68. Vendas

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Después de cambiar sus vendas, Issac fue al auto de sus padres. Ya quedaba muy poca gente ahí porque todos habían salido para ir a la mansión. Bryce ya se encontraba en el vehículo, usaba lentes de sol y bebía de su botella cuando Issac entró al auto. Matty subió y se veía evidentemente incómodo. Sus padres subieron y el chofer comenzó a conducir.

— Bryce, deja de beber— le dijo Katrina—. Tú hermano podría necesitar otra transfusión y sólo tú puedes ayudarlo.
— Se ve bastante bien ahora— dijo Bryce evidentemente mareado—, pero no tan bien... ¿Quieres?

Le ofreció su botella a Issac. Él la tomó y le dio un trago grande.

— No puedes estar ebrio, debes hacer algo muy importante en la noche— le dijo su padre con molestia.
— Nadie se embriagaría sólo por un trago— dijo Katrina.
— ¿Por qué siempre justificas todo lo que hacen aún cuando están mal?— le dijo él.
— Son mis hijos y siempre los voy a defender— le dijo ella enojada—, además no sé qué tiene de malo que beba un poco. Si eso lo ayuda a no tener miedo, que lo haga.
— ¿Y de qué tendría miedo? Aquel niño tonto es muy pequeño y no veo cómo podrían salir mal las cosas— dijo el padre.
— Lo dices porque no estás en su lugar— le dijo ella.
— Por favor ya no sigan— dijo Matty—. Van a poner más nervioso a Issac.

Sin embargo Issac se encontraba más preocupado por las palabras que dijo aquella mujer.
Los Jensen llegaron a la mansión y bajaron del auto. Entonces se encontraron con muchas personas que los esperaban ahí. Los escoltaron hasta el interior de la mansión. Becca pensó que temían que Dylan huyera de nuevo. No le sorprendía que todos estuvieran tan paranoicos pero sí le pareció algo muy triste.
Poco después llegaron los Cassell. Ellos fueron mejor recibidos que los Jensen, no los rodearon para obligarlos a entrar. No era para menos, después de todo Issac siempre se había mostrado dispuesto a afrontar su destino y muchos lo admiraban por eso.
Entraron todos al salón principal de la mansión. Habían varios adornos florales y asientos para las personas. Parecía una fiesta como cualquier otra pero nadie se veía feliz. Todos se encontraban muy nerviosos aún si no tenían que hacer nada más que esperar. Sabían que si algo no salía bien, empezaría alguna catástrofe que mataría a gente del pueblo. Era imposible estar tranquilo frente a esas posibilidades.
Les ofrecieron comida y todos comieron pero sin entusiasmo. El lugar se escuchaba bastante tranquilo.
Issac se disponía a comer cuando vio que la mujer de antes salía del salón junto al hombre. Entonces los siguió. Los dos se detuvieron afuera. Él le ayudó a ella a ponerse su abrigo porque la temperatura ya había bajado mucho.

— ¿Ya se van?— preguntó Issac.

Los dos lo miraron.

— No nos quieren aquí— dijo ella—. Y se hará noche pronto. No vivimos cerca. Llegar a nuestra casa llevará un tiempo.
— ¿No van a esperar como todos los demás?— dijo Issac.
— La gran mayoría está aquí porque temen estar solos en caso de que algo salga mal— le dijo ella—. Eso no nos asusta a nosotros.

Él le terminó de acomodar el abrigo y la tomó de la mano para irse. Issac se acercó más a ella.

— ¿Qué fue lo que dijo cuando estaba en la iglesia?— le preguntó.

Ella lo cuestionó con la mirada.

— La vi susurrar unas palabras— dijo Issac.
— Recé por ustedes— le dijo ella—. Se ve que se detestan. Pero no tiene que ser así. Ojalá pudieran ser como nosotros. Nos hemos vuelto buenos amigos. Tampoco es como si tuviéramos más opciones. Pero sólo nos tenemos a nosotros. Eso nos hizo unirnos.

Entonces evadieron a Issac y caminaron lejos de ahí, tomados de la mano. Él los miró irse por la calle. No había nadie más que ellos. El silencio era agobiante pero para esas dos personas no parecía importar.

El libro de los amores imposiblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora