65. Árbol

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Issac se desmayó. Aún así la gente del pueblo se negó a que lo llevaran a un hospital. Katrina simplemente no podía creerlo. Era como si esas personas no pudieran sentir piedad por su condición... casi como si no fueran humanos. Sin embargo antes de que pudiera decir algo, la doctora le pidió a unos hombres que fueran al hospital por cosas que ella necesitaría para poder atenderlo ahí mismo. Ellos se fueron rápidamente.

— Le haremos una transfusión aquí— dijo ella—. En cuanto a su mano... me imagino que si se controla el dolor que siente, podremos atenderlo una vez que la hora requerida para que funcione lo de la ceremonia pase.

Katrina simplemente asintió sin saber qué decir.

— Alguien de aquí debe donarle sangre— dijo ella.
— Eh... Issac es de tipo A+— dijo Katrina.
— No puedo donarle— dijo Matty con pesar.

Entonces Katrina miró a Bryce. Él se encontraba al lado del cuerpo de su hermano. No tuvo que preguntar para saber lo que ella quería. Suspiró y después asintió levemente.

— Bryce le donará— dijo ella.
— Perfecto— dijo la doctora.

Después de esto, Katrina salió de la iglesia rápidamente. Sabía que los hombres llegarían pronto con las cosas que la doctora necesitaba para curar a su hijo y no quería tener que verlo así. Amaba demasiado a sus hijos como para verlos sufrir. Había pasado mucho tiempo viendo a Bryce en hospitales como para saber la horrible sensación que era ver así a alguien a quién amaba sin poder hacer nada.
Cerca de la iglesia había un árbol enorme. Fue hasta él y se recargó suavemente en su tronco. Suspiró varias veces para no ponerse a llorar. Estuvo así un buen rato, repasando cosas en su mente.
Se encontraba tratando de controlar sus sentimientos cuando escuchó pasos que se aproximaban. Se giró y vio que era Ken.

— Señor Collins— le dijo ella cuando lo vio.
— Señora Cassell— le dijo él—, ¿Se encuentra bien?
— Mejor de lo que merezco— dijo ella.
— Su hijo estará bien— le dijo él—. Pronto despertará y todo saldrá perfectamente.
— Me conformo con que se sienta bien— dijo ella—. Todo lo demás ya no importa.

A Ken le sorprendió escuchar eso de la boca de alguien a quién vio miles de veces reprender a Dylan cuando algo no le salía "perfecto".

— Lamento todo lo que le está pasando a su familia— dijo Ken.
— ¿De verdad? Usted nos conoce muy bien... ¿No piensa que merecemos todo esto?
— No creo que nadie merezca la maldición, sin importar quién sea— dijo él—. No le deseo esto a ninguna persona.
— Apuesto a que a la gran mayoría de los que están aquí les complace vernos pasar por esto.
— Probablemente— admitió Ken—. No me había dado cuenta hasta ahora pero no todos aquí son buenas personas.
— Están asustados— dijo ella—. Le temen a la maldición. Y el miedo le hace cosas horribles a las personas. Las transforma.

Ken sólo la observó. Parecía muy tranquila pero sabía que no lo estaba. Sin embargo admiraba el autocontrol que tenía.

— ¿Usted le teme a algo?— le preguntó él.

Ella sólo lo miró con sorpresa. Ken se dio cuenta de lo intrusiva que fue su pregunta y se sintió avergonzado.

— Disculpe mi atrevimiento, no debí preguntar algo así— dijo.
— Está bien— dijo ella—. No me molesta. De hecho creo que hasta ahora usted y yo nunca habíamos tenido una verdadera conversación. Es extraño porque hemos estado muy cerca por años.
— Ambos teníamos deberes.
— Usted cumplió perfectamente con los suyos— dijo ella—. Cuidó de Dylan muy bien. Le agradezco por eso.
— Él es un buen chico. Algo torpe pero porque casi no tiene confianza en sí mismo. Aún así es alguien amable. Se merece mucha felicidad.
— Parece que le tiene mucho cariño.

El libro de los amores imposiblesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora