Diamons III

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Decidida a no dejarse consumir por la melancolía de una historia terminada, esa misma noche Anna aceptó cenar con David, el oncólogo principal de Sofía. David era un hombre cálido, noble y profundamente comprometido con su profesión.

Desde el primer día en que Anna irrumpió en el hospital buscando ayuda para su alumna, a David le había impactado la entrega desinteresada y la calidad humana de la profesora.

No era un secreto para Anna que el médico sentía una atracción sincera por ella, pero para Anna, David representaba simplemente un apoyo invaluable y un buen amigo con quien compartir una conversación tranquila tras semanas de angustia.

El restaurante elegido era un lugar sencillo y acogedor cerca del centro. Desde una mesa junto al ventanal, Anna conversaba con David sobre la milagrosa donación recibida ese día.

A metros de allí, al otro lado de la calle, un auto deportivo negro se encontraba estacionado en la penumbra. Dentro, Harry observaba la escena. Había seguido el rastro de Anna simplemente para verla de lejos, para tener la certeza de que estaba bien, pero lo que sus ojos presenciaron lo sumió en una agonía que jamás creyó capaz de experimentar.

A través del cristal del restaurante, vio a Anna vistiendo un vestido oscuro y sencillo. Se veía hermosa. Y frente a ella estaba David. Harry observó la manera en que el médico la escuchaba, la forma en que reía con soltura y cómo, en un gesto de franca camaradería y apoyo, David extendió la mano sobre la mesa para rozar con calidez los dedos de Anna.

Y lo que terminó de destrozar a Harry por completo fue ver que Anna no retiró la mano; en su lugar, le ofreció al médico una sonrisa dulce y relajada.

Un ataque de desesperación le oprimió la garganta a Harry. Apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Asumió de inmediato que David era el nuevo interés romántico de Anna, un hombre honesto y transparente que había sabido valorar el tesoro que él mismo había pisoteado por pura paranoia.

Ver que ella podía sonreírle así a otro hombre le hizo comprender, con una claridad aterradora, que estaba a punto de perderla para siempre.

Incapaz de soportar la tortura por más tiempo, Harry apagó el motor, bajó del vehículo y caminó hacia la entrada del restaurante justo cuando la pareja abandonaba el local.

La lluvia había comenzado a caer de nuevo, fina y helada. Cuando Anna cruzó el umbral de la puerta riendo suavemente por un comentario de David, se congeló al ver la figura de Harry parado a pocos metros.

Él lucía completamente distinto al magnate impecable de siempre: tenía el cabello revuelto por el viento, la ropa mojada por la brisa y unas ojeras profundas que delataban días sin dormir. Su mirada reflejaba una vulnerabilidad cruda.

David, percatándose del cambio drástico en la actitud de Anna y de la presencia amenazante pero evidente del hombre que los esperaba, dio un paso al frente con actitud protectora. Sin embargo, Anna le puso una mano suave en el brazo.

-David, por favor, dame un momento -pidió ella con voz serena-. Es alguien a quien conozco.
El médico miró a Harry, luego a Anna, y asintió con caballerosidad.

-Estaré junto al auto, Anna. No me voy a ir -dijo David con firmeza antes de alejarse unos metros, manteniendo la guardia.

Anna se giró hacia Harry. La lluvia fina les empapaba el rostro a ambos.

-¿Qué haces aquí, Harry? -preguntó ella, manteniendo una distancia prudencial.

-Fui un imbécil -articuló él. Su voz, habitualmente firme y dominante, se quebró por completo al primer intento de hablar-. Fui un ciego, un idiota arrogante y paranoico. Vi el informe del hospital, Anna... lo vi todo. Me di cuenta de la mujer increíble que tenía a mi lado y de cómo te acusé de la bajeza más grande del mundo.

Anna dejó ir un suspiro largo, sintiendo cómo el dolor pugnaba por resurgir en su pecho.

-Agradezco profundamente lo que tu fundación hizo por Sofía y por la escuela, Harry. De verdad. Pero eso no borra lo que dijiste. Me creíste capaz de vender mi dignidad por un par de joyas.

-Sé que no merezco que me mires -dijo Harry, dando un paso titubeante hacia ella, con los ojos empañados por lágrimas que luchaba por contener-. Y sé que ese hombre de allá te mira como deberías ser mirada. Y me mata saber que yo tuve eso y lo destruí porque solo sé ver sombras y codicia en todos lados. Pero no puedo aceptarlo, Anna. No puedo dejar que te vayas de mi vida sin pelear por ti.

Anna lo observó en silencio. Vio el sufrimiento real en el rostro de Harry, vio su orgullo reducido a cenizas bajo la lluvia. Entendía los celos que él sentía al verla con David y, aunque sabía que el médico no era más que un amigo, prefirió no aclararlo en ese instante.

Harry necesitaba entender que el amor no se exige ni se da por sentado; se construye con confianza.

-David es un hombre extraordinario, Harry -dijo Anna con voz firme pero tranquila-. Es alguien que me recordó lo que se siente ser tratada con respeto y sinceridad desde el primer segundo.

Harry cerró los ojos un instante, encajando las palabras como si fueran golpes físicos.

-Si de verdad pretendes que vuelva a mirarte como antes -continuó Anna, dando un paso hacia él-, vas a tener que ganártelo desde cero. Sin tu dinero de por medio, sin cheques de reparación, sin exigencias y sin muros. Vas a tener que aprender a confiar.

Harry abrió los ojos y la miró con un destello de esperanza desesperada brillando en la penumbra.

-Haré lo que me pidas -prometió en un susurro ardiente-. Lo que sea.

Anna miró hacia la calle donde David la esperaba pacientemente junto al auto. Luego volvió la vista hacia Harry y dejó entrever una pequeña sonrisa, cansada pero tibia.

-David me va a llevar a mi casa, pero mañana salgo a las cuatro del colegio. Vas a ir a buscarme. Y nos vamos a ir juntos en tu auto.

Harry parpadeó, sorprendido.

-¿En mi auto?

-Sí.-añadió ella con suavidad-. Y en el camino me vas a explicar por qué te cuesta tanto dejar que la gente te quiera por lo que eres. Sin joyas de por medio.

Harry sintió que el pecho se le llenaba de aire fresco por primera vez en semanas. Asintió de inmediato, incapaz de articular palabra por el nudo en su garganta.

Anna le dedicó una última mirada serena antes de dar media vuelta y caminar hacia el auto de David. Harry se quedó de pie bajo la lluvia, viendo cómo ella subía al vehículo y se alejaba en la noche.

El dolor y la culpa aún pesaban en su alma, pero mientras veía las luces traseras del auto perderse en la avenida, Harry supo que al día siguiente empezaría la batalla más importante de su vida: la de aprender a amar con el corazón abierto.

One Shots H. S. (+18)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora