Bryce jamás quiso volverse la persona que era a sus 28 años. De niño sólo quería poder ser feliz como los otros infantes con los que jugaba. Sin embargo muy pronto se dio cuenta de que no era como los otros niños. Ellos no tenían una niñera para cuidarlos todo el tiempo, su propio chofer o una casa tan grande como la de él. Esas cosas le parecían demasiado extrañas pero nunca se quejaba porque quería ser un buen hijo. Su padre siempre le decía que tenía un futuro brillante por que algún día él se haría cargo de los negocios familiares y ocuparía su lugar. Bryce veía eso como algo imposible porque le parecía que su padre era un hombre extraordinario que todos respetaban, no se imaginaba a sí mismo haciendo todo eso. Cuando cumplió 8 años para su fiesta de cumpleaños invitó a muchos niños de la escuela y del pueblo, fue una gran celebración. Katrina quería que su primogénito tuviera todo lo que quisiera así que no escatimó en gastos para esa fiesta.
Bryce se estaba divirtiendo mucho jugando con otros niños en el jardín cuando un niño empujó a Issac que tenía 6 años entonces y cayó al suelo. Se acercó a levantarlo, le habló con dulzura para que dejara de llorar y lo llevó de la mano al interior de la casa. Se pasó gran parte del día cuidándolo hasta que su madre lo buscó para llevarlo a que le soplara las velitas a su pastel.
— ¿Dónde has estado en todo el día?— le dijo cuando lo encontró en la habitación de Issac pintando con lápices de colores.
— Issac se cayó pero ya está mejor— le dijo—. Estamos dibujando...
— Issac tiene su propia niñera, debiste enviarlo con ella si comenzó a ser una molestia— le dijo Katrina.
— No es una molestia— dijo Bryce.
— Te estás perdiendo de tu fiesta por estar aquí con él— dijo ella mientras tomaba su mano y lo alejaba de la habitación—. La niñera vendrá pronto a verlo, tú debes ir a soplar las velitas de tu pastel.
— ¿Issac no comerá pastel?
— Sí pero luego, no quiero que pase lo del año pasado donde se sentó junto a ti y fue él quién sopló las velas del pastel.
— Fue gracioso— dijo Bryce mientras su madre lo llevaba de la mano por un pasillo.
— No fue gracioso, fue vergonzoso, hablaron de nosotros por eso— dijo ella—. Además no puedo creer que eso no te haya molestado. Era tu cumpleaños.
— Está bien.
Katrina se detuvo. Miró al pequeño Bryce que usaba un traje azul marino y tenía el cabello largo hasta los hombros pero como era ondulado se veía esponjado. Se lo peinó con los dedos un poco.
— Eres demasiado amable— le dijo ella.
— ¿Eso es malo?— dijo Bryce.
— No, para nada. Es una virtud que muy pocos tienen y pueden conservar. Sobre todo porque este mundo no está hecho para la gente buena. La destruye. Así que trata de pensar más en ti y menos en otros. Listo, tu cabello ya quedó bien. Eres un niño precioso, más apuesto que ningún otro. Excepto Issac, él es tan lindo como tú.
— Mi maestra en la escuela dijo que yo me parecía a papá. También Issac y eso me puso triste porque debería haber alguien que se pareciera a ti.
Eso hizo reír a Katrina.
— Issac tiene mis ojos— le dijo ella de buen humor—. Me conformo con eso. Aunque creo que sí tienes razón, debería haber alguien que se pareciera más a mí. Quizá una niña, ¿Qué piensas? ¿Te gustaría tener una hermanita?
Bryce asintió con emoción. Así que ese día mientras soplaba las velas de su pastel pidió de deseo tener una hermanita.
Meses después llegó Matty a la familia. No era una niña pero sí era alguien muy parecido a su madre. Cuando fue a conocerlo por primera vez, Katrina y el bebé estaban en la habitación de ella. Su padre lo había llevado junto a Issac a ver al nuevo integrante de la familia.
Se acercaron al sofá junto a la chimenea donde su madre abrazaba al bebé. Lo observaron.
— Les presento a su nuevo hermanito— les dijo Katrina mientras inclinaba al bebé para que lo vieran—. Se llama Mathew, como el abuelo.
— Su cara está roja— dijo Isacc—, y no abre sus ojos... ¿No puede ver?
— Acaba de nacer, todavía no puede hacerlo— explicó el padre.
— No tiene cabello— dijo Issac—, ¿Estará pelón toda su vida?
— Acaba de nacer, todavía no le nace el cabello— dijo Katrina mientras le acomodaba el gorrito.
— ¿Yo nací con cabello?— dijo Issac.
— No, estabas tan pelón como Mathew— le dijo el padre.
— En cambio Bryce tenía mucho cabello cuando nació— dijo Katrina—. Parecían pequeñas ondas en su cabecita.
Entonces el bebé comenzó a moverse y hacer sonidos.
— Por fin va a despertar— dijo Issac.
— No hagas mucho ruido, a lo mejor quiere seguir dormido— dijo el padre.
Bryce se acercó al bebé y tomó su manita. Usaba un traje verde esponjoso porque hacía mucho frío y lo cubría una mantita azul. El niño reaccionó instintivamente y abrió la palma de la mano. Bryce siguió sosteniendo su manita. El bebé cerró el puñito y el dedo de Bryce quedó atrapado.
— Ese bebé capturó a Bryce, no debería hacer eso— dijo Issac enojado—. Es mi hermano mayor.
— También es hermano mayor de él— le dijo el padre—. Y ahora tú eres un hermano mayor también.
Issac estaba expresando lo emocionado que lo tenía el ser un hermano mayor cuando el bebé abrió los ojos. Todos lo miraron.
— Sus ojos son azules— dijo Issac sorprendido—. Como los míos. Se parece a mí.
— Se parece a mamá— dijo Bryce y se acercó más al bebé—. Hola bebé, soy Bryce, tu hermano mayor.
— Yo soy Issac— dijo el otro niño.
— Te vamos a cuidar y amar mucho, seremos unos buenos hermanos mayores— agregó Bryce.
Después besó tiernamente la frente del bebé.
Con el pasar del tiempo ambos niños trataron de cumplir esa promesa aunque Issac no siempre podía estar al tanto de Matty (como Bryce lo llamaba de cariño) porque era joven y sólo quería jugar.
Sin embargo Bryce sí lo hacía. Si tenía algún tiempo libre buscaba a Matty para cuidarlo y darle besitos. Lo quería mucho. Y el pequeño bebé parecía también quererlo porque se ponía feliz al verlo. Pasaron los meses y aquel bebé de cabello dorado y ojos azules aprendió a caminar. Ya tenía más de un año así que andaba de un lugar a otro. Muchas veces se escapó de su niñera porque era muy inquieto.
Justo eso hizo el día del accidente. Sólo Bryce se dio cuenta de que no estaba y se puso a buscarlo. Cuando lo encontró el bebé ya estaba en la calle y un auto venía velozmente.
Bryce recordaba muy poco de ese día. Su último recuerdo era la risa de Matty. De ahí todos los demás recuerdos eran dolor, paredes blancas de hospitales, más dolor y muchas inyecciones.
Recordaba a Matty. Y entonces se sentía muy mal. Porque sentía que estaba en peligro de nuevo y era lo único en lo que pensaba su mente. En correr a buscar a Matty porque seguramente nadie lo estaba cuidando. Le dijeron a sus padres que esa sensación era a causa del trauma y que con ayuda psicológica desaparecería en poco tiempo.
Pero no pasó, sólo empeoró. Incluso Bryce se despertaba en medio de las noches gritando que Matty se encontraba en peligro.
Lo alejaron de todo aquello que tenía que ver con Matty y muy pronto todo estuvo bien. Aunque se la pasaba en hospitales y no podía moverse mucho, sí podía seguir pintando. Ese era su pasatiempo y como no tenía nada más qué hacer mejoró mucho. También físicamente. Lo dejaron volver a su casa. Se encontró con Matty ahí. Entonces ya no sintió ganas de protegerlo, sintió mucho miedo. No sabía por qué sólo de verlo algo le decía que cosas malas pasarían. Era tanto su temor que comenzó a temblar y sudar frío. Sus padres alejaban a Matty de él pero el niño insistía en buscar a su hermano. Entonces la condición de Bryce empeoraba. No podía verlo siquiera porque hasta ganas de vomitar sentía. Al no poder controlar lo que pasaba, los padres decidieron enviarlo lo más lejos posible de Matty. Funcionaba. Bryce volvía a ser el de antes. Hasta que por obra del destino se encontraba con su hermano o hablaban de él. Entonces sus ataques de pánico empeoraban y eran cada vez más difíciles de controlar. Bryce asociaba a Matty con dolor. Pasó de querer protegerlo a querer no verlo nunca más.
Así que su madre le prometió que haría todo lo posible por alejarlo de él.
Sin embargo por alguna razón que Bryce no podía explicarse, a veces se despertaba en las noches con ganas de ir a buscar a su hermanito aún si se encontraba muy lejos de él. Una parte de él quería poder verlo y asegurarse de que se encontraba bien. Quería poder cuidarlo. Quería abrazarlo y decirle que todo estaría bien.
Como si fuera una maldición. Quería estar cerca de su hermano y al mismo tiempo la sola idea de su presencia lo hacía temblar de miedo.
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El libro de los amores imposibles
ParanormalSi tu nombre aparecía en el libro dorado junto al de otra persona, debían casarse o de lo contrario cosas terribles le pasarían a todo el pueblo. Dylan lo sabía, creció toda su vida sabiendo que un día debía casarse con Issac Cassell para salvar a s...
