque temía enamorarse. Pensaba que eso jamás le pasaría a alguien como él porque el amor no estaba en sus planes pero no quería arriesgarse. Además estaba muy convencido de que lo único bueno que podría ver en otra persona era si el sexo le resultaba estimulante. Cosas como conocerse o pasar tiempo juntos le parecían tontas. Sus conocidos y socios lo hacían con sus novias pero era porque buscaban poder casarse y él no tenía la necesidad porque ya tenía asegurado alguien con quién hacer eso. La compañía de otros era sólo por sexo. Pero eso terminaría una vez que se casara. Él le sería fiel a Dylan aún si eso significaba no volver a tener sexo con nadie nunca. Sentía que ese niño no se merecería saber que su esposo andaba con otras personas. Aunque una parte de él pensaba que quizá no lograría hacerlo. Pasar el resto de sus días sin sexo parecía demasiado triste. Porque él planeaba tocar a ese niño una vez sólo para cumplir la maldición y después no tendrían ese tipo de relación a pesar de ser esposos. Después de todo a él no le gustaban los hombres. Pero ser fiel así parecía imposible. Le gustaba tener sexo. Era de las pocas cosas que le resultaban verdaderamente placenteras. Pero ante todo era un hombre de honor. No le sería infiel a su esposo.
En ese momento mientras se debatía si debía ir a casa o no, volvió a recordar aquel encuentro con Dylan en el jardín. Recordó que el niño parecía un poco tenso así que él le regaló un caramelo. Le quitó la envoltura y le dijo que abriera la boca. Dylan lo observó confundido.
— Sólo ábrela— le dijo Issac.
El niño lo hizo. Issac empujó el caramelo por sus labios. Después le sonrió.
— ¿Sabe bien? Es de cereza— le dijo.
Dylan asintió.
Issac recordaba que cuando hizo eso, sus dedos tocaron levemente la comisura de los labios del chico. No entendía por qué en su mente ese momento estaba muy claro. Y comenzó a preguntarse qué tan diferente se había vuelto ese niño. Según su madre y algunas fotos que tenía, Dylan seguía siendo pequeño y delgado aunque no tanto como cuando tenía diez años. Así que repentinamente sintió ganas de descubrir cuánto había crecido.
— Me iré— dijo—. Mañana mismo.
Así que ordenó a su asistente que preparara todo. Iba a avisarle a su madre pero decidió sorprenderlos. Nadie lo esperaría así que definitivamente sería una sorpresa.
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El libro de los amores imposibles
ParanormalSi tu nombre aparecía en el libro dorado junto al de otra persona, debían casarse o de lo contrario cosas terribles le pasarían a todo el pueblo. Dylan lo sabía, creció toda su vida sabiendo que un día debía casarse con Issac Cassell para salvar a s...
