Diamons IV

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Al día siguiente, a las tres y media de la tarde, el auto de Harry ya estaba estacionado a media cuadra del colegio. Harry llevaba una camisa sencilla sin corbata y las manos apretadas contra el volante.

Su mente era un hervidero de nerviosismo; el magnate que solía cerrar acuerdos millonarios en minutos se sentía como un principiante a punto de rendir el examen más difícil de su vida.

Las cuatro de la tarde llegaron y los alumnos comenzaron a salir en estampida. Minutos después, los profesores cruzaron los portones de hierro, pero Anna no aparecía.

Harry esperó diez, quince, veinte minutos. La inquietud comenzó a carcomerlo. ¿Acaso se había arrepentido? ¿Había decidido irse con David?

La sola idea de que ella le hubiera dado una falsa esperanza le oprimió el pecho, pero en lugar de dejarse llevar por la antigua paranoia, respiró hondo y decidió averiguar qué pasaba antes de juzgar.

Bajó del auto y caminó hacia la entrada. En la recepción, una de las profesoras estaba guardando sus cosas.

-Disculpe -dijo Harry con educación, manteniendo un tono suave-. Busco a la profesora Anna. ¿Sigue adentro?

La mujer lo miró con curiosidad.

-Ah, no. Anna no vino a trabajar hoy. Nos avisó temprano que estaba con mucha fiebre y se quedó en su casa. Parece que le dio una gripe bastante fuerte.

Un frío distinto recorrió la espalda de Harry, esta vez teñido de pura preocupación.

-Gracias -alcanzó a decir antes de dar media vuelta y caminar a paso rápido hacia su auto.

No lo pensó dos veces. Manejó directamente hacia el modesto edificio donde Anna alquilaba su departamento. Durante el trayecto, se detuvo en una farmacia para comprar un termómetro, analgésicos y té, y luego en una pequeña tienda de comestibles para conseguir fruta fresca y verduras para un caldo.

Por primera vez en su vida, Harry Styles estaba haciendo compras ordinarias para cuidar a alguien, sin usar asistentes ni intermediarios.

Al llegar al edificio, subió los tres pisos por escalera. Se paró frente a la puerta de madera gastada y tocó suavemente con los nudillos.

Adentro, se escucharon pasos lentos y torpes, seguidos por una tos seca. La puerta se abrió solo un par de centímetros.

Anna estaba envuelta en una manta tejida, con la nariz roja, los ojos ligeramente hinchados por la fiebre y el cabello despeinado en un rodete improvisado. Al verlo parado allí, con un par de bolsas en las manos y una expresión de angustia sincera, se quedó helada.

-¿Harry...? -murmuró con la voz completamente afónica-. ¿Qué haces aquí?

-En la escuela me dijeron que no fuiste porque estabas enferma -dijo él en un susurro, manteniendo una distancia respetuosa en el pasillo-. No quería invadir tu espacio, pero... me preocupé. Traje algunas cosas. Si quieres que me vaya, lo haré, solo déjame dejarte esto.

Anna lo miró detenidamente. La fiebre la tenía débil, pero podía ver con absoluta claridad la sinceridad en los ojos verdes de Harry. No había rastro de arrogancia, solo un hombre que había cruzado la ciudad para saber cómo estaba. Algo en el pecho de Anna se ablandó.

-Pasa... antes de que los vecinos me vean en este estado -susurró ella, abriendo más la puerta y dándole la espalda para caminar despacio hacia el sofá.

El departamento de Anna era pequeño, luminoso y respiraba hogar. Había estanterías repletas de libros, plantas en las ventanas y un aroma a manzanilla. Para Harry, acostumbrado a la majestuosa frialdad de su mansión en Mayfair, este espacio se sentía extrañamente cálido.

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