108. Pendiente

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Sebastian esperó a Issac por varias horas mientras su enojo hacia él aumentaba. No podía creer que su jefe estaba engañando a su esposo. Cuando Issac volvió, lo llevó a su casa mientras se sentía muy molesto. Después se fue a la suya a dormir. Al día siguiente seguía sintiéndose mal por Dylan. Tanto que no quería tener que ir a trabajar pero no tenía otra opción. Estuvo listo junto al auto esperando afuera del edificio. Su jefe salió y estaba por entrar al vehículo cuando Marie salió del edificio y llamó su atención. Issac se detuvo y habló con ella unos minutos mientras Sebastian los miraba con rencor.
Después Issac subió al auto. Pidió que lo llevara al lugar donde trabajaba. Sebastian aceptó. Llegaron rápidamente y antes de salir, Issac le dijo que debía volver al edificio porque Dylan no se sentían bien y Marie lo llevaría con un médico.

— Entiendo— dijo Sebastian brevemente.
— Bien. Gracias— le dijo Issac de buen humor y luego salió.

Sebastian lo observó irse y una vez que entró al edificio, se fue conduciendo lentamente por las calles mojadas de esa ciudad. Había llovido por la noche y el día estaba muy gris. Llegó al edificio y se quedó afuera esperando un largo rato hasta que Marie y Dylan salieron. Les abrió la puerta. Notó que Dylan se veía muy pálido y ojeroso, definitivamente parecía enfermo. Marie tampoco parecía feliz. Subieron y él también. Empezó a conducir mientras los miraba por los espejos retrovisores, ambos estaban en el asiento trasero.

— ¿Es un resfriado?— preguntó Sebastian.

Marie lo observó.

— No lo sé— dijo ella—. Iremos con el médico para saberlo.
— Tal vez la diferencia de clima lo afectó— dijo Sebastian.
— O tal vez fue el no querer comer— dijo Marie.

Dylan sólo se giró para mirar por la ventanilla cuando escuchó ese comentario de Marie. Sebastian notó que se veía incómodo.

— ¿Qué ha estado comiendo?— dijo Sebastian—, dudo que sea tan bueno como una hamburguesa. O una pizza.
— Nada de eso es saludable— le dijo ella molesta.
— Sí pero no está mal de vez en cuando.
— Limítate a conducir— le dijo ella con severidad.

Entonces Marie pensó en abrir la ventanilla. Estaba analizando cómo hacerlo cuando observó que en el piso algo resplandeció. Se inclinó y lo tomó. Se sentía frío. Levantó los brazos y vio que era un pendiente largo de brillantes con forma de gota. Lo observó unos segundos mientras trataba de descifrar qué era eso. Iba a preguntarle a Sebastian por él cuando éste les avisó que llegaron. Marie guardó el pendiente en su bolsillo y bajó del vehículo. Sebastian salió para ayudar a Dylan a bajar. Si ya se sentía mal por el muchacho, su malestar creció al notar que se veía muy enfermo. Marie lo tomó del brazo y lo guió hacia el interior de un gran edificio. Subieron unos escalones hasta atravesar las puertas de cristal. Sebastian los observó ir hasta a la recepción. Después de unos minutos, Marie regresó. Fue directamente a donde Sebastian estaba.

— ¿Y el chico?— le preguntó él.
— En su cita médica— le dijo ella—, yo no puedo pasar con él, sólo sus familiares pueden.
— ¿Y viniste a hacerme compañía?— le dijo él feliz.
— No— dijo ella molesta mientras tomaba el pendiente de su bolsillo y se lo enseñaba—, ¿Podrías decirme qué es esto?

Sebastian se acercó y lo observó.

— Un pendiente— concluyó él.
— ¿De quién es?— dijo ella enojada.
— No lo sé, tú lo tienes— le dijo él muy confundido.
— Estaba en el auto— dijo ella con severidad.
— ¿En este auto?— dijo Sebastian.
— Así es— confirmó ella.

Sebastian lo observó más de cerca. Entonces recordó dónde lo vio la última vez.

— Debe ser de esa señorita— dijo pensativo.
— ¿Cuál señorita?— dijo Marie molesta—, ¿Metes a mujeres al auto del señor Cassell? ¿Cómo te atreves?
— ¡Yo no meto mujeres al auto, él lo hace!— se defendió Sebastian con molestia.

El libro de los amores imposiblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora