Sebastian esperó a Issac por varias horas mientras su enojo hacia él aumentaba. No podía creer que su jefe estaba engañando a su esposo. Cuando Issac volvió, lo llevó a su casa mientras se sentía muy molesto. Después se fue a la suya a dormir. Al día siguiente seguía sintiéndose mal por Dylan. Tanto que no quería tener que ir a trabajar pero no tenía otra opción. Estuvo listo junto al auto esperando afuera del edificio. Su jefe salió y estaba por entrar al vehículo cuando Marie salió del edificio y llamó su atención. Issac se detuvo y habló con ella unos minutos mientras Sebastian los miraba con rencor.
Después Issac subió al auto. Pidió que lo llevara al lugar donde trabajaba. Sebastian aceptó. Llegaron rápidamente y antes de salir, Issac le dijo que debía volver al edificio porque Dylan no se sentían bien y Marie lo llevaría con un médico.
— Entiendo— dijo Sebastian brevemente.
— Bien. Gracias— le dijo Issac de buen humor y luego salió.
Sebastian lo observó irse y una vez que entró al edificio, se fue conduciendo lentamente por las calles mojadas de esa ciudad. Había llovido por la noche y el día estaba muy gris. Llegó al edificio y se quedó afuera esperando un largo rato hasta que Marie y Dylan salieron. Les abrió la puerta. Notó que Dylan se veía muy pálido y ojeroso, definitivamente parecía enfermo. Marie tampoco parecía feliz. Subieron y él también. Empezó a conducir mientras los miraba por los espejos retrovisores, ambos estaban en el asiento trasero.
— ¿Es un resfriado?— preguntó Sebastian.
Marie lo observó.
— No lo sé— dijo ella—. Iremos con el médico para saberlo.
— Tal vez la diferencia de clima lo afectó— dijo Sebastian.
— O tal vez fue el no querer comer— dijo Marie.
Dylan sólo se giró para mirar por la ventanilla cuando escuchó ese comentario de Marie. Sebastian notó que se veía incómodo.
— ¿Qué ha estado comiendo?— dijo Sebastian—, dudo que sea tan bueno como una hamburguesa. O una pizza.
— Nada de eso es saludable— le dijo ella molesta.
— Sí pero no está mal de vez en cuando.
— Limítate a conducir— le dijo ella con severidad.
Entonces Marie pensó en abrir la ventanilla. Estaba analizando cómo hacerlo cuando observó que en el piso algo resplandeció. Se inclinó y lo tomó. Se sentía frío. Levantó los brazos y vio que era un pendiente largo de brillantes con forma de gota. Lo observó unos segundos mientras trataba de descifrar qué era eso. Iba a preguntarle a Sebastian por él cuando éste les avisó que llegaron. Marie guardó el pendiente en su bolsillo y bajó del vehículo. Sebastian salió para ayudar a Dylan a bajar. Si ya se sentía mal por el muchacho, su malestar creció al notar que se veía muy enfermo. Marie lo tomó del brazo y lo guió hacia el interior de un gran edificio. Subieron unos escalones hasta atravesar las puertas de cristal. Sebastian los observó ir hasta a la recepción. Después de unos minutos, Marie regresó. Fue directamente a donde Sebastian estaba.
— ¿Y el chico?— le preguntó él.
— En su cita médica— le dijo ella—, yo no puedo pasar con él, sólo sus familiares pueden.
— ¿Y viniste a hacerme compañía?— le dijo él feliz.
— No— dijo ella molesta mientras tomaba el pendiente de su bolsillo y se lo enseñaba—, ¿Podrías decirme qué es esto?
Sebastian se acercó y lo observó.
— Un pendiente— concluyó él.
— ¿De quién es?— dijo ella enojada.
— No lo sé, tú lo tienes— le dijo él muy confundido.
— Estaba en el auto— dijo ella con severidad.
— ¿En este auto?— dijo Sebastian.
— Así es— confirmó ella.
Sebastian lo observó más de cerca. Entonces recordó dónde lo vio la última vez.
— Debe ser de esa señorita— dijo pensativo.
— ¿Cuál señorita?— dijo Marie molesta—, ¿Metes a mujeres al auto del señor Cassell? ¿Cómo te atreves?
— ¡Yo no meto mujeres al auto, él lo hace!— se defendió Sebastian con molestia.
ESTÁS LEYENDO
El libro de los amores imposibles
ParanormalSi tu nombre aparecía en el libro dorado junto al de otra persona, debían casarse o de lo contrario cosas terribles le pasarían a todo el pueblo. Dylan lo sabía, creció toda su vida sabiendo que un día debía casarse con Issac Cassell para salvar a s...
