144. Invitados

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Litzy era considerada una chica alegre y simpática. Se llevaba bien con todos en la mansión y la relación con su familia no podría ser mejor. No pensaba que pudiera ser alguien tan ambiciosa, sin embargo cuando pensaba en Matty, las cosas cambiaban. Lo deseaba. Pero más que por sí mismo, el deseo era por todo lo que lo rodeaba. Matty era amable y agradable, además de muy hermoso, pero a ella eso poco le importaba. No lo sabía, pero lo hubiera deseado igual aún de considerarlo repugnante. Bryce tenía razón con ella: lo que le interesaba era todo lo brillante que rodeaba a Matty. Sin embargo, la muchacha no lo hacía con malicia. En realidad no estaba consciente de sus verdaderos deseos. Lo que tampoco sabía era que había una parte sumamente rencorosa que estaba reprimiendo en su interior y que ya no podía contener. Le dolió cómo Bryce le habló y quería poder desquitarse de él. Pero no sabía cómo. No era su intención lastimarlo, sólo quería un poco de satisfacción. No sabía que la oportunidad aparecería ante él por sí misma.

Esa noche, tanto Matty como Bryce no bajaron a cenar. Se perdieron de la anécdota de Issac y Dylan sobre cómo se extraviaron en el bosque.
Katrina había enviado a llamarlos pero ninguno apareció. Issac dijo que estaba bien así que ella lo dejó pasar. Ordenó que les llevaran su comida a su habitación. Litzy se ofreció para llevar la de Matty. Sin embargo no sabía que su ofrecimiento sería tomado como que quería ayudar y también le pidieron llevarle a Bryce. Con desagrado, terminó aceptando.

Llevó el de Matty, le habían dicho que si no lo veía en su habitación, lo dejaran en la mesa más cercana. No lo vio así que simplemente lo dejó ahí mientras se sentía decepcionada. Después fue por el de Bryce. Cuando subía las escaleras, se le ocurrió jugarle una broma. Le puso la tapa floja al salero, de manera que a Bryce se le cayera toda la sal si trataba de ponerle a su comida. No sabía si eso funcionaría, pero sólo de imaginar que sí, sonrió complacida.

Llevó la comida y se encontraba pensando en qué parte del suelo quería dejarlo (porque en caso de Bryce, estaba prohibido que entraran a su habitación), cuando escuchó un ruido. Parecían quejidos, así que alarmada, dejó la charola en el suelo rápidamente y después tomó el pomo de la puerta con determinación. Pensó que quizá Bryce se encontraba herido. Sabía que su salud no era buena y aunque sentía un fuerte remordimiento por el joven, tampoco quería que sufriera. Cuando pensó en tocar, se dio cuenta de que realmente no estaba bien cerrado. Agradeció eso y empujó un poco la puerta. Fue ahí donde escuchó el ruido otra vez, pero ahora ya no le pareció un quejido apagado. Era un gemido.
Se quedó pasmada por unos segundos. No podía creerlo. Sin embargo, el sonido volvió. Esa fue su señal para cerrar la puerta con cuidado y nerviosismo. Luego se alejó rápidamente, temiendo ser descubierta. Corrió a la cocina. Ya ahí, Sarah le ordenó lavar los platos. Ella lo hizo mientras pensaba en lo que acababa de presenciar. Era más que obvio que Bryce estaba teniendo sexo, pero no sabía con quién. No reconoció la voz que gemía, pero sí tenía mucha curiosidad.

Pensó que debía ser alguien que Bryce conociera. Pero ella jamás lo había visto hablar con ninguna mujer en el bar. Dedujo que debió conocer a la persona en la mansión. Quizá alguien del servicio. Que Bryce tuviera problemas de salud, no significaba que no pudiera tener sexo como las demás personas. Imaginó que era como los jóvenes comunes, que tenían necesidades. Pensó en todas las chicas del servicio y aunque odió aceptarlo, Marie era la que más atractiva le parecía. No obstante, ella no parecía alguien que se acostaría con su jefe. También pensó que quizá por eso Katrina la valoraba mucho, porque ella le hacía favores a su hijo. Tenía sentido, sobre todo porque no quería aceptar que Marie era buena en su trabajo. Ya había aceptado que era bonita, no quería agregar más.
Durante toda la noche, no pudo dormir. Sólo pensó en si lo que dedujo era verdad. Porque de serlo, ella podría usarlo para burlarse de Bryce.

Al día siguiente, después de su rutina de aseo personal, fue a la mansión. La mañana estaba fría aunque no nevaba. Se dispuso a hacer sus deberes como siempre en el jardín cuando una de las mujeres más jóvenes del servicio mencionó que quería hablar con la señorita Angela.

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